Particularidades de la emigración cubana hacia EE.UU.

Por Domingo Pérez

Imagen de Razones de Cuba

Me resulta muy difícil escribir sobre este tema hoy, porque hace muy poco, apenas una semana, uno de mis hijos abandonó el país por una de las vías más riesgosas que estimula el gobierno de EE.UU. para buscar el «sueño americano», el llamado «camino de la muerte» por Centroamérica, hasta cruzar la frontera de México – EE.UU.

Hoy en Cuba es rara la familia cubana que, no posea un familiar viviendo en el exterior. Me viene a la mente una frase muy empleada por el compañero Raúl, líder de la Revolución Cubana, cuando decía: «Los hijos se parecen más a su tiempo, que a sus padres».

Un tema analizado tantas veces por mí adquiere una connotación y matices diferentes. Uno se pregunta qué falló para que un hijo tuyo fuera víctima de esta política criminal, malintencionada, enajenante, tan analizada y criticada en el ámbito familiar.

La mafia cubanoamericana ha logrado, escalando cargos, funciones y sobornando, dentro de los diferentes gobiernos de los EE.UU., diseñar una política migratoria hacia Cuba absolutamente privilegiada, bajo el concepto de que todo el que emigra desde este archipiélago lo hace, supuestamente, escapando de la «dictadura castrista» y el gobierno estadounidense, «fiel a los principios de humanismo y solidaridad con un pueblo tan cercano, está obligado a brindarle protección inmediata».

Paralelamente instala un bloqueo criminal y genocida, por más 60 años, que se arrecia en el medio la pandemia y de la crisis mundial generada por esta, para hacer la vida en el país insostenible y llevar la mente de los jóvenes, fundamentalmente, a buscar sus proyectos de vida fuera de Cuba.

Hoy sufro la incertidumbre, contrario totalmente a mi voluntad, de que mi hijo llegue sano y salvo a ese «paraíso terrenal» para hacer fortuna, con tal de que salve su vida. Seguro estoy que está sufriendo mucho, aunque no lo reconozca públicamente, por la separación de su gente, de la familia, de su pequeño hijo, que ayer cumplió 4 añitos.

Son muchos más los factores que particularizan la emigración cubana, pero estos son los más importantes y contra los que debemos luchar, no solo por los principios revolucionarios que nos inculcó Fidel, sino para proteger a la familia cubana, que es también un símbolo de la Revolución.

Horas difíciles, héroes renacidos

Varios de los rescatistas observan el episodio desde una prudencial distancia. Es el instante más duro. Se niegan a aceptarlo. Darían cualquier cosa por cambiar los hechos

Autor: Ventura de Jesús | ventura@granma.cu

El rescatista Yoamel Santana Perdomo. Foto: Ventura de Jesús García

Matanzas.–Sí, no te preocupes, ya me afeité y me puse crema en la lesión de la cara, le decía a su esposa por teléfono, acodado en la tubería que delimita el acceso a la batería de tanques devastada por el siniestro.

Al notar nuestra presencia, cambió un tanto el tono de la voz: –«Mi mujer quiere venir hasta el Comando a traerme ropa fresca, pero le dije que de eso nada», se defendió.

Su nombre es Yoamel Santana Perdomo, rescatista del Comando 1 de Matanzas. Su carro, asegura, fue el segundo en llegar el viernes 5 de agosto, en la tarde-noche, al lugar del incendio en la Base de Supertanqueros.

«Pude escapar de varias explosiones, pero otros de mis compañeros no corrieron con la misma suerte», cuenta, al tiempo que dirige la mirada hacia los tanques arruinados por las llamas, donde el 12 de agosto inició una labor de dimensiones extraordinarias a cargo de un equipo de expertos cubanos.

«Están buscando los restos de nuestros compañeros, esto es muy fuerte», dice, y trae a colación un recuerdo muy reciente. «Yo ayudé a subir a nuestro carro al bombero Elier Correa. Venía todo cubierto de petróleo, embarrado por completo y ni siquiera podía abrir los ojos.

«Ya estaba a unos 300 metros de la explosión, y no me explico cómo logró llegar hasta allí, quizás porque tenía la adrenalina a full. Venía subiendo una cresta, cuando mi compañero lo reconoció. Estaba tambaleándose, y en cuanto lo pusimos dentro del camión, pidió un teléfono para llamar a su mamá.

