Golpes de Estado en el siglo XXI, el putsch de los conglomerados mediáticos

Los golpes del siglo XXI apelan al caos, a aplicar terapias de choque mediante la guerra económica, sicológica, cultural y si es necesario entran a desempeñar su papel las fuerzas armadas, siempre como libertadoras o tras el manto de la «ayuda humanitaria»

Autor: Raúl Antonio Capote | internacionales@granma.cu

La violencia contra el pueblo en los golpes de Estado se justifica como «estado de necesidad». foto: afp
La violencia contra el pueblo en los golpes de Estado se justifica como «estado de necesidad». Foto: AFP

En la madrugada del 10 de marzo, previo a las elecciones de 1952, un golpe de Estado perpetrado por Fulgencio Batista instauró una cruenta dictadura en Cuba.

El régimen implantado por el «hombre fuerte» de EE. UU. fue uno de las más bárbaros en el continente. Los órganos represivos articulados dentro del Ejército, la Policía y la Marina, bajo la asesoría directa del FBI y la CIA, sembraron el terror y la muerte en la Isla.

A partir de 1947, una ola de asonadas se había extendido por el continente americano.

No debemos olvidar que, en 1946, se creó el Western Hemisphere Institute for Security Cooperation, nombrado Escuela de las Américas a partir de 1963; se instituyó en 1948 la Organización de Estados Americanos (OEA), y el 2 de septiembre de 1947, en Río de Janeiro, se firmó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).

En los años 60 y 70, en el marco de la Estrategia de Contención de Washington, y de la Doctrina de Seguridad Nacional, se produjo, de nuevo, una constelación de cuartelazos en numerosas naciones latinoamericanas, entre ellas Brasil, Bolivia, Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile.

Los regímenes creados a partir de las asonadas militares de esos años, bajo la fuerte presión de las denuncias internacionales sobre violaciones de Derechos Humanos, pero, sobre todo, por la resistencia cada vez más organizada de los pueblos, comenzaron en los 80 a dar paso a transiciones democráticas, muchas de ellas mediatizadas, para impedir el triunfo de procesos radicales que afectaran los intereses de Washington en la región.

Sin embargo, ¿el regreso de la «democracia» significó el fin de los golpes de Estado?

Si definimos estas acciones como «la toma ilegal del poder por parte de una facción política, una secta, un grupo rebelde o militar, por cualquier medio», como lo precisan varios manuales y especialistas del tema, pudiéramos llegar a la conclusión de que, lejos de desaparecer, las tomas violentas del poder solo han cambiado de matices.

¿Cómo definiríamos lo sucedido en Bolivia en 2019, o en Brasil, contra el gobierno de Dilma Rousseff; los intentos por derrocar a Hugo Chávez en Venezuela y a Daniel Ortega en Nicaragua?

Hoy las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones permiten trasladar las acciones a un terreno diferente y mucho más efectivo.

Los grandes conglomerados mediáticos, las redes sociales digitales y la ciberguerra entran a desempeñar un papel primordial en las asonadas actuales, elementos a los que se suman métodos más tradicionales, como el uso de paramilitares, grupos criminales, etc.

En el caso de América Latina y el Caribe, hay que tener en cuenta el papel que tienen el lawfare, las ong al servicio de la comunidad de inteligencia yanqui y los militares.

No exentos de violencia, a pesar del apellido impostado de «suaves», los golpes del siglo XXI apelan al caos, a aplicar terapias de choque mediante la guerra económica, sicológica, cultural y si es necesario entran a desempeñar su papel las fuerzas armadas, siempre como libertadoras o tras el manto de la «ayuda humanitaria».

