La Patria como grandioso monumento

Así como las familias no sanan sus heridas, la nación no puede olvidar ese dolor ni a quien lo causó

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

6 de octubre de 2022

Foto: José M. Correa

No se deja de amar. Lo dicen los familiares de las víctimas. Con los años, tal vez el dolor se hace menos punzante, más sordo, pero sigue estando ahí y se acrecienta en las ausencias: la boda sin padre, el cumpleaños sin hija, las conversaciones que no fueron, las alegrías que no serán.

Esas familias, signadas por la pérdida, sufren un peso adicional, el del crimen sin justicia. Sus seres queridos compartieron vuelo con los asesinos, esos que les vieron sus rostros, escucharon las charlas triviales de quien no presiente la tragedia, y tal vez hasta recibieron alguna de sus sonrisas, y aun así fueron capaces de dejar una bomba para matarles. Luego se jactaron. Tenían la tutela poderosa de la cia y nunca la perdieron.

En la nave de Cubana de Aviación, procedente de Barbados, que explotó en el aire el 6 de octubre de 1976, con 73 pasajeros, de los cuales ninguno sobrevivió,  viajaba también –de cierta forma– Cuba.

Y no solo porque, como dijo Fidel en el acto de despedida de duelo, «la Revolución (…) a todos nos hizo hermanos entrañables en los que la sangre de uno pertenece a todos», sino también porque allí estaban el deporte, el internacionalismo, la juventud formada en una sociedad nueva, el mestizaje, la heroicidad laboral…

Estupor frente a la barbarie, eso fue lo que sintió un país entero, y parte del mundo, ante uno de los ejemplos más rotundos de hasta dónde es capaz de llegar el terrorismo de Estado, instigado desde suelo estadounidense, contra la Isla. Estupor frente a la barbarie, eso es lo que se siente aún si se repasan los hechos reposadamente, sin el velo de lo rutinario.

Así como las familias no sanan sus heridas, la nación no puede olvidar ese dolor ni a quien lo causó. La memoria es un arma. En la historia está uno de los asideros para cumplir con el vaticinio del Comandante en Jefe, el 15 de octubre de aquel año:

«¡Una patria cada vez más revolucionaria, más digna, más socialista y más internacionalista será el grandioso monumento que nuestro pueblo erija a su memoria y a la de todos los que han caído o hayan de caer por la Revolución!».

En las jornadas de aquel octubre, como en tantas otras, hizo falta mucho coraje. Uno que se enciende todavía ante las palabras de Fidel al final de aquel discurso, esas que, aunque se lean, siempre se escuchan:

«No podemos decir que el dolor se comparte. El dolor se multiplica. Millones de cubanos lloramos hoy junto a los seres queridos de las víctimas del abominable crimen. ¡Y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla!»

A Cuba el coraje no se le agota, la memoria tampoco. La Patria es nuestra.

«Afrontaron la muerte para darnos patria»

Dos jornadas antes, a Francisco, quien tenía solo 13 años, le quedó claro que aquel domingo iba a morir allí, junto a Fernando, Juan, Agustín, De la Barrera y Vicente, niños también, y compañeros en la academia militar que los iniciaba como aprendices de armas

Autor: José Llamos Camejo | internet@granma.cu

Foto: ilustración tomada de facebook

Dos jornadas antes, a Francisco, quien tenía solo 13 años, le quedó claro que aquel domingo iba a morir allí, junto a Fernando, Juan, Agustín, De la Barrera y Vicente, niños también, y compañeros en la academia militar que los iniciaba como aprendices de armas.

Abandonar el castillo para esquivar la muerte fue la orden expresa, dirigida a los niños y adolescentes, en cuyos pechos flameaba, acaso, un motivo.

Tal vez por eso no la acataron, pese a la certeza de que permanecer allí les negaría toda opción de sobrevivir. 

En la madrugada siguiente, 13 de septiembre de 1847, en plena marcha el zarpazo con que Estados Unidos le arrebató a México 2 000 000 de kilómetros cuadrados –la mitad de sus tierras, y las más ricas–, la demoledora artillería gringa abrió fuego contra Chapultepec.

A tiros recibieron los cadetes al invasor, sin reparar en las ventajas de este en cuanto a poder, cantidad y alcance de sus armas, ni en que, por cada mozalbete aferrado al rifle tras los muros de la instalación, avanzaba una multitud de matones.

Dicen que, en el fragor del combate, y ante la entrada inminente de los invasores, Juan Escutia, de 20 años, el mayor de los seis cadetes, envuelto en la bandera de su país, se arrojó al precipicio, en un intento por evitar que la enseña patria cayera en las manos gringas; su cuerpo apareció después, más abajo en el cerro.

Agustín Melgar resistió la embestida durante casi 20 horas, aislado en su posición; cuando se le agotaron las municiones le echó mano a su bayoneta y peleó cuerpo a cuerpo; lo ultimaron unos balazos. Vicente Suárez, de 14 años, expiró en similar circunstancia, en una escalera.

Por la espalda asesinaron a Montes de Oca. Y el menor de todos, Francisco Márquez (de 13 años), antes de caer acribillado, le respondió con plomos a sus enemigos, que le exigían rendición.

La barbarie asesinó a la inocencia aquel día, pero al coraje y al ejemplo no los pudo matar.

Cuentan que, en octubre de 1955, Fidel y su expedición buscaron el obelisco a los niños héroes de Chapultepec, y al pie del monumento juraron volver a Cuba con la victoria o la muerte.

Aquellos niños pertenecen a México y a Latinoamérica, valoró Fidel: «cayeron luchando contra un imperialismo que ha puesto sobre toda la América sus garras».

Como del continente suena también la expresión de otro mexicano: «los niños héroes de Chapultepec afrontaron la muerte para darnos patria».

Julius Fucik, sus ojos en la humanidad

El 8 de septiembre fue designado el Día Internacional del Periodista en homenaje a Julius Fucik, ahorcado en 1943, a manos del nazismo

Autor: Amador Hernández Hernández | internet@granma.cu

JULIUS FUCIK
Foto: Portada de Reportaje al pie de la horca, una obra marcada por la resistencia.

Julius Fucik estaba convencido de que el periodismo es ese «cuarto poder» que, en definitiva, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes periodistas, constituye el medio del que disponen los ciudadanos para criticar, rechazar, enfrentar –democráticamente– decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas e incluso criminales contra personas inocentes. Es, como se ha dicho a menudo, la voz de los sin-voz.

Julius había nacido el 23 de febrero de 1903, en Praga.

