¿Quiénes quieren politizar el descontento?

Se empeñan en destruir lo que nos salva: la unidad del pueblo y sus instituciones

Autor: Enrique Ubieta Gómez | internet@granma.cu

Muchas manos y esfuerzos se han unido para acelerar la recuperación.
Muchas manos y esfuerzos se han unido para acelerar la recuperación. Foto: José M. Correa

No me van a confundir. No podrán confundir al pueblo de Cuba, que sabe distinguir entre una persona afectada sin la información necesaria, agobiada por el largo apagón (calor, comida en mal estado, niños pequeños en las casas) de quienes intentan aprovechar sus estados de ánimo, para enrumbarlos contra sí mismos, es decir, contra el proyecto social que los ampara.

Estuve allí el sábado, en Línea y F. Parecía ser una concentración espontánea de ciudadanos que reclamaban acción –es cierto que hay burócratas que entorpecen la comunicación y no se mueven según las necesidades del pueblo, sino por indicaciones con firma y cuño (un funcionario de una empresa, por ejemplo, se negó a prestar la grúa parqueada en su patio para mover unos troncos en la cuadra donde radica)–, pero hallé algo diferente.

Cierta prensa extranjera, ocupada en construir la imagen que el imperialismo necesita, había sido convocada. Era un síntoma que movía a sospecha, porque esta no suele acudir a los genuinos actos de protesta contra las agresiones imperiales o contra lo mal hecho.

En los bordes de la concentración era posible el diálogo: se exponían necesidades o inconformidades. Pero otros se negaban y tiraban los tanques de basura a la calle. Las cámaras se enfocaban en ellos. Allí, sin dilaciones, apareció la verdadera motivación de ese grupo: estamos contra el sistema, contra el Gobierno.

Cuando empezaron a gritar la palabra «libertad», en abstracto, según el código de procederes de la guerra suave, la concentración quedó físicamente dividida: atrás los más, desconcertados e inmóviles, los que venían a reclamar la pronta restauración de la electricidad. Los manipuladores cumplían malamente el encargo: politizar ante las cámaras el descontento.

NO ME DES MUELA, DAME LUZ

Las redes sociales, intencionadamente irreflexivas y superficiales, manejadas desde Miami (con sus repetidores en Cuba), cortan la comunicación: llenan el ciberespacio de mentiras y de explicaciones absurdas, e intoxican a los menos informados. «No dejes que te den muela, ¡que pongan la luz!», orientan; es decir, no escuches explicaciones, no admitas argumentos racionales.

Si rompes la comunicación, el diálogo, entorpeces la solución, limitas la participación popular. Muchas personas equivocaron el camino: «si formas bulla, te resuelven el problema».

Rememoro un caso concreto: en un barrio capitalino, desde horas tempranas de la mañana del sábado, las brigadas de Áreas Verdes podaron los árboles caídos y las ramas que se interponían, y junto a la Empresa de Comunales enviaron camiones, grúas y buldóceres para recoger los escombros.

Allí, «a pie de obra», estaban, como debe ser, funcionarios del Partido y del Gobierno. Algunos de ellos tampoco tenían ni luz ni agua, y hasta niños o personas encamadas en sus casas.

Ese trabajo era imprescindible para que los linieros entraran después. Se terminó tarde. Algunos vecinos colaboraron, otros distribuyeron café y agua. Pero un pequeño grupo se mantuvo aislado, observando.

Cuando los trabajadores y los funcionaron se retiraban, preguntaron cuándo, exactamente, vendría la luz. Ya los eléctricos avanzaban en cuadras cercanas al lugar, pero no era ni prudente ni honesto decir una hora: ellos sabían que se trabajaba sin descanso. Entonces, desoyendo la explicación y desconociendo el esfuerzo, amenazaron con salir a la calle a protestar. Algunas de esas personas estuvieron en Línea y f después. Pero esa noche, como estaba previsto de antemano, como se había explicado, fue restituida la luz.

CUANDO FIDEL ESTABA ESTO NO PASABA…

Cada mensaje tiene un destinatario concreto. Para los hombres y mujeres que entregaron sus años de vida a la Revolución, la figura de Fidel es sagrada. Pero esa afirmación es una construcción de laboratorio para confundir, dividir y obstaculizar la continuidad del proceso revolucionario.

Recuerdo cómo se ensalzaba la figura de Lenin en los primeros años de la Perestroika, y cómo dejaron de mencionarlo después, para luego derribar sus estatuas. O cómo los enemigos de Chávez empezaron a elogiarlo y a compararlo con los nuevos dirigentes, poco después de la muerte de aquel.

El propósito real –aunque algunos revolucionarios inconformes hayan adoptado con ingenuidad la frase– es descalificar a la actual dirección de la Revolución y negar la posibilidad de una continuidad de propósitos. La técnica de manual se llama «asesinato de la personalidad», y se aplica a los principales dirigentes, para impedir que conecten con las masas.

No solo Fidel es irrepetible (era, lo saben amigos y enemigos, un genio), también lo son las circunstancias históricas. Sin embargo, esa nueva dirección, formada junto a Fidel y a Raúl, es profundamente martiana y fidelista.

UN GOBIERNO REPRESOR, UN ESTADO FALLIDO

Manifestarse no es delito, pero obstruir la vía pública y derribar tanques de basura, sí. La policía acude al lugar, pero es el pueblo el que discute cara a cara con los que intentan politizar el descontento, usarlo para agendas propias.

