¿Fechas para el fin, o nuevos comienzos para la Revolución?

El 5 de agosto de 1994 Fidel no lo dudó y salió a la calle con el único chaleco antibalas que siempre usó: su vergüenza, su moral, y la confianza en que el mismo pueblo que hizo con sus manos la Revolución no sería capaz de destruirla

Autor: Leidys María Labrador Herrera | leidys@granma.cu

Fidel en los Disturbios del 5 de agosto de 1994. Publicada: 04/08/2004, G.I 15/08/2004  Fid13387
La fuerza moral de Fidel se impuso en los disturbios del 5 de agosto de 1994. Foto: Archivo de Granma

Esas coincidencias son, para algunos, dignas de recordar; pero, para otros, constituyen sinónimo de la vergüenza que arrastran quienes, erróneamente, piensan que los muros de mentiras pueden protegerlos del descalabro.

En la prolífica historia de Cuba existen no pocos de esos instantes que, vale decirlo, tienen sobre todas las cosas algo en común, la fuerza de este pueblo y de aquellos que elige como sus líderes, y la disposición siempre latente de defender a la Patria y de cerrar el paso a la injerencia y el intervencionismo.

Son esas las razones por las que, de manera casi espontánea, cuando el 11 de julio de 2021 la violencia, azuzada por una cruenta campaña mediática e ideológica, pretendió robarnos la tranquilidad y desestabilizar al país, cuando los revolucionarios se dispusieron a hacerle frente a la turba, y cuando el Presidente salió a caminar entre su pueblo y apeló a la conciencia de este para defender el país, muchos no dudaron en afirmar: tal parece que vivimos otro 5 de agosto.

Porque aquel día de 1994, que quedó para siempre en la memoria popular, se conjugaron los mismos factores: incitación al desorden, a atacar las instituciones del Estado, a cometer actos vandálicos, y financiamiento a elementos contrarrevolucionarios para que se colocaran al centro de los disturbios cuyo fin, lógicamente, era echar por tierra la Revolución.

La situación del país resultaba crítica. El derrumbe del campo socialista fue un duro golpe para la economía cubana, y la sociedad en su conjunto afrontaba desde la falta de transporte público hasta la dificultad para llevar alimentos a la mesa. Todo ello, que de forma innegable generaba estrés, descontento, preocupación, creó lo que nuestros enemigos identificaron como un clima propicio para ejercer presión ideológica contra el pueblo, y así lo hicieron.

Esa actitud oportunista, sinceramente, no sorprendió a nadie, y mucho menos a ese brillante ideólogo, inigualable político e irrepetible líder llamado Fidel Castro Ruz. Por eso, cuando la situación se complejizó aquel quinto día de agosto, no lo dudó y salió a la calle con el único chaleco antibalas que siempre usó: su vergüenza, su moral, y la confianza en que el mismo pueblo que hizo con sus manos la Revolución no sería capaz de destruirla.

La madurez de ese pueblo, su respeto por el hombre que hizo realidad los sueños de Martí, y la seguridad de que quienes se presentaban como tabla de salvación eran, por el contrario, la ola furiosa dispuesta a ahogarnos, una vez más le dieron la razón.

Aquel día, mientras el pueblo coreaba «¡Fidel! ¡Fidel!», se apagaban las esperanzas de aquellos que, con ingenua seguridad, anunciaron «el fin».

Díaz-Canel estuvo el 11 de julio en las calles cubanas, como parte de la ciudadanía que se movilizó para preservar la paz y la tranquilidad. Foto: Estudios Revolución

VEINTISIETE AÑOS DESPUÉS, LA MISMA SÓRDIDA ESTRATEGIA

El mundo, sin exagerar, se debatía para hacer la diferencia entre la vida y la muerte, y este país no fue la excepción. Todos los recursos disponibles, todos, fueron puestos a disposición de ese empeño. La propia pandemia generó, como era de esperarse, mucha tensión en la economía y, por si fuera poco, más de 200 medidas pensadas con toda intención para asfixiarnos, y otra vuelta de tuerca al bloqueo, hicieron el panorama mucho más complejo de lo que debería haber sido.

Nuestros enemigos, con su «profundo sentido humanista», rápidamente entraron en escena, y «preocupados» por el pueblo cubano (al que negaron oxígeno medicinal para hacer frente a la enfermedad), se dieron a la tarea de abrir los ojos de los cubanos, demostrando que la «cruel dictadura» no era capaz de responder a las necesidades del pueblo.