«Denme un teléfono, dénmelo, nos reclamaba. Pero nosotros no teníamos el celular en ese momento. No chico, no, sé positivo, no va a pasar nada, fue lo único que se me ocurrió decirle».

El fuego en la Base de Supertanqueros ya está extinguido, no se divisa peligro, pero las horas siguen siendo difíciles, como parte de estas dramáticas jornadas.

Varios de los rescatistas observan el episodio desde una prudencial distancia. Todos están pendientes de lo que sucede en el sitio donde el incendio sepultó los cuerpos de aquellos valientes. Es el instante más duro. Se niegan a aceptarlo. Darían cualquier cosa por cambiar los hechos.

La certeza de las vidas salvadas es el único alivio.

En sus rostros se refleja el respeto y la admiración por sus compañeros, capaces de sobreponerse al mayor de los peligros por salvar la vida de los demás.

Yoamel, quien también participó en las labores de rescate en el hotel Saratoga, muestra la foto de pantalla de su celular. «Miren, este es mi hijo, tiene 13 años de edad, y creo que heredó el carácter de su padre. Lo estoy preparando para que sea un buen rescatista».

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Héroes que curan héroes

En el puesto médico de avanzada de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, emplazado en la zona del siniestro, se trabaja como en tiempo de guerra

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

BOMBEROS
Aun extenuados, los bomberos le decían: «Médico, enfríeme; médico, cúreme, que voy pa’ atrás, tengo compañeros ahí». Foto: Ricardo López Hevia

El mayor Léster Rodríguez Ruz, especialista en Cirugía Plástica y Caumatología, del hospital militar Dr. Luis Díaz Soto (Naval), en La Habana, no es ningún improvisado. A los 39 años mucho ha visto, porque entre sus misiones están la lucha contra el ébola, la COVID-19, «y ahora esta».

A pesar de la experiencia, dice que el combate al incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas es un escenario diferente e impactante.

Para describir las otras situaciones y su oposición con la actual usa, no uno, sino tres adjetivos: «Aquellas fueron organizadas, planificadas, previstas; pero esta ha sido más parecida a una guerra, hemos tenido que improvisar, desplegar un puesto médico en el terreno, y preparar personal que no está bien adiestrado en la atención masiva de quemaduras, con alta posibilidad de intoxicación y contaminación».

El puesto médico de avanzada de las Fuerzas Armadas Revolucionarias se halla emplazado en un punto relativamente cercano al epicentro del incendio.

Hay una casa de campaña, camillas, balón de oxígeno, instrumental, medicamentos, una ambulancia, y un grupo de trabajo de seis personas: caumatólogo, cirujano general, intensivista, y tres enfermeros. Quienes se relevan para trabajar allí pertenecen al hospital Naval y al hospital militar Mario Muñoz Monroy, de la provincia.

Antes de que el puesto se estableciera el lunes, casi todos ellos trabajaron desde la madrugada del sábado en la evacuación, clasificación, auxilio y traslado de los lesionados.

EL MOMENTO ERA TRISTE

Isbel Viera Capote, chofer paramédico del Mario Muñoz, salió alrededor de las cinco y media del sábado hacia el lugar de los hechos, luego de que al hospital arribaran los primeros lesionados.

«Estuvimos a menos de un kilómetro, no se podía avanzar más; cada vez que veía una llamarada pensaba en las vidas que estaban allá dentro, y me dolía, porque había que esperar que los trajeran, o llegaran.

«El momento era triste, no podíamos hacer otra cosa que mantener la calma, y ponerle mucho asunto a lo que estábamos haciendo, cualquier error les podía costar la vida. Como ya se había evacuado una gran parte de los heridos, decidimos ir al Faustino, para ayudar en la clasificación y el traslado».

Adrián Silvio Ruiz, cirujano del hospital militar matancero, recuerda que esa madrugada las ambulancias dejaban cinco o seis lesionados a la vez, llegaron a tener más de 30.

Vieron lesiones graves y menos graves, contaminadas, predominantemente en la espalda y el dorso de los brazos, las orejas y el cuello, consistentes con la huida del fuego.

Rodríguez Ruz explica que están acostumbrados a las quemaduras caseras, limpias, pero las producidas en este incendio fueron «parecidas a las de guerra. Tenían polvo, agua contaminada, chapapote y restos de sustancias químicas».