Sí, es el pueblo el que acude al lugar y defiende la Revolución –con más legitimidad que los que la denigran, porque representan a la mayoría de los cubanos–, ocupen o no cargos públicos.

La mayoría de los revolucionarios que me acompañaban carecieron de agua y luz hasta el último día. Los que reciben dinero de grupos contrarrevolucionarios, ¿son el pueblo?, ¿pueden acaso presentarse como defensores del pueblo?

No se ubica de un lado al Gobierno, a las instituciones, y del otro al pueblo. Ese esquema solo intenta disfrazar la verdadera contradicción: de una parte, los que viven a costa del pueblo y lo manipulan con fines personales, y de la otra, los que defienden el sistema de justicia social que priorizará siempre el bienestar colectivo.

¿Represión? Ya que navegan por las redes sociales, ¿no ven el significado de esa palabra en Estados Unidos, en Europa, en América Latina? «No me interesa lo que pasa en otros países, solo me interesa el mío», respondió iracundo un joven que hablaba de libertad, y no supo explicarla cuando le pregunté por su significado.

No es admisible que se obvien deficiencias propias para hablar de males ajenos, pero es bueno recordarle a los que quieren un cambio de «sistema», lo que ocurre en la meca del capitalismo.

Porque quieren hacernos creer que Cuba es un Estado fallido, cuando fue el único país latinoamericano que creó sus propias vacunas contra la COVID-19 e inmunizó a toda su población con ciclos de refuerzo incluidos, a pesar del bloqueo; el único país en la historia que ha logrado resistir por más de 60 años un bloqueo criminal que pretende, precisamente, hacer que la gente se canse y prefiera el regreso de los dominadores, y que un huracán tan destructivo solo consiga arrebatarle la vida a tres ciudadanos, porque su Defensa Civil logra siempre evacuar a los pobladores más expuestos.

Y aunque sea muy lamentable, hay que decirlo: continúa el conteo de víctimas fatales en la Florida después del paso del huracán Ian (y la cifra de muertos ya supera los cien), y Joe Biden, el presidente del país más rico del mundo, declaró que «costará años revertir los daños causados por el huracán».

Un artículo publicado en The New York Times, el 23 de septiembre pasado, se refiere a Puerto Rico –¡una colonia de Estados Unidos!– en estos términos: «En el último año, los apagones, que a veces pueden llegar a durar días, se han convertido en parte de nuestra vida cotidiana. (…) Sin embargo, a pesar del pésimo servicio, las facturas de electricidad se han duplicado».

Por eso se empeñan en destruir lo que nos salva: la unidad del pueblo y sus instituciones, la que se evidenció durante la pandemia de la COVID-19, en el hotel Saratoga, o en el incendio de los tanques de petróleo en Matanzas.

Y esa unidad es posible porque no son partes contrapuestas, porque las instituciones de la Revolución son del pueblo y existen para el pueblo.

Cuba, el huracán y la palma

Por: Iroel Sánchez

En este artículo: BloqueoCiclónCubaDesastres NaturalesEstados UnidosGobiernoHuracánSociedad

Todos hemos sido afectados por el impacto del huracán Ian. Es comprensible la lógica irritación de quienes llevan varios días sin servicio eléctrico: la pérdida de alimentos o el llanto de un niño que no se duerme debido al calor no generan calma sino desesperación. Pero veo gente aprovechando las penurias eléctricas en Cuba para llamar a la violencia… de lejos.

Son los mismos que han llevado a un extremo violentísimo el ya violento bloqueo. Estarían felices de un muerto para convertirlo en bandera y llamar a la intervención militar que tanto desean. La mayoría de los cubanos no les hace caso pero puede haber quien les regale un grito con la consigna que quieren escuchar y les envíe el video para que moneticen sus sucios perfiles.

Sin embargo, no he visto un solo acto de violencia de las autoridades que han acudido contra quien ha expresado públicamente su irritación en estas difíciles circunstancias, algo que sería un tesoro con el que los enemigos de Cuba puedan justificar su odio.

Es la hora de la serenidad, de argumentar, explicar y comunicar, oportuna y pacientemente, también de saber diferenciar entre la protesta que surge de la falta de información en una situación tan difícil, de quien se presta como peón del veneno.

Tenemos organizaciones, delegados y Consejos populares para, al margen de la prensa y el mundo digital, hacer llegar la información oportuna a cada ciudadano, donde eso falla, fallamos, son gente ejemplar que sufre penurias al igual que todos pero necesitan que se les brinden datos y argumentos para hacer ese trabajo insustituible.

Como ellos, los cubanos buenos son más, muchos más y prevalecerán, como la palma enhiesta de Carlos Enríquez y Sindo Garay ante el viento de la dura tempestad.

Prevalecerán aún desde esta hora difícil. Son los que prefieren trabajar por el bien común, esos que vemos arrimando el hombro para dar luz, agua e higiene para todos.

(Tomado de La Pupila Insomne)

Desde las redes: Revuelta antigubernamental en Puentes Grandes o la revolución del arroz amarillo

Por: Ariel Díaz

En este artículo: CubaHuracán IanLa HabanaProtestas

Foto: Internet.

Era de esperar, tenía toda lógica, pero esta vez no me enteré en las redes, ni a través del lente empañado de la “Prensa Independiente”, lo vi de cerquita, de hecho, en mis narices. Vas observando como el grupito que lleva, no esta semana si no, toda la vida sentado en la esquina alrededor de la bocina portátil a través de la cual somos violentados sexualmente a ritmo de reggaetón va subiendo de tono entre risas y alcohol.