Estudió Filosofía y en 1921 ingresó en el Partido Comunista. Comenzaría escribiendo artículos teatrales y literarios. Posteriormente, ocuparía las columnas de redactor de reportajes sociales y culturales publicados en el Rude Pravo y en la revista Tvorba, ambos de filiación comunista.

Debido a su militancia y escritos a favor del sistema comunista y en contra del fascismo, fue varias veces detenido. Dada la persecución a la que fue sometido, decidió firmar sus reportajes bajo el seudónimo Doctor Horak. Hacía periodismo en plena clandestinidad. Para ese tiempo, el ejército nazi ya había ocupado Checoslovaquia.

Cuando en 1942 la Gestapo lo detiene, comenzaría para el reconocido intelectual su Vía crucis. Trasladado a Berlín primero, sufrió los horribles estragos de todo antifascista en prisión. Luego sería encerrado en la prisión Pankrác, cárcel y cementerio a la vez, en Praga, en la que fue torturado y decapitado en 1943.

Su fe en la humanidad lo alentó a escribir en la celda 207, hoja por hoja, en papel de cigarrillos, su Reportaje al pie de la horca, un texto que cuenta sobre las condiciones y la vida de la prisión: personas, torturas, salas y sentimientos. La obra constituye una alerta contra las tendencias más ultraconservadoras y déspotas que ha vivido, y vive, la humanidad.

El 9 de junio de 1943 firmaría su último testimonio: Un trozo de historia. No habría para él otro tiempo, y esa misma noche lo llevarían al tribunal. Al finalizar esta obra, sentenciaría: «También mi juego se aproxima a su fin. No puedo describirlo. No lo conozco. Ya no es un juego. Es la vida. Y en la vida no hay espectadores. El telón se levanta. Hombres: os he amado. ¡Estad alertas!».

En septiembre de 1945 la esposa de Fucik, Gusta Fucíková, revelaría, en el prefacio del libro Reportaje al pie de la horca: «Al volver a mi patria liberada, busqué y rebusqué las huellas de mi marido. Hice lo que hicieron millares y millares de personas que también buscaron –y muchas aún siguen buscando– a sus maridos, a sus mujeres, a sus hijos, a sus padres y madres deportados por los ocupantes alemanes y arrastrados a alguna de sus innumerables cámaras de tortura.

«Me enteré de que Julius Fucik había sido ejecutado en Berlín el día 8 de septiembre de 1943, 15 días después de su condena. También supe que Julius Fucik había escrito algo mientras estuvo en la cárcel de Pankrác. Fue el guardián A. Kolínský quien procuró los medios para hacerlo, llevándole a la celda papel y lápiz, y sacando clandestinamente, de la cárcel, las hojas manuscritas.

«He tenido una entrevista con el guardián. Y poco a poco he podido ir recogiendo el material escrito por Julius Fucik en la cárcel de Pankrác. Reuní las hojas numeradas, escondidas por varias personas en diferentes lugares, y se las presento al lector. Es la última obra de Julius Fucik».

El reportaje adquirió resonancia internacional y ha sido traducido a más de 80 idiomas. Fucik recibió, a título póstumo, el Premio Internacional de la Paz, en 1950.

Fue de esos periodistas ojos del pueblo, capaces de denunciar el mal, exponiendo a veces sus valiosas vidas. Este es el verdadero periodista; no los mercenarios, que, aupados por el dinero de los miembros de las oligarquías, venden su profesión a la injusticia y a la deshonra.

Las advertencias del periodista checo, víctima del fascismo, han quedado como ejemplo de dignidad profesional y heroísmo ciudadano: «Allí, durante el interrogatorio (…) no ha quedado más que el simple sujeto y su atributo; el fiel resiste, el traidor traiciona, el burgués desespera, el héroe combate». (…)

«Ahora ya puedo contar con más tranquilidad los golpes. El único dolor que siento es de los labios, mordidos por mis dientes», escribe y dice: «Quisiera que todo el mundo supiese que no ha habido héroes anónimos. Eran personas con su nombre, su rostro, sus anhelos y sus esperanzas, y el dolor del último de los últimos no ha sido menor que el del primero, cuyo nombre perdura».

Más adelante asegura: «Sin embargo, aunque muertos viviremos en un pequeño rincón de vuestra felicidad, porque por esa felicidad hemos dado nuestra vida». (…) «No, no temáis. No hablaré. Confiad en mí. Después de todo, mi fin ya no puede estar lejano. Esto ahora es solo un sueño, una pesadilla febril: los golpes llueven, los esbirros me refrescan con agua. Y nuevos golpes. Y otra vez: ¡Habla! ¡Habla! ¡Habla! Pero aún no consigo morir».

Y, ciertamente, el periodista no pudo conseguirlo.

Fidel: lecciones de vida y de amor

Las pautas del concepto de Revolución fueron, para el Comandante en Jefe, pautas de vida, de pensar y de hacer

Autor: Leidys María Labrador Herrera | leidys@granma.cu

FIDEL
La vitalidad de esa herencia de ideales y valores, radica en la decisión colectiva de no dejar perder las conquistas adquiridas bajo su liderazgo. Foto: Yaimí Ravelo

Es sin dudas excepcional y único todo ser que, tras haber cumplido los límites de su existencia humana, se mantiene vivo. No, no se trata de una afirmación mística o religiosa, sino de una contundente verdad, que descansa en el ilimitado alcance de ciertas figuras a lo largo de la historia.

Los cubanos sabemos bien que eso es posible. Hemos tenido el privilegio de que sea esta Isla madre y cuna de personalidades capaces de transgredir la mortalidad de nuestra especie, para habitar eternamente la dimensión del pensamiento, del recuerdo, de la admiración y el amor.

Pero no es cosa simple alcanzar esa estatura. Se necesita mucho corazón, mucho temple, poner la existencia propia a favor del bien de los demás, hacer historia desde principios de humildad y justicia. Se necesita defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio, y todo eso y más, lo logró Fidel.

Cuando definió brillantemente a la Revolución, aquel inolvidable 1ro. de mayo del año 2000, sin proponérselo, sin que eso pasara jamás por su cabeza, se definió a sí mismo, porque, ser consecuente hasta el último suspiro con todo lo descrito en sus palabras, lo convirtió en un hombre inmortal e imperecedero.

Fidel: sinónimo inequívoco de Revolución

Aprendimos tanto del Comandante en Jefe, que su figura se nos dibuja a cada paso. Cómo no recordarlo cuando solo el profundo sentido del momento histórico nos ha permitido sobreponernos a las adversidades y sostener nuestras metas y expectativas.