Otra vez aprovecharon, de la manera más ruin, la dureza de un momento histórico. Se parapetaron tras su muy bien pagada maquinaria mediática, movieron a sus títeres asalariados dentro del país, acrecentaron el llamado a la violencia y utilizaron a su favor, otra vez, las carencias materiales y necesidades, en función de crear un clima de desconfianza y pesimismo.

El resultado fue un 11 de julio, al que, con el descaro que los caracteriza, pusieron el nombre de «estallido social espontáneo en contra del régimen», a sabiendas de que se trataba de un fruto más de su estrategia de golpe suave.

Otra vez marcaron el final, lo habían orquestado todo de forma tan minuciosa, habían invertido tanto que no podía ser de otra manera; tal vez hasta pensaron que sin la presencia física de Fidel, no habría quien revirtiera la situación, y se sentaron a esperar.

Pero para los cubanos existen dos verdades contundentes: la primera es que hace mucho que Fidel es todo un pueblo, y la segunda tiene un nombre: continuidad. Ese día otro líder, hijo de otro momento histórico, pero con mucha fuerza moral también, llamó a los revolucionarios a defender la Patria, y los patriotas respondieron al llamado. Y también él salió a la calle, y lo hizo a pecho descubierto, y se rodeó de pueblo, y llamó a la paz.

 Rápidamente, como aquel 5 de agosto, la nobleza y valentía popular hablaron más alto, y la violencia no tuvo más remedio que replegarse ante la firme decisión de proteger la tranquilidad del país.

LAS VERDADES QUE NO PUEDEN OCULTARSE

Si en este país no se pusiera primero al ser humano, sería mucho más sencillo «impulsar» la  economía. Se harían inmensos recortes de presupuesto a programas sociales, habría despidos masivos, se eliminarían prestaciones de la seguridad social y, probablemente, la recuperación económica, desde la frialdad de indicadores y números, se vería en un corto plazo.

Así funciona el capitalismo, así ha sobrevivido por siglos el sistema que nos quieren imponer. Dentro de él, las personas no son más que fichas que, como en el ajedrez, se utilizan dependiendo del momento y, de ser necesario, se sacrifican sin miramientos.

Bajo ese, su principio básico, se resisten a creer que aun con su brutal y enfermizo cerco económico de por medio, nuestro Estado siga eligiendo siempre al ser humano por encima de todo, siga sosteniendo la máxima de llegar a cada persona que lo necesite; lo cual, es cierto, no resulta fácil, pero es decisión irrenunciable.

Si nos dejaran hacer, si tuvieran el valor de levantar el bloqueo, la historia sería otra.

Más allá de que se difundan matrices de opinión contrarias y falsas, la mayoría de los cubanos ama a su país, aun si vive fuera de él. Económicos, en mucha mayor medida que políticos, han sido los motivos de muchos hijos de esta Isla para emigrar, aunque se manipule tal verdad.

Ha sido este, sin lugar a duda, uno de los aspectos que forma parte de la agenda de medios y voceros anticubanos, que presentan el tema como «el caos que vive el pueblo cubano para escapar de un sangriento régimen».

Sin embargo, no hablan de sus engendros de leyes para incitar la migración ilegal, de su negativa a respetar y hacer cumplir los acuerdos migratorios rubricados entre ambas naciones, de otorgar cada año las visas que corresponden, ni de cómo entorpecen el derecho de las personas a emigrar de forma segura y ordenada.

Esa es otra realidad que se sostiene en el tiempo, que se manifestaba en aquel agosto de 1994, que se manifiesta hoy y que, al parecer, no dejará de existir, porque les implicaría quedarse sin uno de sus argumentos favoritos para sostener el ataque perenne contra nuestro país.

CUBA SIGUE AQUÍ

Si algo han hecho cientos de veces los enemigos de la Revolución es ponerle fechas para el fin. Cada vez que orquestan una nueva maniobra, dan por hecho el «ahora sí», y a veces parece que en verdad se lo creen.

Lo que no comprenden es que este pueblo no negocia principios, no renuncia, no se cansa, no cede si siente su soberanía amenazada.

Por eso, cada vez que intenta repetir sus estrategias de golpe, reviven el fracaso, se les recuerda la estirpe cubana, se les hace saber que los principios y la moral no se negocian, porque son un baluarte fundamental de esta nación.

Ni 5 de agosto, ni 11 de julio, a la Revolución le queda toda la vida que sus hijos sean capaces de darle. Lo que para ellos es un posible fin, para las cubanas y los cubanos incansables, necios y patriotas hasta los tuétanos, será siempre un nuevo comienzo.