Habla entonces de procedimientos que encogen el estómago a los no entendidos: lavados de arrastre, conducta expectante para ver hasta dónde el tejido puede responder o necrosarse, pronósticos reservados, posibilidades de secuelas invalidantes y de tratamiento quirúrgico.

Ilustra, además, que cuando se produce una explosión viene el «fogonazo»: la onda expansiva avanza cargada de humo y con temperaturas de hasta cien o 120 grados, y esa fue la fuente de parte de las quemaduras menos graves.

Cuando se le pregunta sobre los muchos bomberos, incluidos oficiales, que están en el terreno con sus heridas cubiertas de nitrofurazona y vendadas, y cuánto les pueden doler, responde que «las quemaduras, mientras más superficiales son, más duelen; de hecho, es un signo positivo. Cuando no duelen, preocupa, porque no están las terminaciones nerviosas, y son las de peor pronóstico.

«En tiempo de paz se tratan con mercuro y se dejan expuestas, para que sequen y creen una costra; en tiempo de guerra, más si se van a incorporar, hay que lavarlas, echar nitrofurazona y ocluirlas.

«La verdad es que no habrían debido volver, pero ellos nos decían que no, que se morían aquí, que no abandonaban a los suyos; y no quedó más remedio que taparles las quemaduras y contestarles, “bueno, hermanos, cuídense”.

«La mayoría cicatriza bien, algunas se infectan, eso depende generalmente de con qué se apagaron, de si se tiraron al piso y se contaminaron, o no».

MÉDICO, ENFRÍEME, QUE VOY PA’ ATRÁS

El trabajo en el puesto médico de avanzada es esencial para el bienestar de las personas que laboran en el área del siniestro. Foto: Ricardo López Hevia

Después de ese fin de semana tan convulso en el hospital, la labor en el Puesto Médico es de otra naturaleza, sin dejar de ser compleja. Los bomberos llegan con golpes de calor o deshidratación, y ellos proceden a hacerles el «baño de descontaminación»: desvestirlos, bañarlos con agua corriente, enfriarles el cuerpo e hidratarlos; siempre teniendo en cuenta si existe algún grado de intoxicación por monóxido de carbono.

Adrián Silvio Ruiz está habituado a lo impactante, hace solo cuatro meses que volvió a ejercer como cirujano; antes de eso, y por dos años, estuvo al frente de una sala en zona roja.

No obstante, el encuentro con unos bomberos extranjeros se le ha quedado prendido en el alma: «Ayer vinieron unos venezolanos y nos pidieron un poco de pomada, porque no se habían podido bañar y el traje les quemaba la piel. Les dijimos “báñense, acuéstense un rato aquí”, y nos contestaron: “no, no, nosotros vamos para adentro de nuevo, no podemos perder tiempo”.

«Conversamos con ellos alrededor de diez minutos, y nos decían que Cuba y Venezuela son una sola, que ellos le están cumpliendo al Comandante Chávez. Estuvieron toda la madrugada adentro».

El mayor Léster también se conmueve ante esos muchachos que les contaban que allá parecía el mismo infierno, que las temperaturas eran insoportables, con un nivel de asfixia que no los dejaba responder. Pero a la vez le decían: «Médico, enfríeme; médico, cúreme, que voy pa’ atrás, tengo compañeros ahí».

En medio de esa labor de asistencia con la más completa experticia, también han vivido momentos tensos, como ese cuando vieron «una bola de fuego que venía para acá. Todos corrimos y llegamos hasta allá, hasta el agua. De repente se extinguió, pero corrimos, para qué te voy a engañar», relata Rodríguez Ruz.

Posiblemente no haya nadie trabajando para enfrentar el desastre en la zona industrial de Matanzas que no haya corrido por su vida alguna vez en estos días; y, sin embargo, es un escenario plagado de valientes. Después de correr, regresan.

La estatura de un hombre

Entre otras muchas misiones, Ernesto Vega González ha estado en el accidente de aviación de 2018, en la explosión del Hotel Saratoga y ahora en el incendio en la Base de Supertanqueros

Autor: Ventura de Jesús | ventura@granma.cu

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

BOMBERO
Vega es enfático cuando asegura que todo bombero sabe que siempre corre peligro. Foto: Ricardo López Hevia

Vega, como lo conocen todos, no es dueño de un físico imponente, pero observándolo se tiene la impresión de que, aun en ropa de civil, a la distancia se podría identificar el bombero que es hace 32 años.