Cómo no saberlo presente cuando ponderamos los derechos de cubanos y cubanas, la igualdad, el acompañamiento a los más desprotegidos, si para él fue siempre el ser humano el centro de esta obra y nunca, por duros que fueran los tiempos, abandonó al pueblo.

Hay mucho de Fidel cuando decimos que pese al bloqueo genocida, a los ataques perennes contra nuestro país, a la insistencia del enemigo por arrancarnos nuestra ideología patriótica, no vamos a detenernos, ni a cansarnos, ni a renunciar. Porque nuestro eterno líder nos dejó claro que debíamos emanciparnos por nosotros mismos, pero que en ese camino habría que desafiar poderosas fuerzas dominantes.

Con el ejemplo propio demostró que la modestia, el desinterés y el altruismo son valores imprescindibles, que se enriquecen si van acompañados de la solidaridad para con los demás, para con otros pueblos, para con el mundo.

De qué otra forma si no fuera por la audacia, la inteligencia y el realismo con que hacemos frente a los obstáculos, habríamos podido sostener el socialismo cubano en un mundo mayoritariamente capitalista y hegemónico, que no perdona los modos alternativos de vivir y de pensar.

Nuestra mayor fuerza ha sido y será siempre la de la verdad y de las ideas. Gracias a ellas se sostiene la unidad inquebrantable de este pueblo que, con la verdad como bandera, ha sabido edificar sus sueños de justicia, pero se ha erigido como faro de todos los que en el mundo comparten esa esperanza.

Las pautas de ese concepto de Revolución fueron para Fidel pautas de vida, de pensar y de hacer. Fueron los caminos que condujeron su andar por este mundo y que le hicieron merecedor del respeto de cuantos lo conocieron, aunque no compartieran su ideología de pensamiento.

Pero, sobre todo, fueron esas pautas las que hicieron posible algo sumamente sagrado para Cuba: nuestros principios de continuidad. Esos que nos llevaron a exclamar ¡Yo soy Fidel!, y sostenerlo, como el más preciado de los estandartes en cada una de las batallas que libramos.

La constante e innegable presencia

Nada tiene de retórica nuestra firme convicción de la sobrevida de Fidel. Por el contrario, se trata de una certeza que comprendemos muy bien los cubanos, pueblo agradecido y convencido de quién merece el privilegio de su confianza.

La vitalidad de esa herencia de ideales y valores radica en la decisión colectiva que asumimos como nación, de no dejar perder las conquistas adquiridas bajo su liderazgo, el de Raúl, y el de toda la generación que lo secundó en el empeño de sacudirle a Cuba los siglos de opresión que laceraban su dignidad.

Es por eso que los hombres y mujeres que tomaron de sus manos las banderas del socialismo sostienen que una república con todos y para el bien de todos es, y seguirá siendo, la máxima de cada día; que la vida de un revolucionario siempre implica elevadas dosis de entrega y de sacrificios.

Como lo hizo siempre Fidel, no ha habido un solo instante en el que sus continuadores se hayan apartado del pueblo. Con entereza, con paciencia, sacando fuerzas de donde solo el amor puede sacarlas, han sostenido el mismo desvelo por los problemas del pueblo, por sus preocupaciones, por sus necesidades.

Ese pueblo que nunca se ha sentido abandonado, que se sabe bajo el manto protector de la Revolución y, al mismo tiempo, protagonista de su existencia, ha respondido con unidad, con fidelidad, con madurez, con entrega, a la máxima de pensar como país.

En Cuba, el poder es popular

Fidel tiene también entre sus incontables méritos el de haber entendido desde el comienzo de sus luchas, y haber sostenido siempre, después del 1ro. de enero de 1959, que un líder revolucionario tiene que vivir como vive el pueblo, pensar como piensa el pueblo, solo así tendrá la sensibilidad suficiente para conocerlo y escucharlo.

Y ese binomio, líderes-pueblo, que jamás se ha roto, ni lo hará, es una indiscutible carta de triunfo que siempre nos acompaña, porque cada decisión, cada proyecto social, cada nuevo camino que iniciamos, lleva mucho del pensamiento y la sabiduría que se mueve entre nuestra gente.

En Cuba, el poder es popular. No es un trofeo que se exhibe desde posiciones de superioridad, no está ceñido a un cargo, no responde a millones en una cuenta de banco. Como todo aquello que hemos construido, también es un bien común, ejercido de diversas formas, pero, sobre todas las cosas, desde la visión de impulsar aquello que favorezca el bienestar colectivo.

El líder histórico de la Revolución apuntaló siempre desde su actuar, desde cada uno de sus pronunciamientos, desde el hacer cotidiano, la transparencia ante el pueblo, el deber de rendirle cuentas, pero a la vez, fomentó en las masas la convicción de que la Revolución no se hace sola, de que las obras no se construyen solas, de que lo que a todos pertenece, es, a la vez, responsabilidad de todos.

Quizá sea por eso que este pueblo no admite lo mal hecho, que no acepta nada sin pilares sostenibles y bien fundamentados. Quizá sea por eso que el pueblo siempre es parte primordial de todo lo que hace, y no desde la postura de observación pasiva, sino desde la creatividad y la participación.

Nunca estamos solos

Por muy justa y equitativa que sea una sociedad siempre habrá personas que, por las más diversas causas, quedarán en situación de vulnerabilidad en relación con los demás. La grandeza del socialismo cubano radica, precisamente, en promover el reconocimiento de esas particularidades, para que ningún ser humano, familia o comunidad quede a merced del abandono o el desamparo. También eso lo aprendimos de Fidel.

Aprendimos que no siempre el que necesita ayuda es capaz de pedirla, y por eso debe tener la Revolución los mecanismos que les permitan llegar hasta esas personas, aun si no ha existido un reclamo de ayuda. Así hemos construido nuestra propia definición de solidaridad, que se expresa en todos los ámbitos de la sociedad, dentro y fuera de nuestras fronteras. 

Pero ha sido esa máxima la que ha dado un carácter casi épico y pocas veces visto en el mundo, para no ser absoluto, a la práctica, devenida deber inalienable, de que en cada momento difícil o doloroso, las personas sientan el apoyo de sus dirigentes, el acompañamiento que ayuda a aliviar el más hondo pesar, el abrazo para fortalecer el alma.

Un cubano nunca está solo. Ese sentimiento de solidaridad, personificado en nuestros líderes, responde a un sentir colectivo porque, en este país, la alegría y el dolor se comparten por igual, así de grande es el corazón que nos habita.