La Revolución es mi madre, mi padre, mi todo (+ Fotos)

GABRIELA MILENA PADRÓN MOREJÓN

El 3 de enero de 1957, Edy Vigo Álvarez recibió el brazalete rojo y negro que lo identificaría como miembro del Movimiento 26 de Julio (M-26-7), y desde entonces conserva, además de la insignia bicolor, la fe inquebrantable en la Revolución Cubana.

-¿Cómo llegó a formar parte del Movimiento 26 de Julio?

Cuando a los 17 años comencé a trabajar como mecánico en un taller de automóviles, conocí a Miguel Hernández Morera (Miky), Amado Llanes y Andrés Cepero Gutiérrez, quienes eran miembros activos de la célula del Movimiento que funcionaba en Florida, mi pueblo natal, en Camagüey.

Andrés era el jefe del grupo conformado por no más de seis jóvenes; bajo su dirección recogimos armamentos para mandar a la Sierra Maestra, donde Fidel Castro combatía contra la tiranía de Fulgencio Batista y también preparábamos petardos y cocteles molotov.

Yo me daba cuenta de las cosas que pasaban a mi alrededor, con la guía de mis compañeros comencé a entender que la lucha armada era la única vía de acabar con la situación que se vivía en el país. Formando parte de la organización aprehendí los conceptos de patriotismo, hermandad y lealtad.

-¿Cuál fue la acción que más lo marcó?

Para 1958 los combates en las lomas iban ganado terreno, los barbudos necesitaban todo el apoyo posible y la mejor manera que teníamos era recopilar armas.

El 5 de mayo de ese año organizamos una recogida, el plan consistía en localizar las fincas de terratenientes que acostumbraban a poseer varias armas, sustraerlas y entregarlas a los alzados.

Como en nuestra célula éramos pocos, generalmente aceptábamos colaboración, sobre todo para transportarnos. En esa acción Rolando Ramírez, uno de nuestros colaboradores habituales, trajo a un tal Gallego Ulloa que tenía una máquina y estaba dispuesto ayudar.

La primera parada la hicimos en la finca de Miguelito Gutiérrez, tomamos las armas sin problemas; la segunda fue en los terrenos de Ricardo Hernández, pero este hizo resistencia y hubo un tiroteo tremendo, no se las pudimos arrebatar.

Con el chofer de la máquina se había quedado Juan González Olivera (Juanito), a quien le dieron la tarea de custodiarlo y pararlo si intentaba dejarnos embarcados; como en efecto, el tipo trató de irse, pero Juanito supo controlarlo.

Al día siguiente, la policía nos fue a buscar a nuestras casas y nos llevaron para el Cuartel de Florida: el Gallego nos había echado pa´ lante.

-¿Qué pasó en el Cuartel?

En el Cuartel nos pusieron en una celda, Juanito se me acercó y me dijo: “Vigo esto es… (hace un gesto como si tuviera un zíper en la boca); y yo le dije: a mi me matan pero yo no hablo.”

Al rato nos fueron llevando uno a uno a la sala de torturas. Me dieron tantos golpes que por un instante quise morirme allí mismo. Cuando caí al piso escupiendo sangre, dos guardias comenzaron a saltarme en la columna como si fuera un colchón.

Tampoco me salvé de la chancleta, uno de los métodos de tortura que más les gustaba a los esbirros, consistía en darte por la planta de los pies, las manos y detrás de las orejas, no te imaginas lo que puede llegar a doler eso. Pero ninguno de nosotros habló.

-¿Cómo lograron salir vivos del Cuartel?

Por el pueblo. Cuando se supo, la gente empezó a hacer manifestaciones pidiendo un juicio justo, sabían que era la única manera de salir con vida de ese lugar.

El otro motivo por el cual no morimos fue gracias a la ayuda de un viejo cabo, quien a escondidas nos pasaba un jarrito de aluminio con sambumbia, así aguantamos tres días hasta que nos trasladaron al Juzgado de Camagüey.

-¿Consiguieron un juicio justo?

Nos llevaron ante el Tribunal de Urgencia y nos juzgaron por la Ley 5 (delincuentes comunes). Como no lograron probar nada, nos condenaron a seis meses de prisión en Isla de Pinos, así funcionaba la justicia en aquella época.

-¿Cómo fue la vida en el Presidio?

