Pequeñeces y grandezas

Puede ser Cuba un país pobre, pero no un pobre país; puede Cuba ser víctima de carencias –cómo no tenerlas con una lluvia de impedimentos propinados por el imperio–, pero no será nunca una nación miserable, un infausto territorio

Autor: Madeleine Sautié | madeleine@granma.cu

Bandera Cubana
Foto: Ricardo López Hevia

No es el tamaño quien marca la grandeza. No es la extensión ni la suma de sus habitantes los que hacen que un país sea pequeño o grande. Otra es la vara que define dimensiones.

No son los canutillos los que hacen el atuendo. Hay más primor en lo sencillo, en las luces del alma que lo lleva, que en la algarabía de los brillos.

Por el mundo van los hombres. Los hay de almas enfermas, para los que todo a su alrededor está divino, siempre que se les llenen las arcas, incluso si para ello venden sus actos, o denigran las normas incuestionables de la decencia. «Humanitos» que olvidan su humano origen, y aquello largamente aprendido de que ser bueno es ser dichoso, y cuánto nos enaltece defender el bien.

Otros hay que, al acabar el día, perciben un crecimiento. El que entraña darse al trabajo, sentirse plenos si aquello que hacen goza de un beneficio destinado a los demás. Los demás son el país.

Castigado por insumiso, por haber hecho en el mundo lo que no todos harían, por ser dueño de una verdad que le agiganta la superficie, el nuestro es digno de permanente encomio. Los dos últimos años son la más reciente muestra de cuáles son sus esencias y se ha batido, atado de pies y manos, aunque sin rendirse, para proteger la vida.

Una política maquiavélica, que viene de otro que no le perdona la osadía, fabrica contra Cuba constantes miserias, verdaderas artimañas para derribarla. Son miserias humanas, porque es bien sabido que donde hay astucia hallaremos bajezas.

Muchos son los rostros con que a diario se nos presentan, para sembrar desaliento en un pueblo que sufre carencias propiciadas por un cerco comercial. La mentira es su espada; el descrédito del proyecto socialista cubano, lo que esgrimen para empuñarla. 

Bien sabe Cuba el momento histórico que vive, y mira afuera espantada del entorno, y por ello más firme. Vivir sus días es una proeza que pone a prueba su resistencia, pero no la desanima. Si se apiñan los embustes, si nos vienen del mismo sitio, no ignoremos la intención. Puede doler el insulto, pero no nos define, antes bien nos enaltece.

Puede ser Cuba un país pobre, pero no un pobre país; puede Cuba ser víctima de carencias –cómo no tenerlas con una lluvia de impedimentos propinados por el imperio–, pero no será nunca una nación miserable, un infausto territorio. Cuba, inmensa en su corazón, próspera en su espíritu, no entiende de desamparos y proyecta su luz. Sabe que mucho le cuesta, y sabe también lo que sería de ella si dejara de ser la esperanza que su ejemplo significa.  

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