Por eso agosto ha sido siempre el momento propicio para celebrar su existencia, porque a él, a sus hermanos generacionales, a la inmensa obra que nos legaron, al amor incondicional que siempre profesaron y profesan a esta Patria, les debemos las más hermosas y perdurables lecciones de vida, que nos hacen hoy, a la par, mejores revolucionarios y mejores seres humanos.

¿Fechas para el fin, o nuevos comienzos para la Revolución?

El 5 de agosto de 1994 Fidel no lo dudó y salió a la calle con el único chaleco antibalas que siempre usó: su vergüenza, su moral, y la confianza en que el mismo pueblo que hizo con sus manos la Revolución no sería capaz de destruirla

Autor: Leidys María Labrador Herrera | leidys@granma.cu

Fidel en los Disturbios del 5 de agosto de 1994. Publicada: 04/08/2004, G.I 15/08/2004  Fid13387
La fuerza moral de Fidel se impuso en los disturbios del 5 de agosto de 1994. Foto: Archivo de Granma

Esas coincidencias son, para algunos, dignas de recordar; pero, para otros, constituyen sinónimo de la vergüenza que arrastran quienes, erróneamente, piensan que los muros de mentiras pueden protegerlos del descalabro.

En la prolífica historia de Cuba existen no pocos de esos instantes que, vale decirlo, tienen sobre todas las cosas algo en común, la fuerza de este pueblo y de aquellos que elige como sus líderes, y la disposición siempre latente de defender a la Patria y de cerrar el paso a la injerencia y el intervencionismo.

Son esas las razones por las que, de manera casi espontánea, cuando el 11 de julio de 2021 la violencia, azuzada por una cruenta campaña mediática e ideológica, pretendió robarnos la tranquilidad y desestabilizar al país, cuando los revolucionarios se dispusieron a hacerle frente a la turba, y cuando el Presidente salió a caminar entre su pueblo y apeló a la conciencia de este para defender el país, muchos no dudaron en afirmar: tal parece que vivimos otro 5 de agosto.

Porque aquel día de 1994, que quedó para siempre en la memoria popular, se conjugaron los mismos factores: incitación al desorden, a atacar las instituciones del Estado, a cometer actos vandálicos, y financiamiento a elementos contrarrevolucionarios para que se colocaran al centro de los disturbios cuyo fin, lógicamente, era echar por tierra la Revolución.

La situación del país resultaba crítica. El derrumbe del campo socialista fue un duro golpe para la economía cubana, y la sociedad en su conjunto afrontaba desde la falta de transporte público hasta la dificultad para llevar alimentos a la mesa. Todo ello, que de forma innegable generaba estrés, descontento, preocupación, creó lo que nuestros enemigos identificaron como un clima propicio para ejercer presión ideológica contra el pueblo, y así lo hicieron.

Esa actitud oportunista, sinceramente, no sorprendió a nadie, y mucho menos a ese brillante ideólogo, inigualable político e irrepetible líder llamado Fidel Castro Ruz. Por eso, cuando la situación se complejizó aquel quinto día de agosto, no lo dudó y salió a la calle con el único chaleco antibalas que siempre usó: su vergüenza, su moral, y la confianza en que el mismo pueblo que hizo con sus manos la Revolución no sería capaz de destruirla.

La madurez de ese pueblo, su respeto por el hombre que hizo realidad los sueños de Martí, y la seguridad de que quienes se presentaban como tabla de salvación eran, por el contrario, la ola furiosa dispuesta a ahogarnos, una vez más le dieron la razón.

Aquel día, mientras el pueblo coreaba «¡Fidel! ¡Fidel!», se apagaban las esperanzas de aquellos que, con ingenua seguridad, anunciaron «el fin».

Díaz-Canel estuvo el 11 de julio en las calles cubanas, como parte de la ciudadanía que se movilizó para preservar la paz y la tranquilidad. Foto: Estudios Revolución

VEINTISIETE AÑOS DESPUÉS, LA MISMA SÓRDIDA ESTRATEGIA

El mundo, sin exagerar, se debatía para hacer la diferencia entre la vida y la muerte, y este país no fue la excepción. Todos los recursos disponibles, todos, fueron puestos a disposición de ese empeño. La propia pandemia generó, como era de esperarse, mucha tensión en la economía y, por si fuera poco, más de 200 medidas pensadas con toda intención para asfixiarnos, y otra vuelta de tuerca al bloqueo, hicieron el panorama mucho más complejo de lo que debería haber sido.

Nuestros enemigos, con su «profundo sentido humanista», rápidamente entraron en escena, y «preocupados» por el pueblo cubano (al que negaron oxígeno medicinal para hacer frente a la enfermedad), se dieron a la tarea de abrir los ojos de los cubanos, demostrando que la «cruel dictadura» no era capaz de responder a las necesidades del pueblo.

Otra vez aprovecharon, de la manera más ruin, la dureza de un momento histórico. Se parapetaron tras su muy bien pagada maquinaria mediática, movieron a sus títeres asalariados dentro del país, acrecentaron el llamado a la violencia y utilizaron a su favor, otra vez, las carencias materiales y necesidades, en función de crear un clima de desconfianza y pesimismo.

El resultado fue un 11 de julio, al que, con el descaro que los caracteriza, pusieron el nombre de «estallido social espontáneo en contra del régimen», a sabiendas de que se trataba de un fruto más de su estrategia de golpe suave.

Otra vez marcaron el final, lo habían orquestado todo de forma tan minuciosa, habían invertido tanto que no podía ser de otra manera; tal vez hasta pensaron que sin la presencia física de Fidel, no habría quien revirtiera la situación, y se sentaron a esperar.

Pero para los cubanos existen dos verdades contundentes: la primera es que hace mucho que Fidel es todo un pueblo, y la segunda tiene un nombre: continuidad. Ese día otro líder, hijo de otro momento histórico, pero con mucha fuerza moral también, llamó a los revolucionarios a defender la Patria, y los patriotas respondieron al llamado. Y también él salió a la calle, y lo hizo a pecho descubierto, y se rodeó de pueblo, y llamó a la paz.

 Rápidamente, como aquel 5 de agosto, la nobleza y valentía popular hablaron más alto, y la violencia no tuvo más remedio que replegarse ante la firme decisión de proteger la tranquilidad del país.

LAS VERDADES QUE NO PUEDEN OCULTARSE

Si en este país no se pusiera primero al ser humano, sería mucho más sencillo «impulsar» la  economía. Se harían inmensos recortes de presupuesto a programas sociales, habría despidos masivos, se eliminarían prestaciones de la seguridad social y, probablemente, la recuperación económica, desde la frialdad de indicadores y números, se vería en un corto plazo.