La celda 74, en el quinto piso de la circular cuatro, fue mi hogar. Tenía una cama que se recogía con unas cadenas por el día y por la noche se soltaban, una ventana daba al exterior.

En aquel tiempo había gente de la Conspiración de los Puros, del Partido Socialista Popular, del Movimiento 26 de Julio y hasta los aviadores que habían tirado las bombas al mar cuando el levantamiento de Cienfuegos.

-¿Se mantenía la actividad revolucionaria dentro del Presidio?

Sí, en una ocasión, cuando me fueron a ratificar la causa y me mandaron para La Habana, Armando Hart Dávalos, quien estaba cumpliendo allí, me pidió que llevara información a un compañero en el Príncipe, ese era el tipo de acciones que realizábamos, porque nos revisaban hasta la sombra.

A finales de diciembre de 1958, luego de pasar por el Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), liberaron al grupo de Edy Vigo Álvarez; el primero de enero de 1959 triunfaba la Revolución Cubana y el 6 regresaba a Florida, donde se alistó en la Marina de Guerra y en abril de ese mismo año comenzó a trabajar en el Arsenal Naval de Casablanca, hoy Base de Reparaciones Granma.

Luego de tres años, casado y con hijos, Vigo decide establecerse en Ciego de Ávila para comenzar a laborar en el taller de reparaciones del Ministerio del Interior, hasta su jubilación hace ya más de 10 años.

A sus 93 primaveras se mantiene haciendo trabajos ocasionales como técnico de equipos electrodomésticos y asegura que si volviera a nacer no cambiaría ni un solo día de su juventud – Es que la Revolución es mi madre, mi padre, mi todo- por eso incluso hoy continúa protegiéndola.

Los crímenes impunes de la Operación Northwoods

Por Jorge Wejebe Cobo

Iniciaba la segunda quincena de junio de 1962 y las acciones de la CIA y el Pentágono contra Cuba dentro de la Operación Mangosta, actualmente desclasificada por el gobierno de EE.UU., se encontraban en su etapa culminante de sabotajes, actos terroristas, atentados y alzamientos en zonas rurales que debían desembocar en los meses inmediatos en un supuesto levantamiento popular.

Pero detrás de ese frenesí de la Casa Blanca por vengarse de la derrota de Playa Girón en 1961, descollaba la acción Dirty Tracy (juego sucio) que conllevaría a una autoagresión en barcos, aviones civiles de Estados Unidos o países aliados y principalmente contra la Base Naval de Guantánamo, que adjudicarían a los cubanos la muerte de ciudadanos y militares y sería el pretexto para la invasión a la ínsula.

Según documentos desclasificados en 1998, el plan dentro de la llamada Operación Northwoods (madera del norte) fue presentado en marzo del 62 al Secretario de Defensa, Robert McNamara, por el general de cuatro estrellas Lyman Louis Lemnitzer, y rechazado después de más de tres horas de tensas discusiones, en las cuales los militares presionaron a McNamara con la propuesta.

Aunque muy lejos de esas reales o presuntas contradicciones en Washington, en ese verano y en los años posteriores de la década de 1960, los jefes de la Base Naval de Guantánamo incrementaron las provocaciones como si se dispusieran a seguir con ese macabro plan.

Así, aviones y embarcaciones violaron el espacio aéreo y sus aguas, los soldados agredieron a las postas cubanas y continuaron entregando armas a los elementos contrarrevolucionarios de la zona.

Inclusive, la contrainteligencia de la Isla conoció que entre las tareas de la inteligencia naval del enclave figuraba la captura de supuestos agentes o saboteadores nacionales para provocar una respuesta.

En ese difícil contexto, el joven pescador de Caimanera Rodolfo Rosell, quien estaba incorporado a la Revolución y mantenía a su familia con su pequeña embarcación Las Dos Hermanas, desde el 11 de julio lo reportaron desaparecido hasta que el día 13 fue encontrado su cadáver en la popa de su lancha en la Playa Conde con horribles marcas de torturas.

De acuerdo con la autopsia, la causa de su muerte fue una irreversible hemorragia intracraneana. Eran visibles en su cuerpo numerosos hematomas y huellas de punzones.

Al hacer una recapitulación de hechos tan deleznables, recordamos que el primer asesinato relacionado con esa ilegal instalación militar fue el del trabajador del enclave Rubén López Sabariego acaecido el 15 de octubre de 1961, que dejó huérfanos a nueve hijos.