Entonces el más grandote, el de las muelas doradas, al que jamás se le conoció un empleo en el barrio, vamos, el más distante de ser un ejemplo para las futuras generaciones agarra una rama de árbol caído y grita: “Arriba, vamo a viral to ejtooo”. Entonces sus seguidores, entre ellos adolescentes I-Phone en mano y zapatos de marca se suman, poco a poco, como un crescendo orquestal. Alguien saca un caldero y una cuchara, una jovencita en bata de casa carga un bebé. De repente un audaz macho alfa avienta un contenedor lleno de basura a la avenida 51, los carros frenan, esquivando en peligrosas maniobras los desechos. Se agrupan vecinos, la proporción entre valientes ciudadanos en protesta y mirones favorece a ésta última en abrumadora superioridad. Risas, cierto gustillo a diversión, histeria colectiva, confusión.

Y llegó la policía, sí señor. Sin aspavientos, una patrulla, dos, un auto del gobierno local. Sin gritos, sin violencia. Dos oficiales con grado de coronel hablan con el grupo (más que multitud, recordemos que la “multitud” graba y opina pero no participa) sin excesos. Se desahogan, hacer la catarsis necesaria luego de horas de stress, no hay una sola detención, ni situación de violencia por ninguna de las partes. Murmuran acuerdos, soluciones posibles inmediatas. Eso sí…el grandote líder de la rebelión popular no está por todo eso, el adolescente que aventó el contenedor solo observa sin usar su reclamado cupón, ticket, boleto o turno de ser escuchado, sentadito en un rincón, callado. El comentario colectivo es: “Se puso caliente esto”.

A la hora llegan vehículos con un paliativo acordado: Comida en cajitas y un termo de sirope para refrescos a precio de costo. Se arma la cola, entre luces improvisadas y folclore citadino. Todos llevan sus raciones, comentan incluso que está muy bueno el arroz amarillo. Veo pasar a la joven del bebé con varias cajas y al Goliat incitador con sendas cajitas grasientas y un pomo de sirope mientras como Pedro Navaja, su diente de oro resplandece en toda la avenida. Se hace de noche y hay silencio de masticación. Se retira la policía.

Par de horas después se siente una voz: “Si no ponen la lú vuelvo a formarla”. Se reúnen nuevamente los jóvenes en la esquina, la noche avanza. Supongo que conspiran. Cuando ya tarde me voy a la cama siento la algarabía, una docena de bulliciosos y risueños a ritmo de conga hacen sonar sus calderos al grito de: “Pongan la lú”, mientras animan a los vecinos a salir de sus casas.

Esta vez no hubo curiosos, acaso algún asomo a una ventana y por más que recorren las dos manzanas del barrio no encuentran respaldo. Esta vez ni la policía vino. ¿Qué ha pasado? ¿Cobardía? ¿Digestión? O peor… ¿los órganos represivos pusieron un sedante en el sirope?

Logro acomodarme en la cama entre el calor y los mosquitos que luego de 4 días ya ni me pican de la pena que les da. A lo lejos, bajito, cual himno de la derrota un reggaetón balbucea desde la misma bocina ya casi sin carga una obscenidad ininteligible. Logro quedarme dormido.

Nunca pusieron la “lú”.

Pensando los múltiples caminos de la recuperación, y en cómo ayudar a los más frágiles

Hasta el momento de la reunión se reportaban tres fallecidos como consecuencia del paso del huracán

Autor: Alina Perera Robbio | perera@juventudrebelde.cu

Presidente en Pinar del Río
En intercambio con los pobladores de San Luis, el Presidente les aseguró que nadie quedará desamparado. Foto: Tomada del Twitter de la Presidencia Cuba

Se ha trabajado intensamente, a lo largo de Cuba, en las primeras horas transcurridas tras el paso del huracán Ian; y este jueves puede ser un día en que se avance todavía más en todo lo que queda por delante.

Tal reflexión fue compartida en la tarde de este miércoles, desde el Palacio de la Revolución, por el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, en una reunión de chequeo en la que también estuvo el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Esteban Lazo Hernández; el secretario de Organización del Comité Central del Partido, Roberto Morales Ojeda; el vicepresidente de la República, Salvador Valdés Mesa; el titular del Ministerio del Interior, general de división Lázaro Alberto Álvarez Casas; así como el Héroe de la República de Cuba, general de cuerpo de ejército Ramón Espinosa Martín, viceministro primero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias; todos miembros del Buró Político.

La máster en Ciencias Yinelis Bermúdez Souza, del Instituto de Meteorología, informó que el huracán había penetrado en territorio estadounidense, por el centro oeste de la Florida, con vientos máximos sostenidos de 250 kilómetros por hora.

Según explicó, las bandas externas del sistema y su amplia circulación estuvieron generando áreas de chubascos y lluvias en algunas zonas del occidente, y también en el centro del país. Para este jueves, dijo, se habían pronosticado algunas lluvias en la región central y oriental, al tiempo que, para occidente, la probabilidad de precipitaciones es muy baja.

El Segundo jefe del Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil, coronel Luis Ángel Macareño Veliz, comunicó que este miércoles se «estableció el paso a la normalidad de las provincias que no tuvieron complicaciones, y que mantienen estabilidad en su funcionamiento»; al tiempo que pasaron a la etapa de recuperación las provincias de Pinar del Río, Artemisa, La Habana, Mayabeque, y el municipio especial Isla de la Juventud.

Hasta el momento de la reunión se reportaban tres fallecidos como consecuencia del paso del huracán.