Los conquistadores del ciberespacio

Por: Michel E Torres Corona

En este artículo: AmazonAppleFacebookGoogleInternetMicrosoftRedes SocialesTecnología

El mundo virtual vende una ilusión de libertad, incluso de anarquía, que agrada a no pocos usuarios. En acto de enajenación, millones de personas hallan en el “metaverso” que se va construyendo una vía de escape a sus angustias vitales y a las limitaciones de todo tipo que sufren en la “realidad”. En Internet pueden leer, decir, ver, comprar, “todo lo que quieran”. Y quizás alguna vez, en sus inicios, la world wide web fue una promesa en ese sentido, pero lo digital terminó replicando las mismas dinámicas del mundo analógico.

Del mismo modo en que el planeta, sus recursos naturales y sus fuerzas productivas tienen dueños, el ciberespacio también los tiene. Un acrónimo muy usado da cuenta de cinco empresas de las más poderosas: Gafam (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft).

Google es la empresa del motor de búsqueda más utilizado a nivel global. Tiene otros servicios, como una plataforma para la descarga onerosa o gratuita de aplicaciones, pero palidecen ante su producto estrella. Tener ese motor de búsqueda implica que Google tiene una capacidad avasallante para modificar la conversación social, para determinar cuáles serán los contenidos más visibles, para encerrar a sus usuarios en cámaras de eco donde solo se repiten resultados afines a su forma de ver el mundo.

Amazon es el sitio por excelencia para la compraventa digital: allí todo se vende, literalmente, desde libros hasta efectos electrodomésticos. Fundada y dirigida por uno de los hombres más ricos del mundo, Jeff Bezos, Amazon facturó el año pasado 500 000 millones de dólares y tiene millón y medio de empleados. Una de cada 40 personas en el planeta (de las cuales, alrededor de la mitad no tiene acceso a Internet) es cliente de esta empresa, que maneja más recursos financieros que economías como la de España o México.

Facebook, o más bien Meta, como decidieron llamarse para distinguir sus productos (redes sociales digitales) de la corporación, es el símbolo de una época en la que las personas interactúan más a través de sus teléfonos que con sus vecinos, donde se acumulan cientos y miles de “amigos” que no se podrían reconocer si chocaran por la calle. Cuando Meta/Zuckerberg entendió que muchos jóvenes veían como obsoleto a Facebook, y se mudaban a Instagram, tomó una decisión: compró Instagram. Cuando Meta/Zuckerberg descubrió que a nadie le gustaba Messenger, su app de mensajería, y que la mayoría de las personas se comunicaban por Whatsapp, tomó otra decisión: compró Whatsapp.

Por supuesto, el ciberespacio no se sostiene en el aire. Todos esos motores de búsqueda, servicios de compra online, aplicaciones de mensajería y redes digitales necesitan de dispositivos para ser utilizados y de tecnología para ser procesados. Y ahí entran Microsoft y Apple, la primera una compañía insigne de la piratería en Silicon Valley, encabezada por el taimado Bill Gates, que “tomó prestado” más de un invento y se hizo de una de las mayores fortunas de la historia universal; la segunda, otro símbolo de esta época, un símbolo de estatus ya impreso en las mentes de millones de personas, con su manzana mordida detrás de teléfonos que cuestan más solo por ser iPhones.

Cada una de estas empresas han aprovechado el auge de las nuevas tecnologías, han monetizado el proceso de informatización de la sociedad global (al menos esa parte que no está sumida en la miseria más absoluta y que no tiene derecho a internet). No son una fuerza del futuro, son una potencia del presente que no para de crecer.

Paradojas del capitalismo, algunos legisladores han tratado de defender la “libertad absoluta del mercado” limitando la libertad de empresa de Gafam, pero –¡sorpresa!– no lo han logrado.

(Tomado de Granma)

Polis digital

Opinión Contra Cuba Manipulación Mediática

Michel E Torres Corona – Cubadebate.- La tecnología, como toda obra humana, tiene un lado luminoso y un reverso oscuro. De la misma forma en la que dividir átomos puede suministrar la energía que necesita la humanidad entera, una reacción en cadena a nivel atómico también puede detonar la fuerza cósmica de una estrella moribunda y provocar un genocidio, como en Hiroshima y Nagasaki.