Tampoco la muerte de Rodolfo Rosell sería la última, en 1964 cayó el guardafrontera Ramón López Peña, ultimado por disparos hechos desde la base naval. También fue asesinado en iguales circunstancias el combatiente Luis Ramírez López en 1966, víctima de una ráfaga disparada por marines yanquis mientras cumplía su misión de custodiar el territorio nacional.

Por medidas tomadas principalmente por la parte cubana en años posteriores se pudo lograr un clima de normalización en la región fronteriza de Guantánamo, aunque a pesar de las gestiones legales y denuncias realizadas por Cuba, esos crímenes y otros se mantienen impunes sin el menor pudor por parte del gobierno estadounidense que desclasificó algunas de sus operaciones contra Cuba.

Tomado de Cubahora.

En la mañana de la Santa Ana

Por Nivaldo Arozarena Illas

Listo el Cuartel Moncada para el acto central por el 62 Aniversario de los Asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y el 500 Aniversario de la fundación de la Villa de Santiago de Cuba, el 25 de julio de 2015. AIN FOTO/Marcelino VAZQUEZ HERNANDEZ/

Cuba es uno de los países del mundo que realizan las festividades por la celebración del Día de la Santa Ana, que es la madre de la Virgen María y abuela de Jesús de Nazaret. Precisamente el 26 de julio, fecha de realización de estos festejos, pero del año 1953, Fidel Castro, acompañado por un grupo de jóvenes de la Generación del Centenario, inició una nueva etapa de lucha del pueblo cubano, al realizar el ataque a los Cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente.

Las acciones contaron con una minuciosa selección y preparación de los asaltantes, la elaboración de un plan bien concebido por la dirección del Movimiento. Hay que destacar el traslado de hombres y armas hacia el Oriente del país de forma segura, el alto grado de compartimentación con que se organizó.

El objetivo estaba claro: Había que alcanzar la verdadera independencia y soberanía de Cuba, derrotar la cruel y sangrienta dictadura militar impuesta por Fulgencio Batista, con el golpe de Estado del 10 de marzo  1952.

Aunque la acción militar no tuvo el resultado esperado, tiene una gran significación histórica, porque dio inicio a una nueva etapa de lucha y destacó a Fidel como líder indiscutible del movimiento revolucionario.

Treinta de junio de 1957: el llamado de la Patria

MARTHA GÓMEZ FERRALS | FOTO: ARCHIVO 

El 30 de junio de 1957, la heroica ciudad de Santiago de Cuba se estremeció de dolor e indignación ante el asesinato de los jóvenes Josué País García, Floro Vistel Somodevilla y Salvador Pascual Salcedo, pertenecientes al Movimiento Revolucionario 26 de Julio, ametrallados a mansalva por sicarios del batistato en momentos en que la lucha armada desde la Sierra Maestra empezaba a ganar fuerza.

Fue el terrible suceso una verdadera masacre injustificable para el pueblo, por mucho que actos como esos ya eran recurrentes en las prácticas de la tiranía. Algunos testigos no olvidaron jamás el tenso y electrizado aire reinante ese día en la urbe del sudeste cubano.

Se debía a las maniobras que desde el amanecer llevaba a cabo el ejército del dictador Fulgencio Batista, cuyos soldados aseguraban la “feliz” celebración, en el céntrico Parque Céspedes, de un mitin progubernamental electorero para mostrar la imagen de un país y gobierno cívico y seguro. Lo opuesto a la vida real.

A esas alturas su aparato represivo y maquillajes propagandísticos no podían tapar las consecuencias de los crecientes crímenes y torturas con que se intentaba socavar las ansias libertarias de los patriotas.

El año 1957 se abría paso con el afianzamiento del Ejército Rebelde y la lucha clandestina, pero también con el lamentable saldo de los asesinatos de José Antonio Echeverría, los combatientes revolucionarios de Humboldt 7 y varios jóvenes involucrados en la expedición del yate Corynthia, que venían a apoyar la insurrección en la serranía.

Lea aquí: Treinta de junio de 1957: la juventud heroica y multiplicada

Esto hacía que numerosos sectores de la población comenzaran a sumarse al camino del choque frontal, como una manera de paliar el dolor y el luto que la injusticia y el crimen ocasionaban. La indignación y el coraje crecían en toda la república y por supuesto en la capital del Oriente, segunda localidad en importancia de la nación, se perfilaba con nitidez el epicentro de la Revolución en el área urbana.