Desde la Isla de la Juventud se conoció que ya comenzó la entrega de recursos materiales en los lugares más afectados, así como la higienización; y se había recuperado el 72 % del servicio eléctrico.

El mandatario se interesó por los jóvenes, por los estudiantes universitarios; y quiso saber si en el municipio especial ellos habían sido convocados a las tareas de recuperación, así como qué tipos de recursos están haciendo más falta ahora. Insistió en que cada recurso sea usado de la mejor manera y tenga como destinatario a las personas de mayor situación de vulnerabilidad.

De Pinar Río se supo que ascienden a casi 2 000 las personas que siguen evacuadas; que comenzaron a funcionar las Oficinas de Trámites; y que las presas registran buenos porcientos de llenado. El dignatario indagó sobre las brigadas que, procedentes de otras partes del país, ayudarán en las tareas recuperativas.

«En Pinar del Río hay mucho que hacer; por tanto, hay que trabajar con mucha agilidad», dijo Díaz-Canel, quien se preocupó, además, por el estado de las comunicaciones, por cómo marcha la agricultura, y por las estrategias que se seguirán con los cultivos del tabaco.

De igual manera se analizó información detallada sobre las provincias de Artemisa, La Habana, y Mayabeque, y se reiteró la necesidad de recuperar con prioridad las comunicaciones, la electricidad y el abasto de agua.

Lo más apremiante es la situación del Sistema Eléctrico Nacional, en cuya estabilización se trabaja incesantemente, para revertir la difícil coyuntura que el país enfrenta.

En estas horas se decide cómo poner todas las fuerzas del archipiélago allí donde más urge; y en cómo levantar, lo antes posible, a quienes están sintiendo, desde la mayor fragilidad, los zarpazos ciegos que puede dar la naturaleza.

La estatura de un hombre

Entre otras muchas misiones, Ernesto Vega González ha estado en el accidente de aviación de 2018, en la explosión del Hotel Saratoga y ahora en el incendio en la Base de Supertanqueros

Autor: Ventura de Jesús | ventura@granma.cu

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

BOMBERO
Vega es enfático cuando asegura que todo bombero sabe que siempre corre peligro. Foto: Ricardo López Hevia

Vega, como lo conocen todos, no es dueño de un físico imponente, pero observándolo se tiene la impresión de que, aun en ropa de civil, a la distancia se podría identificar el bombero que es hace 32 años.

Habla bajo, pausado, y con una voz ronca que tal vez se deba a todo el humo y el polvo inhalados en los desastres a los cuales les ha puesto el pecho a lo largo de su carrera, desde que empezó ese camino como soldado en el Servicio Militar, hasta llegar a ser el Jefe del Comando San José, de Mayabeque, con 30 efectivos bajo su mando.

Entre las misiones en que ha conducido acciones de rescate y salvamento están tres de las que más han estremecido a Cuba en los últimos tiempos: el accidente de aviación del 18 de mayo de 2018, del Boeing 737-200; la explosión del Hotel Saratoga, hace tres meses; y ahora el incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas.

En las inmediaciones del Comando Especial No. 2, en la zona industrial, enfundado en un overol y recostado a un carro, Ernesto Vega González no aparenta ni sus 50 años ni el cansancio que no dice, pero tiene que sentir.

El tizne está prendido en los pliegues de su piel, en las uñas, y con calma responde el aluvión de preguntas que le lanzan dos periodistas y un fotorreportero.

«Estos últimos tres escenarios han sido muy difíciles, pero diferentes. En el Saratoga, que estuvo fuerte, muy duro, sabíamos que estábamos buscando personas reportadas como desaparecidas, y teníamos casi la certeza de que estarían bajo los escombros.

«En este evento desconocemos realmente en qué parte pueden estar los compañeros desaparecidos; no hemos podido acceder a todas las áreas donde trabajábamos al momento de la explosión del segundo tanque; la intensidad del fuego no nos permite entrar.

«Jamás he perdido un compañero de mi Comando, pero sí personas civiles, y nunca es fácil. Puedo asegurar que aquí la Dirección del Cuerpo de Bomberos se ha centrado, además de en sofocar el incendio, en la búsqueda de los bomberos, y que en todos los lugares a los que hemos podido llegar se ha hecho».

El Comando de Vega arribó sobre las nueve de la noche del viernes 6 de agosto, y desde entonces no han dejado de trabajar,  «todo el mundo está aquí, nadie se quiere ir, solo seguir y seguir hasta controlar el incendio».

Aclara que esa primera noche, mientras enfriaban la estructura del tanque, no era un secreto el riesgo que corrían. «Los bomberos desde que entran saben. En todos los trabajos nuestros hay una persona, o más, que se llama vigilante de escena, y se mantiene todo el tiempo buscando elementos de peligro.

«No fallaron, estábamos previendo que pudiera pasar, no hay más personas desaparecidas por eso, por la previsión que siempre tuvo la jefatura y los que estábamos ahí».

Al momento de la explosión de la madrugada del sábado, su tropa corrió hacia una maleza y por allí salió; dentro del fuego quedó el carro de bomberos, y dentro del carro, todos los teléfonos móviles. Después de eso lo vimos a lo lejos, una vez –cuenta–, cuando el humo amainó, pero lo que queda ya no tiene salvación.

Vega es padre de cuatro y abuelo de dos. El sábado en la mañana a su familia le llegó la información de que estaba entre los lesionados graves, «y realmente no tengo ni un arañazo». Dice que estaban muy preocupados y que han buscado la manera de comunicarse con él hasta tres veces cada día.

