Horas difíciles, héroes renacidos

Varios de los rescatistas observan el episodio desde una prudencial distancia. Es el instante más duro. Se niegan a aceptarlo. Darían cualquier cosa por cambiar los hechos

Autor: Ventura de Jesús | ventura@granma.cu

El rescatista Yoamel Santana Perdomo. Foto: Ventura de Jesús García

Matanzas.–Sí, no te preocupes, ya me afeité y me puse crema en la lesión de la cara, le decía a su esposa por teléfono, acodado en la tubería que delimita el acceso a la batería de tanques devastada por el siniestro.

Al notar nuestra presencia, cambió un tanto el tono de la voz: –«Mi mujer quiere venir hasta el Comando a traerme ropa fresca, pero le dije que de eso nada», se defendió.

Su nombre es Yoamel Santana Perdomo, rescatista del Comando 1 de Matanzas. Su carro, asegura, fue el segundo en llegar el viernes 5 de agosto, en la tarde-noche, al lugar del incendio en la Base de Supertanqueros.

«Pude escapar de varias explosiones, pero otros de mis compañeros no corrieron con la misma suerte», cuenta, al tiempo que dirige la mirada hacia los tanques arruinados por las llamas, donde el 12 de agosto inició una labor de dimensiones extraordinarias a cargo de un equipo de expertos cubanos.

«Están buscando los restos de nuestros compañeros, esto es muy fuerte», dice, y trae a colación un recuerdo muy reciente. «Yo ayudé a subir a nuestro carro al bombero Elier Correa. Venía todo cubierto de petróleo, embarrado por completo y ni siquiera podía abrir los ojos.

«Ya estaba a unos 300 metros de la explosión, y no me explico cómo logró llegar hasta allí, quizás porque tenía la adrenalina a full. Venía subiendo una cresta, cuando mi compañero lo reconoció. Estaba tambaleándose, y en cuanto lo pusimos dentro del camión, pidió un teléfono para llamar a su mamá.

«Denme un teléfono, dénmelo, nos reclamaba. Pero nosotros no teníamos el celular en ese momento. No chico, no, sé positivo, no va a pasar nada, fue lo único que se me ocurrió decirle».

El fuego en la Base de Supertanqueros ya está extinguido, no se divisa peligro, pero las horas siguen siendo difíciles, como parte de estas dramáticas jornadas.

Varios de los rescatistas observan el episodio desde una prudencial distancia. Todos están pendientes de lo que sucede en el sitio donde el incendio sepultó los cuerpos de aquellos valientes. Es el instante más duro. Se niegan a aceptarlo. Darían cualquier cosa por cambiar los hechos.

La certeza de las vidas salvadas es el único alivio.

En sus rostros se refleja el respeto y la admiración por sus compañeros, capaces de sobreponerse al mayor de los peligros por salvar la vida de los demás.

Yoamel, quien también participó en las labores de rescate en el hotel Saratoga, muestra la foto de pantalla de su celular. «Miren, este es mi hijo, tiene 13 años de edad, y creo que heredó el carácter de su padre. Lo estoy preparando para que sea un buen rescatista».

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Los buenos

Por: Michel E Torres Corona

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Caminan en fila, uniformados de las botas al casco, hacia el incendio. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

En un principio fue el fuego, el gran estallido. Un rayo surcó, sangriento, la noche matancera. Uno de los enormes tanques que almacenaba combustible se incendió. Hombres y mujeres, personas bravas, fueron al encuentro de las llamas, a contener a aquel monstruo ígneo para que no terminara devorando todo a su paso. En las primeras batallas fueron derrotados; varios de ellos murieron. Los que, a la distancia, íbamos conociendo de aquel feroz combate, empezábamos a caer en la cuenta de que aquel no era un fuego común. Corrían las primeras horas de uno de los peores desastres que haya sufrido nuestro país en su historia.

En Matanzas fue a congregarse lo mejor de Cuba: bomberos de todo el país, decididos a vengar a sus compañeros caídos con la irreversible muerte de las llamaradas; periodistas que nos llevaron de la mano entre el hollín, el miedo y el humo; el invaluable ejército de batas blancas, curando al herido, calmando a los familiares, poniendo el hombro para los que lloraban a las víctimas del siniestro. También estuvo en Matanzas algo de lo mejor de nuestra porción de humanidad: hermanos de México y de Venezuela que acudieron prestos al llamado de Cuba.