Aunque laceraba el alma amanecer cada día sacudidos por la noticia de nuevas muertes, desapariciones y torturas de lo mejor del pueblo, las noticias de la insurrección armada en las montañas alentaban, pues el 28 de mayo se había producido la primera victoria contundente del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, en el enclave de El Uvero.

En medio de ese contexto histórico, el tristemente célebre gánster y asesino Rolando Masferrer campeaba en Oriente como jefe de un destacamento paramilitar que integraban unos mil 500 sicarios tan execrables como él.

Ellos tenían el propósito de aniquilar, bajo las órdenes del presidente Batista, el movimiento revolucionario que se había consolidado en la ciudad, el cual por cierto no le daba tregua cada vez con acciones más audaces y efectivas.

Masferrer, en funciones de garante del acto electorero del 30 de junio, dispuso comenzarlo a las cuatro de la tarde, en medio de un despliegue militar ostensible. En cada esquina se pusieron postas de soldados y de los llamados Tigres de Masferrer, pues así apodaba al séquito del odiado gánster.

Para esas fechas Frank País, jefe nacional de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, estaba en la clandestinidad total debido a los riesgos que corría, pero seguía muy activo.

Había ordenado realizar acciones de sabotaje al engañoso mitin, al cual solo concurrieron muy pocas personas, a pesar de la aparatosa publicidad y organización que le habían dado las autoridades.

Josué, de 19 años de edad, era su hermano menor y uno de los miembros más destacados del Movimiento. Incorporado a las acciones patrióticas desde sus tiempos de estudiante de secundaria, en organizaciones martianas, y había sufrido cárcel y represión por su constante contribución a manifestaciones que recorrieron las arterias de su natal Santiago de Cuba.

Ese día se hallaba oculto, junto a su amigo Floro, en una casa cercana al parque Céspedes siguiendo por la radio el acto, pues debían escuchar el sonido de la detonación de una bomba colocada bajo la alcantarilla, a fin de que estallara próxima a la tribuna, a poco de comenzar el simulacro de civilidad gubernamental.

Debía ser el sonido del artefacto la señal para que Josué partiera al frente de uno de los dos comandos que realizarían disparos y otras pequeñas explosiones en los enclaves norte y suroeste de la ciudad. Sin embargo la bomba cercana a la tribuna no detonó por razones casuales.

Pasado un tiempo lógico, Josué, acompañado de Floro y Salvador, salió a hacer lo suyo sin esperar más por la infructuosa comunicación con sus jefes, que también se había cortado.

Al transitar por una zona señalada para sus operaciones, los masferreristas dieron con ellos.

Iniciada una feroz persecución, los detuvieron en la esquina de las calles Martí y Crombet. Dentro del mismo auto fueron acribillados Floro y Salvador, muertos en el acto.

Herido de gravedad, Josué logró salir de la máquina, pistola en mano, pero eran muchos los sicarios contra el joven, y lo capturaron todavía vivo.

José María Salas Cañizares, otro asesino connotado, dio la aparente orden de que lo llevaran al hospital. Lo montaron en el vehículo y allí le dieron un disparo en la sien. La única herida, se verificó posteriormente, que le causó la muerte.

Exactamente un mes después del crimen sin nombre, la vida quiso que el 30 de julio de 1957, cayera también abatido por la barbarie su hermano Frank, en el hoy histórico Callejón del Muro, en unión de otros valiosos compañeros.

En aquella jornada de luto que significó el cierre de junio de 1957 había paradójicamente un renacer. En medio de la muerte, la ira y el dolor, crecía algo indetenible: un pueblo entero avanzaba en pie de lucha al llamado de la Patria.

Cuba Josué País

Cuba conmemora aniversario 25 de hallazgo de restos del Che

Cuba Historia

La Habana, 28 jun (Prensa Latina) – Foto: Revista Haroldo – Video: TV Cubana.- Cuba rememora hoy el hallazgo de los restos mortales de Ernesto Che Guevara, considerado un hito de la ciencia cubana y un símbolo de victoria para toda una generación.


El 28 de junio de 1997 fueron hallados los cadáveres del guerrillero argentino cubano y de otros seis compañeros suyos de lucha en la pista de un aeropuerto de la localidad de Vallegrande, en Bolivia, donde 30 años antes fue asesinado por efectivos militares de ese país.

El gobierno boliviano había dado 48 horas para que culminaran las labores de la expedición cubana, que laboraba intensamente en el suroriente de la nación andino-amazónica luego de que se hiciera público un testimonio del general retirado Mario Vargas Salinas, testigo del asesinato.