En su relato se unen los detalles de la labor que están haciendo –«mantenemos relevos de grupos de trabajo, cada tres o cuatro horas»– con notas entrañables, que hacen quizá toda su fortaleza: «El niño mío más chiquito tiene cinco años, y desde los tres lo estoy tirando con cuerdas, es que le gusta; ese parece que va a ser bombero.

 «Mis hijas me dicen: “papá, ya, es suficiente”», pero él reconoce que para un bombero la adrenalina a veces se convierte en una necesidad; lo que no quiere decir que se expongan gratuitamente. «En este oficio es muy importante la disciplina, porque ayuda a evitar accidentes.

«Hay que escuchar siempre la voz del jefe, que es el que más experiencia tiene; lo mío en el terreno es dirigir las acciones, garantizar la seguridad de mi gente».

Esa cultura es la que hace, asegura, que los bomberos sean una familia a nivel internacional, «puedes coincidir con algunos que ni siquiera hablan tu idioma, pero hay códigos; enseguida se entabla empatía y amistad».

Cuando se le pregunta cómo puede amar tanto una profesión tan riesgosa, emprende afablemente la contraofensiva: «Bueno, lo mismo pasa con los periodistas, que hasta van a la guerra, habrá quien piense que son locos».

La cuestión está, lo dice sin decirlo, en el deber. «No me gusta el protagonismo», afirma cuando percibe que la conversación informal es una emboscada con todas las de la ley.

Hablamos entonces de sus tres matrimonios, de si será difícil estar casada con un bombero, y nos manda a entrevistar a su esposa, que lo llama cada vez que puede, temiendo.

Luego nos revela que a los del comando les gusta debatir las películas de bomberos, y que la favorita suya es Infierno en la torre, con Paul Newman; pero todos coinciden en algo, en las películas hay mucha ficción, la realidad es otra cosa, y es mucho más tremenda.

Lo mismo sean bomberos o cirujanos, los cubanos no pueden escapar del choteo ni en la más absoluta adversidad, lo ratifica, y claro que debajo de esa carpa, donde varios tienen quemaduras y esperan la próxima llamada, discuten quién corrió más que un atleta olímpico para escapar.

Cuando el diálogo termina, la oscuridad del atardecer es firme sobre la zona industrial de Matanzas. Los carros de los equipos de prensa avanzan rumbo a la ciudad, pero para Vega no existe esa cama cómoda ni la ducha del hospedaje que les han asignado.

Él no mira hacia allá, mira hacia la fuente de la inmensa y negra columna de humo, a donde irá en breve; y aunque no tiene un físico imponente, a la distancia, a contraluz, su estatura es inmensa.

¡Coraje!

En la zona industrial de Matanzas no se deja de luchar. Luego de cada repliegue táctico hay una nueva avanzada, para cavar trincheras que impidan el paso del combustible, para enfriar las superficies, para evaluar daños y riesgos

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

MATANZAS INCENDIO
Una isla que se niega a decir ante la adversidad, «me rindo», que se hace una sola voz de aliento, un abrazo y un «Matanzas, aquí me tienes». Foto: Ricardo López Hevia

En tierra el calor es agobiante, y la tensión también. Cada cual permanece atento a sus tareas y a las voces de mando. El fuego no para, la voluntad de extinguirlo, tampoco. Parece afán de David contra Goliat. Coraje el de los bomberos.

En el aire los helicópteros lanzan sus cargas de agua sobre las llamas, que las tragan, sedientas. Los viajes se repiten una y otra vez. Es cuestión de no cejar. Coraje el de los pilotos.

De nuevo en tierra, un silbato empieza a sonar, corto y seguido. Es la señal del vigilante de escena para salir a toda velocidad; las fuerzas obedecen, pero sin correr, no hay señal de desesperación en los pasos firmes y apurados. Volverán en un rato.

A la vez, otros trabajan en la propulsión del agua, los socorristas permanecen atentos a las lesiones propias de una labor tan extrema, los jefes indican y controlan desde el epicentro del desastre. Coraje el de esos hombres y mujeres.

En la zona industrial de Matanzas no se deja de luchar. Luego de cada repliegue táctico hay una nueva avanzada, para cavar trincheras que impidan el paso del combustible, para enfriar las superficies, para evaluar daños y riesgos.

Del otro lado de la bahía el pecho se encoge ante cada nueva explosión, y se piensa enseguida en qué sentirán los que están ahí, de frente al incendio, si desde lejos se puede llegar a experimentar tanto miedo. Coraje el suyo, es toda la respuesta.

Matanzas y su gente resiste, a pesar de las pocas horas de sueño, a pesar del lógico nerviosismo que supone un siniestro en curso y de la columna de humo que se cierne como oscura amenaza.

Coraje el de quienes, sobreponiéndose a todo ello, ofrecen sus casas y sus medios de transporte, su sangre y su comida, sus brazos y sus saberes.

Coraje el de las familias que en otras partes de Cuba saben a los suyos en combate cuerpo a cuerpo con las llamas, y coraje el de los venezolanos y mexicanos que andan también frente a ellas.

Coraje el de las autoridades que no desfallecen, y que en estas jornadas aciagas han recibido también quemaduras y lesiones, que tampoco han podido descansar, con el significativo peso adicional de la responsabilidad.

Coraje, en fin, el de la Isla, que se niega a decir ante la adversidad, «me rindo», que se hace una sola voz de aliento, un abrazo y un «Matanzas, aquí me tienes». David venció a Goliat. No seremos menos.