Así funciona el capitalismo, así ha sobrevivido por siglos el sistema que nos quieren imponer. Dentro de él, las personas no son más que fichas que, como en el ajedrez, se utilizan dependiendo del momento y, de ser necesario, se sacrifican sin miramientos.

Bajo ese, su principio básico, se resisten a creer que aun con su brutal y enfermizo cerco económico de por medio, nuestro Estado siga eligiendo siempre al ser humano por encima de todo, siga sosteniendo la máxima de llegar a cada persona que lo necesite; lo cual, es cierto, no resulta fácil, pero es decisión irrenunciable.

Si nos dejaran hacer, si tuvieran el valor de levantar el bloqueo, la historia sería otra.

Más allá de que se difundan matrices de opinión contrarias y falsas, la mayoría de los cubanos ama a su país, aun si vive fuera de él. Económicos, en mucha mayor medida que políticos, han sido los motivos de muchos hijos de esta Isla para emigrar, aunque se manipule tal verdad.

Ha sido este, sin lugar a duda, uno de los aspectos que forma parte de la agenda de medios y voceros anticubanos, que presentan el tema como «el caos que vive el pueblo cubano para escapar de un sangriento régimen».

Sin embargo, no hablan de sus engendros de leyes para incitar la migración ilegal, de su negativa a respetar y hacer cumplir los acuerdos migratorios rubricados entre ambas naciones, de otorgar cada año las visas que corresponden, ni de cómo entorpecen el derecho de las personas a emigrar de forma segura y ordenada.

Esa es otra realidad que se sostiene en el tiempo, que se manifestaba en aquel agosto de 1994, que se manifiesta hoy y que, al parecer, no dejará de existir, porque les implicaría quedarse sin uno de sus argumentos favoritos para sostener el ataque perenne contra nuestro país.

CUBA SIGUE AQUÍ

Si algo han hecho cientos de veces los enemigos de la Revolución es ponerle fechas para el fin. Cada vez que orquestan una nueva maniobra, dan por hecho el «ahora sí», y a veces parece que en verdad se lo creen.

Lo que no comprenden es que este pueblo no negocia principios, no renuncia, no se cansa, no cede si siente su soberanía amenazada.

Por eso, cada vez que intenta repetir sus estrategias de golpe, reviven el fracaso, se les recuerda la estirpe cubana, se les hace saber que los principios y la moral no se negocian, porque son un baluarte fundamental de esta nación.

Ni 5 de agosto, ni 11 de julio, a la Revolución le queda toda la vida que sus hijos sean capaces de darle. Lo que para ellos es un posible fin, para las cubanas y los cubanos incansables, necios y patriotas hasta los tuétanos, será siempre un nuevo comienzo.

El infortunio de las Chicas del radio

La amarga experiencia vivida por jóvenes trabajadoras hizo que en la sociedad estadounidense se hicieran rectificaciones en la forma de enfocar la radioactividad y la seguridad laboral

Autor:

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Julio César Hernández Perera

digital@juventudrebelde.cu

Mujeres

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La única medida de seguridad que tuvieron estas mujeres era la negativa de ingerir alimentos en el área de trabajo. Autor: Juventud Rebelde Publicado: 30/07/2022 | 10:27 pm

A inicios del siglo pasado se vivió un frenesí tras el descubrimiento del radio, en diciembre de 1898, por los esposos Curie. En aquellos tiempos dicho material llegó a ser catalogado como «el elemento químico del momento» que sedujo a los científicos por sus peculiaridades fisicoquímicas.

Surgieron los empresarios resueltos a lucrar a costa de la radioactividad y sin contemplar los riesgos. Por eso no es de extrañar cómo el radio era avistado como algo a lo cual se atribuían propiedades rejuvenecedoras, energizantes y hasta curativas.

Entre los productos que entonces podían contener radio estaban las pastas dentífricas, algunos alimentos, bebidas (energéticas), juguetes y hasta ropa. En medio de esa «furia por el radio» nació en Estados Unidos una corporación muy vinculada desde sus inicios con el Departamento de Defensa: la United States Radium Corporation (USRC). Esta poderosa compañía comercializó una pintura fluorescente que contenía radio, usada en relojes que podían verse claramente en la noche.

Estos mecanismos eran muy demandados por el ejército durante la Primera Guerra Mundial porque los soldados podían consultar la hora en la oscuridad. Más tarde, en la vida civil, se hizo popular ese tipo de pintura en números de casas, interruptores eléctricos y hasta ojos fluorescentes para juguetes.

En la fábrica de relojes luminiscentes

Las agujas y números de las esferas de los relojes luminiscentes eran pintados a mano por mujeres muy jóvenes. En ese proceso se usaban pinceles hechos con pelo de camello. Todo indica que como resultado de la radioactividad emitida por la pintura, las cerdas se abrían y se dañaban después de unos pocos trazos.

Para no perder tiempo ni material, los patrones exigían hacer una rutina a quienes luego serían las llamadas Chicas del radio: mojar las cerdas del pincel con los labios o la lengua, chupar para afilar la punta y pintar.

Este rito se hacía una o dos veces con cada reloj que pintaban, y se ha estimado que una sola trabajadora podía pintar al día hasta cerca de 200 esferas de relojes.

Al culminar cada jornada aquellas mujeres fulguraban en la noche: la piel, cabellos, uñas, labios y dientes quedaban cargados de radio. Ellas nunca tuvieron evaluaciones médicas, y la única medida de seguridad que tenían era la prohibición de ingerir alimentos en el área de trabajo.

Los dueños y científicos de la compañía, sin embargo, sí concebían para ellos medidas para reducir la exposición al radio mediante el empleo de máscaras, guantes, pinzas, tenazas y pantallas de plomo.

Aparece una enfermedad

A partir de 1922 comenzaron a surgir los primeros casos de daños asociados al radio contenido en la pintura de los relojes luminiscentes. Uno de esos fue el de una trabajadora de New Jersey llamada Grace Fryer.

Grace Fryer.

Aun siendo joven, Grace empezó a perder sus dientes sin razón aparente, y las heridas que quedaban en las encías nunca cicatrizaron. En otro momento, la mandíbula se desintegró con tan solo ser tocada por el médico.

En otros casos se reportaron, además, marcada anemia, afección en las caderas, acortamiento de las piernas y diferentes tipos de tumores malignos.