Habla bajo, pausado, y con una voz ronca que tal vez se deba a todo el humo y el polvo inhalados en los desastres a los cuales les ha puesto el pecho a lo largo de su carrera, desde que empezó ese camino como soldado en el Servicio Militar, hasta llegar a ser el Jefe del Comando San José, de Mayabeque, con 30 efectivos bajo su mando.

Entre las misiones en que ha conducido acciones de rescate y salvamento están tres de las que más han estremecido a Cuba en los últimos tiempos: el accidente de aviación del 18 de mayo de 2018, del Boeing 737-200; la explosión del Hotel Saratoga, hace tres meses; y ahora el incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas.

En las inmediaciones del Comando Especial No. 2, en la zona industrial, enfundado en un overol y recostado a un carro, Ernesto Vega González no aparenta ni sus 50 años ni el cansancio que no dice, pero tiene que sentir.

El tizne está prendido en los pliegues de su piel, en las uñas, y con calma responde el aluvión de preguntas que le lanzan dos periodistas y un fotorreportero.

«Estos últimos tres escenarios han sido muy difíciles, pero diferentes. En el Saratoga, que estuvo fuerte, muy duro, sabíamos que estábamos buscando personas reportadas como desaparecidas, y teníamos casi la certeza de que estarían bajo los escombros.

«En este evento desconocemos realmente en qué parte pueden estar los compañeros desaparecidos; no hemos podido acceder a todas las áreas donde trabajábamos al momento de la explosión del segundo tanque; la intensidad del fuego no nos permite entrar.

«Jamás he perdido un compañero de mi Comando, pero sí personas civiles, y nunca es fácil. Puedo asegurar que aquí la Dirección del Cuerpo de Bomberos se ha centrado, además de en sofocar el incendio, en la búsqueda de los bomberos, y que en todos los lugares a los que hemos podido llegar se ha hecho».

El Comando de Vega arribó sobre las nueve de la noche del viernes 6 de agosto, y desde entonces no han dejado de trabajar,  «todo el mundo está aquí, nadie se quiere ir, solo seguir y seguir hasta controlar el incendio».

Aclara que esa primera noche, mientras enfriaban la estructura del tanque, no era un secreto el riesgo que corrían. «Los bomberos desde que entran saben. En todos los trabajos nuestros hay una persona, o más, que se llama vigilante de escena, y se mantiene todo el tiempo buscando elementos de peligro.

«No fallaron, estábamos previendo que pudiera pasar, no hay más personas desaparecidas por eso, por la previsión que siempre tuvo la jefatura y los que estábamos ahí».

Al momento de la explosión de la madrugada del sábado, su tropa corrió hacia una maleza y por allí salió; dentro del fuego quedó el carro de bomberos, y dentro del carro, todos los teléfonos móviles. Después de eso lo vimos a lo lejos, una vez –cuenta–, cuando el humo amainó, pero lo que queda ya no tiene salvación.

Vega es padre de cuatro y abuelo de dos. El sábado en la mañana a su familia le llegó la información de que estaba entre los lesionados graves, «y realmente no tengo ni un arañazo». Dice que estaban muy preocupados y que han buscado la manera de comunicarse con él hasta tres veces cada día.

En su relato se unen los detalles de la labor que están haciendo –«mantenemos relevos de grupos de trabajo, cada tres o cuatro horas»– con notas entrañables, que hacen quizá toda su fortaleza: «El niño mío más chiquito tiene cinco años, y desde los tres lo estoy tirando con cuerdas, es que le gusta; ese parece que va a ser bombero.

 «Mis hijas me dicen: “papá, ya, es suficiente”», pero él reconoce que para un bombero la adrenalina a veces se convierte en una necesidad; lo que no quiere decir que se expongan gratuitamente. «En este oficio es muy importante la disciplina, porque ayuda a evitar accidentes.

«Hay que escuchar siempre la voz del jefe, que es el que más experiencia tiene; lo mío en el terreno es dirigir las acciones, garantizar la seguridad de mi gente».

Esa cultura es la que hace, asegura, que los bomberos sean una familia a nivel internacional, «puedes coincidir con algunos que ni siquiera hablan tu idioma, pero hay códigos; enseguida se entabla empatía y amistad».