Las muchas tecnologías del poder siempre presentan esa dualidad: crear o destruir, fundar o deshacer.  Ese ejercicio del poder, que es tan antiguo como la sociedad misma, hoy adquiere otra dimensión en el ámbito virtual. En esa extensión digital de nuestra existencia, la tecnología sirve como vía para la intercomunicación instantánea entre cualquier persona desde cualquier parte del mundo, pero también se puede usar como arma para la desinformación. Deep fakes y granjas de bots son algunas de las joyas del nuevo arsenal para esa lucha perenne por la mente y el corazón de las mayorías.

Las redes digitales, que tanto bien nos pueden hacer, son especialmente susceptibles de ser manipuladas y, por ende, de servir para manipularnos a nosotros. Al habitual talento de algunos para el engaño se suman ahora las ilimitadas potencialidades de nuevas herramientas. No se trata de que las redes digitales hayan sido la génesis de la tergiversación y la mentira, sino de que aportan novedosas formas de saltar por encima de nuestra inteligencia.

Esto, por supuesto, no puede servirnos de excusa para satanizar la tecnología. Cualquier herramienta, en las manos equivocadas, puede servir como arma para causar daño, ya sea material o moral. El quid está en la mano que sostiene la herramienta, en la ética de su usuario, y en la forma en la que nos organicemos como comunidad para establecer reglas y expectativas conductuales.

Asumir de manera crítica el discurso que se articule en las redes digitales, cuestionarse y contrastar fuentes, es entender que estas plataformas de comunicación no son el Edén de la libertad, sino productos de empresas transnacionales. Pueden ser lo mismo un arma que un teatro de operaciones, aunque se revistan a veces con un ingenuo carácter lúdico.

Basta asomarse a la página en Facebook de la CIA (sí, leyó bien, la CIA tiene página oficial en Facebook) para comprender la importancia que nuestros enemigos le otorgan a este medio. La Agencia Central de Inteligencia estadounidense hasta tiene un podcast, muy bien hecho, dicho sea de paso, para discutir plácidamente sobre lo hermoso que es el trabajo de espionaje y de cómo ser un héroe hollywoodense es algo al alcance de cualquiera. «Tú también puedes ser Jason Bourne, pequeño Timmy».

Claro que la Agencia no solo usa las redes para eso. Ni el resto de la comunidad de inteligencia yanqui, para ser justos, que Snowden no está asilado en Rusia por gusto. Es muy común el sistemático empleo de cuentas automatizadas en Twitter para la influencia en elecciones extranjeras, el monitoreo de conflictos armados y hasta la instigación a acciones de desestabilización, como las que vivió nuestro país durante el auge de la infame etiqueta SOSCuba.

La respuesta para todas estas nuevas dinámicas de manipulación y engaño es muy simple, puesto que su complejidad radica en cómo llevarla a vías de hecho: la premisa es tener una opinión informada.

Un ciudadano que no quiera convertirse en víctima de bulos y elaboradas farsas con retoques digitales debe desarrollar una particular suspicacia, que lo obligue a verificar cualquier información, a descreer de inicio ante cualquier campaña, cualquier discurso en las redes digitales o en los medios. Dudar de todo, ese omnibus dubitandum preferido por Marx, como método y no como fin en sí mismo (lo cual sería cínico).

Cuestionarnos lo que vemos, leemos o escuchamos, contrastar fuentes, pensar por cabeza propia y estar alerta ante cualquier mecanismo de manipulación, sea burdo o sofisticado, es la única forma en la que podemos ir acercándonos a las certezas que nos deben guiar siempre como individuos y como sociedad. Contra la cultura, contra el conocimiento, contra la preocupación por la ciencia y la técnica, nuestros enemigos se muestran con bastante frecuencia como engañados o decepcionados. Y ya eso es una forma de ganarles, incluso, en su propio terreno.

(Tomado de Granma)