Varios días duró la guerra contra el fuego, pero finalmente el humo se hizo gris y luego blanco, las altas llamas fueron extinguiéndose. Los que amamos a Cuba nos permitimos un minuto de felicidad en medio del dolor por los fallecidos, en medio de la certeza de que, con el combustible perdido, todo sería en lo adelante aún más difícil. Fue una victoria, sí, otra más, aunque no la celebremos en solemne respeto a los que perecieron, aunque sepamos que nos quedan muchos retos y dificultades por superar.

Amén de su signo político aparente, los odiadores, los que nos agreden o son cómplices de nuestros agresores, no pueden reconocer siquiera esa victoria. Son personas de mala entraña que, en secreto o a voces, se alegraron por la potencia del incendio, por la estridencia de las explosiones; gente que invocaron al karma o a un supuesto castigo divino, merecido, ya sea por el proyecto de Código de las Familias o por las décadas del socialismo; frustrados y perdedores que vieron en la fuerza de la Naturaleza la única opción de obtener ese «cambio» para el que carecían de valentía e inteligencia.

Incapaces de celebrar el coraje de nuestros bomberos, dadores de azul, trataron de convertir el triunfo sobre la adversidad en Matanzas en una campaña contra el servicio militar obligatorio. Y sí, es cierto que luchando contra el fuego murieron excelentes hombres, de distintas edades y procedencias. Y también es cierto que, en estos tiempos, debemos repensar el servicio militar, no solo en su contenido, sino también en su carácter voluntario u obligatorio, tanto para hombres como para mujeres: no es lógico que seamos paladines de la equidad y sigamos validando ese tipo de distinciones. Pero lanzarse a esa campaña en estos precisos momentos no es otra cosa que abyecto oportunismo.

Cuando se escriba la historia de ese rayo que surcó sangriento la noche matancera, cuando se recuerde la terrible batalla entre la vida y la muerte, se leerá muy claro que no fuimos nosotros los ponzoñosos, los intrigantes, los tergiversadores; se verá, con perfecta nitidez, todo lo que nos distingue. No se puede ser bueno si se desea el mal para Cuba y a mí, aunque sea por un minuto en medio del luto, me alegra reconocerme en el bando correcto.

Fuerzas especializadas trabajan sin descanso para controlar el incendio. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

(Tomado de Granma)

Héroes que curan héroes

En el puesto médico de avanzada de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, emplazado en la zona del siniestro, se trabaja como en tiempo de guerra

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

BOMBEROS
Aun extenuados, los bomberos le decían: «Médico, enfríeme; médico, cúreme, que voy pa’ atrás, tengo compañeros ahí». Foto: Ricardo López Hevia

El mayor Léster Rodríguez Ruz, especialista en Cirugía Plástica y Caumatología, del hospital militar Dr. Luis Díaz Soto (Naval), en La Habana, no es ningún improvisado. A los 39 años mucho ha visto, porque entre sus misiones están la lucha contra el ébola, la COVID-19, «y ahora esta».

A pesar de la experiencia, dice que el combate al incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas es un escenario diferente e impactante.

Para describir las otras situaciones y su oposición con la actual usa, no uno, sino tres adjetivos: «Aquellas fueron organizadas, planificadas, previstas; pero esta ha sido más parecida a una guerra, hemos tenido que improvisar, desplegar un puesto médico en el terreno, y preparar personal que no está bien adiestrado en la atención masiva de quemaduras, con alta posibilidad de intoxicación y contaminación».

El puesto médico de avanzada de las Fuerzas Armadas Revolucionarias se halla emplazado en un punto relativamente cercano al epicentro del incendio.

Hay una casa de campaña, camillas, balón de oxígeno, instrumental, medicamentos, una ambulancia, y un grupo de trabajo de seis personas: caumatólogo, cirujano general, intensivista, y tres enfermeros. Quienes se relevan para trabajar allí pertenecen al hospital Naval y al hospital militar Mario Muñoz Monroy, de la provincia.

Antes de que el puesto se estableciera el lunes, casi todos ellos trabajaron desde la madrugada del sábado en la evacuación, clasificación, auxilio y traslado de los lesionados.

EL MOMENTO ERA TRISTE

Isbel Viera Capote, chofer paramédico del Mario Muñoz, salió alrededor de las cinco y media del sábado hacia el lugar de los hechos, luego de que al hospital arribaran los primeros lesionados.