Hasta ese entonces, durante décadas, investigadores cubanos y de otras nacionalidades recopilaron informaciones de testimoniantes de la época, labor que facilitó el quehacer de geólogos, antropólogos forenses, biólogos, geofísicos y otros estudiosos de las ciencias sociales cubanas de 15 instituciones.

El doctor en Ciencias Médicas Jorge González, entonces director del Instituto de Medicina Legal de La Habana, fue designado por el líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro, para encabezar la búsqueda científica, la cual tuvo que realizarse bajo múltiples presiones por el simbolismo que tenía.

Bajo custodia, los restos fueron estudiados en suelo boliviano y sometidos a numerosas pruebas de identificación, y el 12 de julio de 1997 llegaron a La Habana, donde se recibieron con honores y respeto. Toda una generación de cubanos quedó marcada por las imágenes de la llegada de los féretros al aeropuerto militar de San Antonio de los Baños y su posterior traslado al mausoleo de la ciudad de Santa Clara, en el centro de Cuba, donde el Che libró una de las más importantes batallas de la guerra de liberación.

En la actualidad millones de personas han visitado la instalación, en la que además se atesoran documentos, fotos y piezas históricas relacionadas con la vida y obra del también conocido como Guerrillero Heroico.

Existe un Martí accesible a todas las generaciones

Los postulados éticos martianos sustentan la cultura que defendemos en Cuba. José Martí nos sigue dotando de las herramientas éticas para construir el socialismo

Autor: Yusuam Palacios Ortega | internet@granma.cu

José Martí
Foto: Archivo Granma

En 1960 el Guerrillero Heroico apuntó: «Martí fue el mentor directo de nuestra Revolución, el hombre a cuya palabra había que recurrir siempre para dar la interpretación justa de los fenómenos históricos que estábamos viviendo y el hombre cuya palabra y cuyo ejemplo había que recordar cada vez que se quisiera decir o hacer algo trascendente en esta Patria». En esta referencia el Che resume la vigencia del ideario martiano, un pensamiento que no es abstracto, sino que adquiere cuerpo y alma en sí mismo cuando somos capaces de redescubrir al héroe y aplicarlo a nuestra cotidianidad, cuando entendemos que la martianidad es osamenta sobre la cual debemos proyectarnos y sostenernos. Por eso somos martianos, porque críticamente lo hemos asimilado, porque creemos en la palabra del Maestro, y no lo hacemos como seres conducidos, sino desde una lealtad reflexiva a su palabra y ejecutoria.

En este tiempo, tan diferente al del Che y al de Martí, pero a la vez tan similar por las causas que motivan nuestra lucha, es imprescindible asirnos al Apóstol. Martí no representa solo al ferviente revolucionario, sino también al guía espiritual, que nos ayuda a comprender la felicidad como la condición humana más noble. Martí no representa a un intelectual aislado del acto de crear desde la perspectiva de la transformación; Martí crea y funda bajo el sueño de ver una sociedad que hace de lo hermoso lo cotidiano, que no discrimina, que hace felices a los hombres. Martí representa al verdadero intelectual: orgánico, coherente, que no solo divisa el bien, sino que lo hace parte de su praxis.

El Che nos pide que nos acerquemos a Martí, «sin pena, sin pensar que se acercan a un dios, sino a un hombre más grande que los demás hombres, más sabio y más sacrificado que los demás hombres, y pensar que lo reviven un poco cada vez que piensan en él y lo reviven mucho cada vez que actúan como él quería que actuaran».

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Celebra quien no conoce la historia, o la desea repetida (+ Video)

La mayoría, a sabiendas de cuánto significó en términos de burla a la soberanía nacional, considera la fecha un franco agravio. La califica como el momento en que EE. UU. nos subsumió y la historia nos concedió la triste categoría de neocolonia

Autor: Julio Martínez Molina | internet@granma.cu

Acto de izar la Bandera en el Palacio de los Generales el 20 de Mayo 1902
Publicada: 21/05/2001

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A la «república» salida de la ocupación estadounidense sancionada por el Tratado de París se le impuso la Enmienda Platt que, de hecho, la convertía en un protectorado. Foto: Archivo de Granma

El realizador Jorge Luis Sánchez estableció una fecunda imagen, por elocuente, en torno al miedo y el asombro, a la desazón producida en los nacionales por el arribo yanqui a la Isla luego de la denominada Guerra hispano-cubano-norteamericana, en su película Cuba Libre (2015), cuando en un fuera de campo muy bien resuelto en términos fílmicos, los niños del aula escuchan, advierten –casi palpan aun sin verlas–, a las tropas invasoras, solo mediante el resonar de sus botas.