Los estudios de aquellas pacientes donde el mal no se detenía hasta terminar en la muerte, reveló un punto en común: todas trabajaron en la citada fábrica de relojes de la USRC, en Orange, Nueva Jersey.

De inmediato la compañía —que poseía sólidos vínculos con el Gobierno norteamericano— objetó, encubrió y menospreció los hechos. Crecieron las muertes de jóvenes obreras y los abogados de la compañía se escudaban en disquisiciones inconsistentes que incluyeron la infección por sífilis: así se procuraba dañar la reputación de las víctimas.

Por las coacciones de los gerentes de la USRC, Grace Fryer tardó dos años en hallar un abogado dispuesto a desafiar el poder de la compañía. Ella, junto a cuatro mujeres, desplegó su demanda con evidencias médicas contundentes.

El caso de las Chicas del radio captó la atención pública y se consiguió celebrar una causa contra la USRC. Pero la situación era crítica para aquellas mujeres con un pronóstico de vida muy corto, y los involucrados aceptaron un acuerdo extrajudicial: diez mil dólares para cada mujer, cubrir los gastos médicos, y un pago anual de 600 dólares durante el resto de las vidas de las enfermas.

En algunos casos la indemnización apenas cubrió el funeral. Pocas mujeres, además, lograron sobrevivir más de dos años después del acuerdo, por lo que raras veces llegaron a ver el dinero de la indemnización.

Las Chicas del radio pasaron a formar parte de los primeros anales estadounidenses de intoxicación industrial. El material radiactivo acumulado en los restos de Grace Fryer aún provoca elevados registros de radiación en los alrededores de su tumba.

Estos hechos marcaron un precedente en EE. UU. durante la lucha de los obreros por sus derechos, sobre todo en la percepción de una sociedad que hasta ese momento solo había distinguido propiedades prodigiosas del radio.

La Revolución es mi madre, mi padre, mi todo (+ Fotos)

GABRIELA MILENA PADRÓN MOREJÓN

El 3 de enero de 1957, Edy Vigo Álvarez recibió el brazalete rojo y negro que lo identificaría como miembro del Movimiento 26 de Julio (M-26-7), y desde entonces conserva, además de la insignia bicolor, la fe inquebrantable en la Revolución Cubana.

-¿Cómo llegó a formar parte del Movimiento 26 de Julio?

Cuando a los 17 años comencé a trabajar como mecánico en un taller de automóviles, conocí a Miguel Hernández Morera (Miky), Amado Llanes y Andrés Cepero Gutiérrez, quienes eran miembros activos de la célula del Movimiento que funcionaba en Florida, mi pueblo natal, en Camagüey.

Andrés era el jefe del grupo conformado por no más de seis jóvenes; bajo su dirección recogimos armamentos para mandar a la Sierra Maestra, donde Fidel Castro combatía contra la tiranía de Fulgencio Batista y también preparábamos petardos y cocteles molotov.

Yo me daba cuenta de las cosas que pasaban a mi alrededor, con la guía de mis compañeros comencé a entender que la lucha armada era la única vía de acabar con la situación que se vivía en el país. Formando parte de la organización aprehendí los conceptos de patriotismo, hermandad y lealtad.

-¿Cuál fue la acción que más lo marcó?

Para 1958 los combates en las lomas iban ganado terreno, los barbudos necesitaban todo el apoyo posible y la mejor manera que teníamos era recopilar armas.

El 5 de mayo de ese año organizamos una recogida, el plan consistía en localizar las fincas de terratenientes que acostumbraban a poseer varias armas, sustraerlas y entregarlas a los alzados.

Como en nuestra célula éramos pocos, generalmente aceptábamos colaboración, sobre todo para transportarnos. En esa acción Rolando Ramírez, uno de nuestros colaboradores habituales, trajo a un tal Gallego Ulloa que tenía una máquina y estaba dispuesto ayudar.

La primera parada la hicimos en la finca de Miguelito Gutiérrez, tomamos las armas sin problemas; la segunda fue en los terrenos de Ricardo Hernández, pero este hizo resistencia y hubo un tiroteo tremendo, no se las pudimos arrebatar.

Con el chofer de la máquina se había quedado Juan González Olivera (Juanito), a quien le dieron la tarea de custodiarlo y pararlo si intentaba dejarnos embarcados; como en efecto, el tipo trató de irse, pero Juanito supo controlarlo.

Al día siguiente, la policía nos fue a buscar a nuestras casas y nos llevaron para el Cuartel de Florida: el Gallego nos había echado pa´ lante.

-¿Qué pasó en el Cuartel?

En el Cuartel nos pusieron en una celda, Juanito se me acercó y me dijo: “Vigo esto es… (hace un gesto como si tuviera un zíper en la boca); y yo le dije: a mi me matan pero yo no hablo.”

Al rato nos fueron llevando uno a uno a la sala de torturas. Me dieron tantos golpes que por un instante quise morirme allí mismo. Cuando caí al piso escupiendo sangre, dos guardias comenzaron a saltarme en la columna como si fuera un colchón.

Tampoco me salvé de la chancleta, uno de los métodos de tortura que más les gustaba a los esbirros, consistía en darte por la planta de los pies, las manos y detrás de las orejas, no te imaginas lo que puede llegar a doler eso. Pero ninguno de nosotros habló.

-¿Cómo lograron salir vivos del Cuartel?

Por el pueblo. Cuando se supo, la gente empezó a hacer manifestaciones pidiendo un juicio justo, sabían que era la única manera de salir con vida de ese lugar.

El otro motivo por el cual no morimos fue gracias a la ayuda de un viejo cabo, quien a escondidas nos pasaba un jarrito de aluminio con sambumbia, así aguantamos tres días hasta que nos trasladaron al Juzgado de Camagüey.

-¿Consiguieron un juicio justo?

Nos llevaron ante el Tribunal de Urgencia y nos juzgaron por la Ley 5 (delincuentes comunes). Como no lograron probar nada, nos condenaron a seis meses de prisión en Isla de Pinos, así funcionaba la justicia en aquella época.

-¿Cómo fue la vida en el Presidio?

La celda 74, en el quinto piso de la circular cuatro, fue mi hogar. Tenía una cama que se recogía con unas cadenas por el día y por la noche se soltaban, una ventana daba al exterior.

En aquel tiempo había gente de la Conspiración de los Puros, del Partido Socialista Popular, del Movimiento 26 de Julio y hasta los aviadores que habían tirado las bombas al mar cuando el levantamiento de Cienfuegos.

-¿Se mantenía la actividad revolucionaria dentro del Presidio?