¡Cuba no está sola!

Por: Karima Oliva Bello

En este artículo: AccidenteBahía de MatanzasBomberosCruz Roja CubanaCubaExplosiónFotografíaGobiernoIncendioMatanzasMinisterio de Salud Pública (MINSAP)Minuto a MinutoPetróleoSaludSalud PúblicaSolidaridadTermoeléctricaUnión Cuba-Petróleo (Cupet)

El cuerpo de bomberos trabaja sin descanso. Foto: Revista Bohemia.

No es el “karma”, ni la mano de Dios (con disculpa de los religiosos, que mucho están orando por el bien de la nacion), ni los shakras, ni la ubicación de los astros, ni la constelación que rige, ni una maldición. Fue un accidente provocado por un fenómeno natural.

No está “salao”. No tiene nada que ver con él. La única fatalidad que tenemos es la de estar a 90 millas de una superpotencia abusiva y hostil que desea dominarnos. Si no fuera por esto y tuviésemos un desarrollo económico como el de un pueblo que no estuviese bloqueado, todos los reveses vividos se sortearían de manera menos traumática, a pesar del dolor tan grande que siempre supondrá la pérdida de vidas humanas. No significarían en el plano económico, la afectación tan grande que significa cualquier desastre para una economía tan dañada.

No tiene “osogbo”. Está al pie del cañón poniendo el pecho a las balas siempre que hace falta, sin ápice de desmoralización. Hay que ver cuántos «sabelotodo», críticos del Washington Post, Sherlock Holmes caribeños, estadistas improvisados y etcs hubiesen hecho lo mismo en semejantes circunstancias.

El Gobierno no tiene un plan macabro para exterminar el país, no es un negligente irresponsable que no le importa cuántos cubanos mueran. No anda ocultando la bola sobre las causas de los siniestros. Lo que todos vemos es que se ocupa a brazo partido de dar la cara ante los problemas y hasta encontrar soluciones no para.

Los desastres no son muestra de que el sistema no da más. Ponen en evidencia su resiliencia. Habría que ver cuantas naciones del mundo aguantarían un bloqueo de Estados Unidos, no 63 años, una semana, sin colapsar y, además, sobreponerse a todas los trágicos eventos por los que ha atravesado el país en los últimos tiempos.

No se perdió la mística ni la épica de la Revolución cubana. Ni hay que fabricarlas de manera forzada. Épica y mística nacen orgánicamente del pueblo, como un gesto dramático pero auténtico y sin alarde, justificado por las circunstancias, cada vez que Cuba lo necesita, como siempre ha sido.

El pueblo de Cuba es heroico en su devenir colectivo y ha sido y seguirá siendo el protagonista principal de los momentos más trascendentes de nuestra historia y en el marco de ese esfuerzo colectivo nacen héroes entre los mejores de sus hijos que pueden ser de cualquier barrio, profesión, edad…

La unidad se produce por y se encarna en todos los buenos hijos de la nación en situaciones concretas, para salvar la patria. Y justamente es más fuerte cuando a nadie se le ocurre caer en individualismos. Ojalá ese sentido de lo que es útil y de lo que sobra nos guiara siempre.

La juventud no está perdida. Hay jóvenes, tanto entre los que se quedaron como entre los que se fueron, que se han desentendido del presente de la nación, pero hay otros, dentro y fuera de Cuba, capaces de arriesgar la vida por ella.

México y Venezuela han dado una muestra estremecedora de valor y solidaridad. No merecen menos que nuestro amor.

A Cuba la amamos mucho sus hijos, pero también muchas personas, colectivos, movimientos y naciones alrededor del mundo. ¡Cuba no está sola!

Mientras haya fuego se redoblarán los esfuerzos. Foto: Tomada del perfil de Facebook de la autora.

(Tomado del perfil de Facebook de la autora)

El hijo

¿Cómo contarle al padre que llora con el desconsuelo de un niño que su hijo es también nuestro, y que lo amamos?

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

El hijo
Foto: Ricardo López Hevia

¿Cómo le decimos a una madre que su hijo desaparecido es un héroe? ¿Cómo miramos a los ojos de una madre rota y le aseguramos que su dolor también nos duele?

¿Cómo contarle al padre que llora con el desconsuelo de un niño que su hijo es también nuestro, y que lo amamos? ¿Cómo no pensar en el hijo propio y sentir que falta el aire? ¿Cómo no conmoverse hasta el malestar físico? ¿Cómo contar la tragedia?

Hay tanto de manido en asegurar que no alcanzan las palabras, pero en el Hotel Velasco de la ciudad de Matanzas, en su lobby, frente a esos casi 30 familiares que esperan, se cierra la garganta, se apagan las cámaras, caen los bolígrafos.

Si terribles son los sollozos del desespero, los lamentos, más desoladores son los rostros impasibles por donde ruedan lágrimas silenciosas, madres que no hablan, que no preguntan, que solo aguardan.

«¿Por qué él?» puede ser la pregunta más desgarradora de hacer y de escuchar. Uno de esos hijos iba a estudiar Medicina y la madre nunca menciona su nombre, solo dice «mi niño».

Aunque también se haya repetido mucho, hay dolores para los que no existe consuelo y que tampoco el tiempo cura; tristezas frente a las cuales solo queda el acompañamiento respetuoso y solemne.

Se precisa mucha entereza para no derrumbarse frente a quienes viven el peor momento de sus vidas, aquellos que esperan minuto a minuto que les llegue un hallazgo, que ansían y temen por igual una identificación, un cierre.

