Fidel Castro y la Revolución posible

Por Astor Vitali

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Pedantes son las posiciones políticas que ocupan la mayor parte de la plana mayor de la maquinaria de medios masivos: defensores y detractores. La una defiende a rajatabla la figura de un líder “indiscutible”. La otra versa acerca de todos los “crímenes” de un monstruo equiparable con algo peor que el demonio en su pequeña isla del infierno. Nada de esto ayuda a pensar a una de las mayores figuras revolucionarias del siglo XX.

Fidel Castro Ruz fue un hombre de dos épocas: es un hombre de su época y es también otro de épocas futuras. Las prácticas culturales del líder revolucionario son las de los hombres y las mujeres de su generación. Esperar otra cosa es caer en una suerte de pensamiento idealista y religioso, por ende, anti revolucionario. Las críticas que puedan hacerse respecto de prácticas políticas hoy rechazadas en el contexto de lo “políticamente permitido” (a esta altura del siglo XXI) y otras yerbas podrían ser atendidas ya que se trata de un hombre de otro tiempo donde los códigos políticos eran, ni más ni menos, que los de la “prolongación de la guerra a través de otros medios” (para ponerlo en términos elocuentes. Cabe aclarar que quien suscribe estas palabras adhiere a la idea de que no se puede hablar de paz en tanto haya hambre y desigualdad).

Pero a su vez la visión estratégica que siempre ha estado presente en su mirada política lo convirtió en un hombre de perspectiva a largo plazo, de inmediata lectura sobre el destino fatal que guarda para la humanidad el capitalismo y, a su vez, de esperanza en el género humano en tanto constató que es posible y concreto hacer cambios revolucionarios en un sentido contrario al autodestructivo que prima en la actualidad.

Es Fidel, entonces, un hombre de su época y, a su vez, de una época futura donde la justicia social es regla y la conciencia ley.

Tantos son los años de Historia reciente en los que Fidel participó que cualquier análisis de tipo artículo breve resulta incompleto e implica un desarrollo extenso y exhaustivo. No ha pasado el tiempo para realizar semejante tarea. Sin embargo, hay algunos aspectos esenciales de la vida política de Fidel Castro que son evidentes y queremos destacar.

El principal, para esta época, es el de correr el límite de lo posible. Fidel Castro una y otra vez –y es patente en sus intervenciones- corre el límite de lo políticamente correcto y políticamente acordado como “posible” para cada época. No se trata de una política que no mida las condiciones objetivas en la que se desenvuelve. Por el contrario, se trata de una de profundo análisis y plena conciencia de las condiciones objetivas (estudio, estudio, estudio: no improvisación) y la construcción de un plan de acción de trabajo sobre la lucha por las subjetividades, que es en definitiva lo que puede sostener un proceso: la batalla de ideas. Tal vez las cuestiones ideológica y cultural -su apuesta a esos ejes- sea uno de los mayores aportes frente a las posturas economicistas. Los economicismos promueven análisis unilaterales como si los cambios y nuevas estructuras no fueran realizados por hombres y mujeres con subjetividades concretas además de intereses contrapuestos en tanto pertenecientes a clases sociales antagónicas.

En cada momento de la Historia, Cuba ha tenido posiciones más críticas de lo permitido con respecto a sus socios y enemigos. Y aun cuando no fueran publicabas como opiniones, la dirigencia cubana construía esos esos conceptos en la práctica concreta. Al estalinismo cuestionó su economicismo, entre otras cosas. A las distintas versiones del capitalismo las desafió abiertamente incluso en circunstancias desfavorables. Evidenció ante todas las clases sociales los aspectos falaces del discurso capitalista.

Podemos hablar de una rebeldía consiente que es menos emulada que reivindicada. Hoy, es característica de muchas izquierdas la disciplina política (la militar es saco de otro costal), el ejercicio acrítico, la dependencia económica de sus cuadros, en definitiva, la implementación de un sistema de aplicación de políticas que no emanan de la organización popular sino de dirigencias rancias sin contacto con el pueblo y con verdades auto reveladas. Se confunde a los partidos, las ideas y las personas en un espiral de dependencia e inmovilización –que anula iniciativas- más propias de un conjunto de scouts que de aspirantes a revolucionarios.

La muerte de Fidel implica la muerte del último (hasta el momento) dirigente revolucionario con influencia mundial que no emergió por mérito de obsecuencia partidaria o de silencios dentro de una organización sino, muy por el contrario, por sus características de crítico, de inconforme, de impulsor de nuevas iniciativas, de buscador de maneras de llegar a los objetivos, de autocrítica (al menos interna, aunque encriptada).