Fueron las botas que mancillaron este suelo, luego de que nuestros bisabuelos y tatarabuelos –venidos de África, Europa y Asia, y unidos en combate– estuvieran peleando tres décadas a favor de la independencia.

Cuando ya tenían la guerra ganada a los colonialistas españoles, llegó el más feroz y expansivo imperio que haya conocido la humanidad, para apoderarse de una victoria que no le pertenecía, y tomar el fruto desde siempre codiciado.

El 20 de mayo de 1902 solo puede celebrarse por cubanos que ni conocen ni respetan su historia.

La mayoría, a sabiendas de cuánto significó en términos de burla a la soberanía nacional, considera la fecha un franco agravio. La califica como el momento en que EE. UU. nos subsumió y la historia nos concedió la triste categoría de neocolonia.

El nacimiento de la república mediatizada (la nuestra verdadera nació en Guáimaro) representó, en la práctica, que la potencia imperial determinase el destino de la nación en cada uno de sus apartados.

Todo se hacía, desde su Embajada en La Habana, por órdenes de Washington. Cada crimen perpetrado por la satrapía de Gerardo Machado tiene la firma de ese Gobierno. Del presidente títere Mario García Menocal y Deop, los periódicos estadounidenses escribían que «era más norteamericano que cubano».

Los miles de jóvenes torturados, vejados y sacrificados por los esbirros del dictador Fulgencio Batista deben su muerte también a Estados Unidos.

Tan evidente era la anexión, que el propio interventor, Leonard Wood, le participó al presidente Theodore Roosevelt que, «bajo la Enmienda Platt, por supuesto, le quedaba a Cuba muy poca, o ninguna independencia». Aún nos pesa ese infamante engendro jurídico que dio pie a la vigente base naval de Guantánamo, en territorio ilegalmente ocupado.

Lamentablemente, ayer como hoy (es la triste historia de América Latina), sectores internos fueron tan o más anexionistas que el propio Gobierno estadounidense.

Tras no poder dominarnos mediante ninguno de los métodos aplicados luego de 1959, en la actualidad se intensifica la agresión en los planos de la ideología, la cultura, el mediático y la diplomacia. Pero Cuba seguirá de pie, en plan de lucha y resistencia, y rechazando la ignominia del 20 de mayo.

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Foto: Obra de Kamyl Bullaudy.


Marlene Vázquez Pérez

Cubadebate

Cada nuevo aniversario de la caída en combate de José Martí conduce a los seguidores de su obra y ejemplo a repasar su legado, que es el modo mejor de rendirle homenaje. Con él se cumple soberanamente  lo que dijera respecto a los ocho estudiantes de Medicina, en su discurso conocido como “Los pinos nuevos”, pronunciado en el Liceo Cubano, de Tampa, el 27 de noviembre de 1891: “Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida.” Y más adelante en este propio texto: “[…] la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida: ¡así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!”[1]

Independientemente de lo dolorosa y costosa que fue para la independencia de Cuba la caída en combate de Martí, ese aciago 19 de mayo de 1895, su manera de entender la muerte y el valor del patriotismo y el sacrificio, nos debe servir como estímulo para releer su obra a la luz del presente, y asumir con optimismo y entereza las enseñanzas presentes en ella.

José Martí es, tal vez, el único líder revolucionario que se enfrentó, simultáneamente a dos grandes potencias en pugna, en aras de la independencia de su patria. De un lado, el decadente colonialismo español, en el ocaso de su dominio continental, que mantenía a Cuba como su último reducto en el área; de otro, los Estados Unidos, entonces ya en tránsito a su fase imperialista. Debido a esa circunstancia especial, el cubano dejó múltiples consideraciones en textos muy diversos. También ideó y puso en práctica estrategias muy personales en el trabajo de aunar voluntades y preparar conciencias en pro de la independencia de Cuba y la salvaguarda de la Patria grande, de manera que con ello contribuía al equilibrio del mundo. Esos escritos y métodos, si bien responden a un momento específico, los finales del siglo XIX, contienen enseñanzas  valederas para el presente y el futuro de la región, pues la voracidad de las grandes potencias, prestas a enfrentarse entre sí, o a  abalanzarse sobre los pueblos menos desarrollados, sigue siendo  un hecho real, tangible, en nuestros días.

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