Cuando se le pregunta cómo puede amar tanto una profesión tan riesgosa, emprende afablemente la contraofensiva: «Bueno, lo mismo pasa con los periodistas, que hasta van a la guerra, habrá quien piense que son locos».

La cuestión está, lo dice sin decirlo, en el deber. «No me gusta el protagonismo», afirma cuando percibe que la conversación informal es una emboscada con todas las de la ley.

Hablamos entonces de sus tres matrimonios, de si será difícil estar casada con un bombero, y nos manda a entrevistar a su esposa, que lo llama cada vez que puede, temiendo.

Luego nos revela que a los del comando les gusta debatir las películas de bomberos, y que la favorita suya es Infierno en la torre, con Paul Newman; pero todos coinciden en algo, en las películas hay mucha ficción, la realidad es otra cosa, y es mucho más tremenda.

Lo mismo sean bomberos o cirujanos, los cubanos no pueden escapar del choteo ni en la más absoluta adversidad, lo ratifica, y claro que debajo de esa carpa, donde varios tienen quemaduras y esperan la próxima llamada, discuten quién corrió más que un atleta olímpico para escapar.

Cuando el diálogo termina, la oscuridad del atardecer es firme sobre la zona industrial de Matanzas. Los carros de los equipos de prensa avanzan rumbo a la ciudad, pero para Vega no existe esa cama cómoda ni la ducha del hospedaje que les han asignado.

Él no mira hacia allá, mira hacia la fuente de la inmensa y negra columna de humo, a donde irá en breve; y aunque no tiene un físico imponente, a la distancia, a contraluz, su estatura es inmensa.

Volver, sin ser los mismos

Cuba regresará a la cotidianidad con la huella imborrable del dolor, dispuesta a reponerse, en lo posible, del daño vivido

Autor: Madeleine Sautié | madeleine@granma.cu

Hotel Saratoga accidente expolición  4to dia Rescate y Recuperacíón
Para devolverle a la ciudad su natural apariencia, se trabaja permanentemente. Foto: Ricardo López Hevia

Pronto volverá al trabajo, en el que es barman en un restaurante, a menos de una cuadra del Saratoga. El mismo uniforme que llevaba aquel día y el mismo delantal esperan listos la orden de regresar a la faena diaria; sin embargo, él no es el mismo.

No es tan fácil para Aramís olvidar. Una hora antes había pasado frente a los portales del hotel, de prisa, para llegar temprano. Tras dejar todo listo y en minutos abrir, se dispuso –junto con Guillermo, el dependiente, y los demás– a almorzar. Poner el plato en la mesa y sentir un estruendo, que no pudieron en ese instante definir como una explosión, fue la misma cosa. Sin luz ya en la instalación, bajaron las escaleras. A la vista todo era humo.

Corrieron. El instinto los llevó a la escuela. ¡Mamá, mamá, mamá!, era lo que se oía entre el llanto de los pequeños. Guillermo cargó a dos niños con las cabezas partidas; Aramís llevó a unos cuantos para las puertas del restaurante.

Recuerda con persistencia a la muchachita con uniforme de tecnológico, en shock, la nariz, la blusa y las piernas ensangrentadas, llorando y preguntando por sus amigas, con las que pasaba cuando se desplomó el hotel.

Los ojos alcanzaron a ver lo que jamás habían visto: cadáveres de seres que un instante antes caminaban por la zona. El desastre apoderándose irremediablemente de un entorno siempre colorido y animado por voces cotidianas y serenas, dispersas en la multitud, denotando la vida.

Al restaurante se le desprendió una puerta; sobre las mesas cayeron lámparas; las copas se hicieron trizas; sus trabajadores, alterados unos, sin palabras los otros, fueron a un tiempo testigos, socorristas, marcados por una experiencia sin precedentes, en extremo dolorosa.

 Sin apartarse de las noticias, ni del impacto que por mucho tiempo les habrá de durar, los muchachos del restaurante esperan el llamado para regresar al trabajo. Saben que se han reparado los daños de su inmueble, que pronto todo estará listo.

Pero algo no es igual. La porción de ciudad donde trabajan, la que quieren, y de la que son parte, aún supura. Volverán pronto al trabajo, con el mismo uniforme y el mismo delantal que empolvaron en su afán de salvar niños. El Saratoga resurgirá de sus cenizas. Ellos, testigos del dolor, lo serán también del nuevo colorido, sin que sean nunca más los mismos.

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