Digna de admirar es la fuerza de las autoridades que llegan hasta ellos para actualizarlos sobre la situación en la zona del desastre, para ofrecer explicaciones, para escuchar todos los cuestionamientos; con el rostro crispado, con los ojos rojos, con el deber de mantener una serenidad bajo la cual –se adivina en sus gestos y voces– nada hay de indiferencia.

¿Cómo escribirles a esa madre y a ese padre que su hijo pertenece ya a la Isla toda, que no es retórica, que hemos llorado por él en público, obviando toda la objetividad del oficio?

Nada significan para ellos nuestras palabras, es natural que así sea, no habrá alivio; y aun así el hijo ajeno nos acompañará toda la vida, el rostro que no conocemos, el pelo que no acariciamos, los sueños que no supimos. El hijo es también de Cuba. La espera es compartida.

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Aylin Herrera Reyes – Foto: Omara García Mederos – Video: Cuba en Resumen

La Habana, 25 may (ACN) La exposición fotográfica Cuando los píxeles lloran, con imágenes alegóricas a la explosión este 6 de mayo del hotel Saratoga, se inauguró hoy en la sede de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), de esta capital.

Con 35 fotos impresas y otras 300 en formato digital, la muestra revela la obra de fotorreporteros de medios de comunicación cubanos como los diarios Juventud Rebelde y Granma, las revistas Bohemia, Muchacha y Verde Olivo, la Agencia Cubana de Noticias, Prensa Latina y la radio.

El trabajo incensante de rescatistas, bomberos y otras fuerzas especializadas durante seis días ininterrumpidos, unido al dolor de familares, amigos y el pueblo son los centros de interés de las piezas fotográficas.

Aunque a los pies del hotel Saratoga cada cubano registró su imagen en esa rojísima caja negra llamada corazón, varios de los mejores fotorreporteros de nuestros medios de prensa utilizaron el alcance de sus lentes y su sensibilidad para plasmar en instantáneas la conmoción de los cubanos, escribió el periodista Enrique Milanés León sobre la exposición.

Señaló en su texto que estas fotos, seguramente tomadas bajo miradas sísmicas, temblores íntimos y pequeñas grietas emocionales hallaron la firmeza exacta para confirmarse, en el repaso del duelo, como grises postales de la mayor familia.

Jorge Legañoa Alonso, vicepresidente de la UPEC, expresó que las fotografías son no solo un homenaje a las víctimas del accidente, sino a quienes estuvieron día y noche, entre los que se incluyen los periodistas.

La curaduría de Cuando los píxeles lloran estuvo a cargo de Ricardo López Hevia, fotorreportero del periódico Granma, quien aseveró que la selección de las fotografías fue un proceso complejo, no solo por la cantidad recibida sino a la hora de elaborar un recorrido visual sobre una de las semanas más duras que ha vivido Cuba en los últimos tiempos.

La prensa cubana ante el dolor de los píxeles

Patricia Maria Guerra Soriano

Cubaperiodistas

El viernes 6 de mayo, a las 10 y 51 con dos segundos, pedazos de ventanas, puertas, concreto, cristales y vidas estallaron sin avisar, se disolvieron etéreamente y enseguida un chorro de desasosiego empezó a nutrir las próximas jornadas.

Casi veinte días después, decir “hotel Saratoga” continúa implicando una estela de asociaciones dolorosas y mientras eso sucede, 35 imágenes de más de una veintena de fotorreporteros cubanos que cubrieron el siniestro, contornean una tristeza pegada hasta en el nombre de la exposición que, esta mañana se inauguró en la sede nacional de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC): “Cuando los píxeles lloran”.

A la Upec —precisó Jorge Legañoa, vicepresidente de la organización— fueron enviadas más de 300 fotografías y las que desde hoy se muestran, encontraron, en palabras del periodista Enrique Milanés León, “la firmeza exacta para confirmarse, en el repaso del duelo, como grises postales de la mayor familia”.

Cuando los píxeles lloran es el nombre de la exposición fotográfica inaugurada esta mañana en la sede de la Unión de Periodistas de Cuba. Foto: Stephania Núñez/Cubaperiodistas.

Así también lo cree el fotorreportero y curador de la expo, Ricardo López Hevia, para quien esa tragedia ha sido “uno de los acontecimientos más complejos vividos en el país en los últimos años”.

Y “esas grises postales” son “no solo un homenaje a las víctimas y a sus familiares-como agrega López Hevia-sino también un reconocimiento a los profesionales de la prensa, a los rescatistas y a las autoridades “que no se movieron del lugar” mientras se desarrollaba la búsqueda de personas.

Luego de la inauguración de la muestra, un grupo de periodistas reunidos en el teatro de la casa de la prensa protagonizó un taller que analizó las experiencias periodísticas y comunicacionales puestas a prueba durante los acontecimientos.

“Situaciones como esta-dijo Ricardo Ronquillo Bello, presidente de la UPEC-exponen las capacidades e incapacidades de nuestro sistema de prensa” y comprueban-agregó- “si existen fallas entre la comunicación pública y la comunicación política”.

De ahí que resaltara “la actuación oportuna y ágil de los profesionales de la prensa”, un indicador que demostró-de acuerdo con Ronquillo- “la efectiva relación de ese sistema con las instituciones públicas del país”.

Valiéndose de una comparación figurada donde los periodistas deben asumir la rapidez exigida al Cuerpo de bomberos ante situaciones de desastre, Ronquillo fundamentó la importancia de contar lo que ocurre en tiempo real porque “eso decide la narrativa” y las matrices de opinión que se posicionan.