Si se hace memoria respecto a las características de los y las dirigentes que hicieron historia de las revoluciones socialistas encontramos de inmediato que no hay uno/a que se destaque por burócrata sino por su opuesto: Lenin, Trotsky, Luxemburgo, Mariátegui, Che, Fidel constituyen un caprichoso paneo que habla de rebeldía consiente. Podríamos, como contrapartida, mencionar a Stalin como máximo referente disciplinador –que es un lugar común útil- pero, sin demasiado esfuerzo, cualquiera en su lugar de acción concreto puede dar cuenta de un gran cúmulo de dirigentes insustanciosos de organizaciones de izquierda nominal de ayer y de hoy en Nuestra América.

No se trata de alentar el irrespeto del improvisado que cuestiona todo sin argumento y que al firmar su ficha de afiliación asumió que con ese intrascendente acto fue ungido con verdades que el resto de los mortales no tiene. Hablamos de la reacción ante lo injusto, de la no mecanización de “lo que hay que hacer” si se verifica que se trata de órdenes unilaterales sin fundamento en el contacto con las bases, de la responsabilidad consciente del revolucionario o la revolucionaria de no hacer nada “por que sí” sino de hacer todo con plena conciencia.

El tema militar es otro asunto, dejamos entrever hace unas líneas. Porque a esta altura del siglo XXI todo el mundo sabe (si quiere saber) que no se pueden transpolar los criterios militares a la construcción y definición de los criterios y proyectos políticos. Una cosa es la acción militar concreta que requiere la disciplina propia de la práctica militar, en caso de conflicto armado. Otra cosa es el aprovechamiento de centralismos absurdos por parte de oscuros dirigentes sin brillo propio que buscan en sus lugares de pobres burócratas convertirse en referencias sin haber dirigido absolutamente nada, sin haber construido una sola cosa que haya influido en la realidad concreta en sentido revolucionario (a veces, ni siquiera en sentido reformista).

Dejando de lado esto, el mensaje fidelista de estudiar, de formarse, de trabajar incansablemente, de hacer esfuerzos por basarse en el materialismo dialéctico e histórico, de invocar a la ciencia como metodología (siempre que no se trate de seguir recetas “exitosas” en otros lares sino en búsqueda de la experiencia propia), de ponerse al frente de las tareas (es decir, el dirigente como sujeto de mayor responsabilidades en lugar de sujeto de privilegios) es un mensaje más declamado que aplicado.

Para ser más explícitos, quien suscribe no comparte la totalidad del pensamiento y el accionar de Fidel Castro como se sugiere en muchos casos que “hay que hacer” frente a las directivas del “líder máximo”. Hay razones fundadas para encontrar errores y diferencias en las prácticas políticas del Partido Comunista de Cuba. Podríamos preguntarnos acerca de su política exterior y el resultado que ha dado a las organizaciones de izquierda ¿en qué condiciones de resistencia y capacidad ofensiva se encuentran hoy luego de alinearse –muchas acríticamente- a los procesos progresistas-capitalistas?

Hago explícitas estas diferencias porque no debe asustar hacer explícitas las diferencias. Debe asustar la inexistencia de diferencias y aún más: la auto censura y el miedo. Eso es contra revolucionario.

Por estos días estamos saludando a un verdadero revolucionario. Decimos verdadero porque se trata de una revolución no declamada sino de un testimonio de que la revolución posible. La revolución posible es la antítesis del posibilismo de los partidos autodenominados revolucionarios. Es el mayor legado de un revolucionario que supo atinar y convertirse en símbolo para millones.

Un verdadero revolucionario no es santo, mago o semi Dios. Es un hombre o es una mujer del pueblo, de carne y hueso, con limitaciones concretas y humanas, que logra despojarse de las veleidades de la militancia pequeño burguesa (auto referencial, pedante, sectaria) y contacta con lo sustancial del pueblo, de sus dirigentes y de su época. Es un hombre común dispuesto a hacer lo posible por cambiar todo.

Repetir y no hacer búsquedas propias no es revolucionario. Endiosar es contra revolucionario. Ser idealista sin pensar cómo modificar la realidad concreta no es revolucionario. Ser “intelectual” sin aprender de la praxis es un pasatiempo burgués venido a menos. Ser asistencialista sin un proyecto común para transformar las condiciones de clase es un pasatiempo pequeñoburgués mata culpa, en boga.

Pienso que esas simples conclusiones son también legado de Fidel para una generación (la mía) que debe pensar y actuar sin manuales y con una estado ideológico de la conciencia de clase calamitoso (victoria cultural capitalista). Sin mirada a largo plazo y un plan de acción estratégico revolucionario de todas las corrientes que se planteen cambios revolucionarios (cambios revolucionarios) no hay posibilidad de salir de la coyuntura mediocre del “menos peor” o el “sálvese quién pueda”.

Gracias Fidel, digo desde el sur del continente, porque a causa del accionar de dirigentes como vos, aún hoy podemos decir que la buena noticia es que se puede.

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