Sí, en una ocasión, cuando me fueron a ratificar la causa y me mandaron para La Habana, Armando Hart Dávalos, quien estaba cumpliendo allí, me pidió que llevara información a un compañero en el Príncipe, ese era el tipo de acciones que realizábamos, porque nos revisaban hasta la sombra.

A finales de diciembre de 1958, luego de pasar por el Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), liberaron al grupo de Edy Vigo Álvarez; el primero de enero de 1959 triunfaba la Revolución Cubana y el 6 regresaba a Florida, donde se alistó en la Marina de Guerra y en abril de ese mismo año comenzó a trabajar en el Arsenal Naval de Casablanca, hoy Base de Reparaciones Granma.

Luego de tres años, casado y con hijos, Vigo decide establecerse en Ciego de Ávila para comenzar a laborar en el taller de reparaciones del Ministerio del Interior, hasta su jubilación hace ya más de 10 años.

A sus 93 primaveras se mantiene haciendo trabajos ocasionales como técnico de equipos electrodomésticos y asegura que si volviera a nacer no cambiaría ni un solo día de su juventud – Es que la Revolución es mi madre, mi padre, mi todo- por eso incluso hoy continúa protegiéndola.

Racismo en EE. UU. ejecutó en la silla eléctrica a un inocente niño negro de 14 años

La triste y desgarradora historia considera a la víctima como la persona más joven en ser ejecutada en toda la historia de Estados Unidos. Y lo más terrible del caso: el niño era inocente

Autor: Delfín Xiqués Cutiño | archivo@granma.cu

Tumba donde reposan los restos de George Stinney Jr.,
Tumba donde reposan los restos de George Stinney Jr., Foto: cope.es

En un juicio celebrado en una sureña ciudad de Estados Unidos, en junio de 1944, al jurado integrado por diez personas blancas tan solo le tomó unos diez minutos deliberar y alcanzar el veredicto por unanimidad de «culpable de asesinato» con que fue condenado el niño afroamericano de 14 años de edad, George Stinney Jr., quien fuera ejecutado en la silla eléctrica unos días después.

El hecho, triste y desgarrador, lo convirtió en la persona más joven en ser ejecutada en toda la historia de EE. UU. Eso sin contar que, lo más terrible del caso, fue que el niño, al final, era inocente.

El 23 de marzo de 1944 la pequeña comunidad del poblado de Alcolu, en Carolina del Sur, que apenas contaba con unos 429 habitantes, quedó impactada por la aparición de los cadáveres de Betty June Binnicker y de Mary Emma Thames, de 8 y 11 años, respectivamente. Fueron brutalmente asesinadas con una gruesa viga de madera que les destrozó sus cráneos.

Betty June Binnicker y Mary Emma Thames, de 8 y 11 años respectivamente, fueron brutalmente asesinadas y culparon al niño negro de su asesinato Foto:

Estaban tendidas en una zanja junto a la línea del ferrocarril en una zona que habitaba la comunidad negra del poblado.

Ese día el niño George salió de su casa para acompañar a su pequeña hermana Amie a jugar con los animales. Ella recuerda y así lo mantuvo durante 70 años, que se acercaron a la línea del ferrocarril para ver las vacas pastar, entretenimiento que hacían frecuentemente.

Entonces se acercaron las dos niñas blancas en bicicleta y les preguntaron dónde podían encontrar flores silvestres. Se lo dijeron y ambas prosiguieron su camino.

En la tarde del siguiente día, la policía penetró con violencia en la casa donde residían los niños negros. Los padres no estaban y la pequeña Amie, temerosa, se ocultó en el sótano mientras dos agentes se llevaban a su hermano George.

Al niño negro lo condujeron esposado, lo sometieron a un feroz interrogatorio de cinco horas como si fuera un delincuente adulto, sin la presencia de un abogado, lo acusaron de asesinato y lo mantuvieron incomunicado.

De inmediato la familia de George negó que él hubiera cometido esos asesinatos y que habían obtenido su confesión mediante la presión por el despiadado interrogatorio al que fue sometido sin la presencia de un abogado.

Los investigadores dijeron que el niño había confesado que primero mató a la niña pequeña para luego violar a la mayor, a la que también asesinó. Sin embargo, de esta supuesta confesión nada había quedado registrado. No existía ningún documento con la firma de George ni abogado de la defensa que lo certificara.

El juicio se celebró el 24 de abril de 1944. El jurado lo integraban diez hombres blancos. El niño negro fue juzgado durante cinco horas. La fiscalía se vio obligada a presentar seis testigos: dos médicos, la persona que encontró los cadáveres y los tres agentes a los que supuestamente George había confesado su crimen.

Increíblemente la Fiscalía argumentó que la presencia de los testigos respondía a que la confesión del niño se había extraviado y que no constaba en ninguna parte el citado documento.

Por su parte, el abogado de la defensa que también era blanco, no llamó a ningún testigo ni se preocupó por la pérdida de un documento clave en la acusación contra su defendido. Ni tan siquiera refutó las acusaciones. Se mantuvo imperturbable.

El Jurado se retiró a deliberar y a los diez minutos ya tenía la sentencia: George Stinney Jr., condenado a ser ejecutado en la silla eléctrica por el asesinato de Betty June Binnicker y de Mary Emma Thames.

Entre la detención y el juicio transcurrió exactamente un mes. En ese tiempo ni los padres del niño detenido ni sus familiares pudieron verlo ni contactarlo. Solo lo acompañaba una vieja biblia.

El 10 de junio de 1944 cuando comenzaron los preparativos para ejecutar a George, las autoridades se dieron cuenta de que la silla eléctrica no estaba preparada para ejecutar a un niño. Le quedaba grande.

Efectivamente, el niño medía 1,5 metros y pesaba unos 43 kilogramos y no se acoplaba al aparato ni a los cables que debían conectarle. Fue preciso añadirle a la silla varios libros para que tuviera la altura necesaria para alcanzar los electrodos. Solo así el racismo estadounidense pudo ejecutar a este inocente niño negro.

COMIENZA LA LUCHA JUDICIAL

George stinney Jr. Foto: Antena 3

La familia Stinney tuvo que mudarse de la localidad tras recibir amenazas de muerte. Entonces comenzaron un arduo y lento proceso judicial para que se abriera el caso en base a «un procedimiento negligente y racista», y en abril de 2014 lo lograron, 70 años después de la ejecución del niño negro.

De momento, la Jueza Carmen Mullen del circuito de Carolina del Sur le ofreció a la familia de George un perdón, pero no fue aceptado. Argumentaron «que el perdón se le concede a aquellos que eran culpables de los actos». Por ello, el caso del niño acusado de asesinar a dos niñas blancas volvió a juicio 70 años después.