En este caso —haciendo alusión a un análisis de la vicepresidenta primera de la UPEC, Rosa Miriam Elizalde—Ronquillo afirmó que hubo un “repliegue de la maquinaria tóxica del gobierno de los Estados Unidos” que se intenta instalar en los sitios de redes sociales.

A continuación, periodistas de distintos medios de prensa conversaron sobre las particularidades de su praxis profesional y de cómo convergió el trabajo en equipo ante un escenario de tanta tensión.

“Reforzar la redacción, convocar a todos los reporteros, disponer de recursos técnicos, ampliar la programación”, fueron algunas de las maniobras desplegadas por el equipo de Cubavisión Internacional, las cuales, como explicó el periodista, Carlos Manuel Gallardo, permitieron desarrollar la cobertura de manera ininterrumpida, y demostraron “la preparación de un equipo de trabajo, en su mayoría, compuesto por jóvenes”.

Raúl San Miguel, del periódico Tribuna de La Habana, no pudo contar detalles de ese día, solo agregó que en cuanto conoció la noticia-como muchos de los presentes en la sala esta mañana-salió para los predios del hotel Saratoga a informar. Luego, la conmoción por el recuerdo, le impidió seguir.

Sobre ese impacto emocional, representado en “flujos de adrenalina que debemos controlar”, habló Ricardo López Hevia, quien al ver a los rescatistas imperturbables ante el peligro de derrumbe de la edificación se dijo: “Hay que estar hecho de un material especial para concentrarse en salvar vidas atrapadas bajo los escombros y olvidar el instinto natural de sobrevivencia”.

Cuando al periodista y director de programas informativos de la Televisión Cubana, Lázaro Manuel Manuel Alonso, le avisaron sobre los hechos, estaba en Santa Clara. Dos horas y veinticinco minutos fueron suficientes para regresar a La Habana y comenzar a reportar desde el lugar, aunque no con todos los requerimientos técnicos que implica una transmisión televisiva.

A pesar de los posibles errores y deficiencias de la comunicación en crisis aún por perfeccionar, Bárbara Avendaño e Iramis Alonso Porro, directoras de las revistas, Bohemia y Juventud Técnica, respectivamente, dialogaron sobre la importancia del seguimiento periodístico realizado minuto a minuto y a través de las distintas redes.

Lo ocurrido —expresó al final el periodista de Radio Habana Cuba, Dairon Caballero Heredia— demostró que “Cuba no está perdida mientras exista esa sensibilidad a flor de piel” expresada en una enorme respuesta de solidaridad humana de la cual quedó un estremecedor registro gráfico.

Volver, sin ser los mismos

Cuba regresará a la cotidianidad con la huella imborrable del dolor, dispuesta a reponerse, en lo posible, del daño vivido

Autor: Madeleine Sautié | madeleine@granma.cu

Hotel Saratoga accidente expolición  4to dia Rescate y Recuperacíón
Para devolverle a la ciudad su natural apariencia, se trabaja permanentemente. Foto: Ricardo López Hevia

Pronto volverá al trabajo, en el que es barman en un restaurante, a menos de una cuadra del Saratoga. El mismo uniforme que llevaba aquel día y el mismo delantal esperan listos la orden de regresar a la faena diaria; sin embargo, él no es el mismo.

No es tan fácil para Aramís olvidar. Una hora antes había pasado frente a los portales del hotel, de prisa, para llegar temprano. Tras dejar todo listo y en minutos abrir, se dispuso –junto con Guillermo, el dependiente, y los demás– a almorzar. Poner el plato en la mesa y sentir un estruendo, que no pudieron en ese instante definir como una explosión, fue la misma cosa. Sin luz ya en la instalación, bajaron las escaleras. A la vista todo era humo.

Corrieron. El instinto los llevó a la escuela. ¡Mamá, mamá, mamá!, era lo que se oía entre el llanto de los pequeños. Guillermo cargó a dos niños con las cabezas partidas; Aramís llevó a unos cuantos para las puertas del restaurante.

Recuerda con persistencia a la muchachita con uniforme de tecnológico, en shock, la nariz, la blusa y las piernas ensangrentadas, llorando y preguntando por sus amigas, con las que pasaba cuando se desplomó el hotel.

Los ojos alcanzaron a ver lo que jamás habían visto: cadáveres de seres que un instante antes caminaban por la zona. El desastre apoderándose irremediablemente de un entorno siempre colorido y animado por voces cotidianas y serenas, dispersas en la multitud, denotando la vida.

Al restaurante se le desprendió una puerta; sobre las mesas cayeron lámparas; las copas se hicieron trizas; sus trabajadores, alterados unos, sin palabras los otros, fueron a un tiempo testigos, socorristas, marcados por una experiencia sin precedentes, en extremo dolorosa.

 Sin apartarse de las noticias, ni del impacto que por mucho tiempo les habrá de durar, los muchachos del restaurante esperan el llamado para regresar al trabajo. Saben que se han reparado los daños de su inmueble, que pronto todo estará listo.

Pero algo no es igual. La porción de ciudad donde trabajan, la que quieren, y de la que son parte, aún supura. Volverán pronto al trabajo, con el mismo uniforme y el mismo delantal que empolvaron en su afán de salvar niños. El Saratoga resurgirá de sus cenizas. Ellos, testigos del dolor, lo serán también del nuevo colorido, sin que sean nunca más los mismos.

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