«Es mi opinión profesional, con un grado razonable de certeza médica, que la confesión dada por George Stinney Jr. en o alrededor del 24 de marzo de 1944, se caracteriza mejor como una confesión obtenida bajo coerción, complaciente y falsa», aseguraba durante el procedimiento Amanda Sales, siquiatra forense consultada durante la revisión del juicio a Stinney, según NBC News. «No es fiable», añadió.

Desde el estrado varios testigos ofrecieron su testimonio. Uno de los más importes fue sobre la viga de madera con que se cometieron los asesinatos que pesaba 20 kilos. Resultaba físicamente imposible demostrar que un niño que pesaba 45 kilos pudiese levantar el madero para utilizarlo como arma.

Por lo que, finalmente, la jueza Mullen decretó «que el joven había sido juzgado sin todas las garantías, en un proceso manipulado para implicarle como culpable, por lo que decretó la sentencia como nula».

La familia del niño negro George Stinney Jr. tuvo que esperar siete décadas para que se iniciara un nuevo juicio donde se demostró lo que ellos desde un primer momento habían dicho: que George era inocente.

El racismo en Estados Unidos había ejecutado en la silla eléctrica a un inocente niño negro de 14 años de edad.

Fuentes:

 La historia de George Stinney Jr, el niño que murió condenado a la silla eléctrica y ahora ha sido absuelto

– George Stinney: el polémico juicio al niño de 14 años ejecutado en la silla eléctrica

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Los crímenes impunes de la Operación Northwoods

Por Jorge Wejebe Cobo

Iniciaba la segunda quincena de junio de 1962 y las acciones de la CIA y el Pentágono contra Cuba dentro de la Operación Mangosta, actualmente desclasificada por el gobierno de EE.UU., se encontraban en su etapa culminante de sabotajes, actos terroristas, atentados y alzamientos en zonas rurales que debían desembocar en los meses inmediatos en un supuesto levantamiento popular.

Pero detrás de ese frenesí de la Casa Blanca por vengarse de la derrota de Playa Girón en 1961, descollaba la acción Dirty Tracy (juego sucio) que conllevaría a una autoagresión en barcos, aviones civiles de Estados Unidos o países aliados y principalmente contra la Base Naval de Guantánamo, que adjudicarían a los cubanos la muerte de ciudadanos y militares y sería el pretexto para la invasión a la ínsula.

Según documentos desclasificados en 1998, el plan dentro de la llamada Operación Northwoods (madera del norte) fue presentado en marzo del 62 al Secretario de Defensa, Robert McNamara, por el general de cuatro estrellas Lyman Louis Lemnitzer, y rechazado después de más de tres horas de tensas discusiones, en las cuales los militares presionaron a McNamara con la propuesta.

Aunque muy lejos de esas reales o presuntas contradicciones en Washington, en ese verano y en los años posteriores de la década de 1960, los jefes de la Base Naval de Guantánamo incrementaron las provocaciones como si se dispusieran a seguir con ese macabro plan.

Así, aviones y embarcaciones violaron el espacio aéreo y sus aguas, los soldados agredieron a las postas cubanas y continuaron entregando armas a los elementos contrarrevolucionarios de la zona.

Inclusive, la contrainteligencia de la Isla conoció que entre las tareas de la inteligencia naval del enclave figuraba la captura de supuestos agentes o saboteadores nacionales para provocar una respuesta.

En ese difícil contexto, el joven pescador de Caimanera Rodolfo Rosell, quien estaba incorporado a la Revolución y mantenía a su familia con su pequeña embarcación Las Dos Hermanas, desde el 11 de julio lo reportaron desaparecido hasta que el día 13 fue encontrado su cadáver en la popa de su lancha en la Playa Conde con horribles marcas de torturas.

De acuerdo con la autopsia, la causa de su muerte fue una irreversible hemorragia intracraneana. Eran visibles en su cuerpo numerosos hematomas y huellas de punzones.

Al hacer una recapitulación de hechos tan deleznables, recordamos que el primer asesinato relacionado con esa ilegal instalación militar fue el del trabajador del enclave Rubén López Sabariego acaecido el 15 de octubre de 1961, que dejó huérfanos a nueve hijos.

Tampoco la muerte de Rodolfo Rosell sería la última, en 1964 cayó el guardafrontera Ramón López Peña, ultimado por disparos hechos desde la base naval. También fue asesinado en iguales circunstancias el combatiente Luis Ramírez López en 1966, víctima de una ráfaga disparada por marines yanquis mientras cumplía su misión de custodiar el territorio nacional.

Por medidas tomadas principalmente por la parte cubana en años posteriores se pudo lograr un clima de normalización en la región fronteriza de Guantánamo, aunque a pesar de las gestiones legales y denuncias realizadas por Cuba, esos crímenes y otros se mantienen impunes sin el menor pudor por parte del gobierno estadounidense que desclasificó algunas de sus operaciones contra Cuba.

Tomado de Cubahora.

En la mañana de la Santa Ana

Por Nivaldo Arozarena Illas

Listo el Cuartel Moncada para el acto central por el 62 Aniversario de los Asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y el 500 Aniversario de la fundación de la Villa de Santiago de Cuba, el 25 de julio de 2015. AIN FOTO/Marcelino VAZQUEZ HERNANDEZ/

Cuba es uno de los países del mundo que realizan las festividades por la celebración del Día de la Santa Ana, que es la madre de la Virgen María y abuela de Jesús de Nazaret. Precisamente el 26 de julio, fecha de realización de estos festejos, pero del año 1953, Fidel Castro, acompañado por un grupo de jóvenes de la Generación del Centenario, inició una nueva etapa de lucha del pueblo cubano, al realizar el ataque a los Cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente.

Las acciones contaron con una minuciosa selección y preparación de los asaltantes, la elaboración de un plan bien concebido por la dirección del Movimiento. Hay que destacar el traslado de hombres y armas hacia el Oriente del país de forma segura, el alto grado de compartimentación con que se organizó.

El objetivo estaba claro: Había que alcanzar la verdadera independencia y soberanía de Cuba, derrotar la cruel y sangrienta dictadura militar impuesta por Fulgencio Batista, con el golpe de Estado del 10 de marzo  1952.

Aunque la acción militar no tuvo el resultado esperado, tiene una gran significación histórica, porque dio inicio a una nueva etapa de lucha y destacó a Fidel como líder indiscutible del movimiento revolucionario.