«Estuvimos a menos de un kilómetro, no se podía avanzar más; cada vez que veía una llamarada pensaba en las vidas que estaban allá dentro, y me dolía, porque había que esperar que los trajeran, o llegaran.

«El momento era triste, no podíamos hacer otra cosa que mantener la calma, y ponerle mucho asunto a lo que estábamos haciendo, cualquier error les podía costar la vida. Como ya se había evacuado una gran parte de los heridos, decidimos ir al Faustino, para ayudar en la clasificación y el traslado».

Adrián Silvio Ruiz, cirujano del hospital militar matancero, recuerda que esa madrugada las ambulancias dejaban cinco o seis lesionados a la vez, llegaron a tener más de 30.

Vieron lesiones graves y menos graves, contaminadas, predominantemente en la espalda y el dorso de los brazos, las orejas y el cuello, consistentes con la huida del fuego.

Rodríguez Ruz explica que están acostumbrados a las quemaduras caseras, limpias, pero las producidas en este incendio fueron «parecidas a las de guerra. Tenían polvo, agua contaminada, chapapote y restos de sustancias químicas».

Habla entonces de procedimientos que encogen el estómago a los no entendidos: lavados de arrastre, conducta expectante para ver hasta dónde el tejido puede responder o necrosarse, pronósticos reservados, posibilidades de secuelas invalidantes y de tratamiento quirúrgico.

Ilustra, además, que cuando se produce una explosión viene el «fogonazo»: la onda expansiva avanza cargada de humo y con temperaturas de hasta cien o 120 grados, y esa fue la fuente de parte de las quemaduras menos graves.

Cuando se le pregunta sobre los muchos bomberos, incluidos oficiales, que están en el terreno con sus heridas cubiertas de nitrofurazona y vendadas, y cuánto les pueden doler, responde que «las quemaduras, mientras más superficiales son, más duelen; de hecho, es un signo positivo. Cuando no duelen, preocupa, porque no están las terminaciones nerviosas, y son las de peor pronóstico.

«En tiempo de paz se tratan con mercuro y se dejan expuestas, para que sequen y creen una costra; en tiempo de guerra, más si se van a incorporar, hay que lavarlas, echar nitrofurazona y ocluirlas.

«La verdad es que no habrían debido volver, pero ellos nos decían que no, que se morían aquí, que no abandonaban a los suyos; y no quedó más remedio que taparles las quemaduras y contestarles, “bueno, hermanos, cuídense”.

«La mayoría cicatriza bien, algunas se infectan, eso depende generalmente de con qué se apagaron, de si se tiraron al piso y se contaminaron, o no».

MÉDICO, ENFRÍEME, QUE VOY PA’ ATRÁS

El trabajo en el puesto médico de avanzada es esencial para el bienestar de las personas que laboran en el área del siniestro. Foto: Ricardo López Hevia

Después de ese fin de semana tan convulso en el hospital, la labor en el Puesto Médico es de otra naturaleza, sin dejar de ser compleja. Los bomberos llegan con golpes de calor o deshidratación, y ellos proceden a hacerles el «baño de descontaminación»: desvestirlos, bañarlos con agua corriente, enfriarles el cuerpo e hidratarlos; siempre teniendo en cuenta si existe algún grado de intoxicación por monóxido de carbono.

Adrián Silvio Ruiz está habituado a lo impactante, hace solo cuatro meses que volvió a ejercer como cirujano; antes de eso, y por dos años, estuvo al frente de una sala en zona roja.

No obstante, el encuentro con unos bomberos extranjeros se le ha quedado prendido en el alma: «Ayer vinieron unos venezolanos y nos pidieron un poco de pomada, porque no se habían podido bañar y el traje les quemaba la piel. Les dijimos “báñense, acuéstense un rato aquí”, y nos contestaron: “no, no, nosotros vamos para adentro de nuevo, no podemos perder tiempo”.

«Conversamos con ellos alrededor de diez minutos, y nos decían que Cuba y Venezuela son una sola, que ellos le están cumpliendo al Comandante Chávez. Estuvieron toda la madrugada adentro».

El mayor Léster también se conmueve ante esos muchachos que les contaban que allá parecía el mismo infierno, que las temperaturas eran insoportables, con un nivel de asfixia que no los dejaba responder. Pero a la vez le decían: «Médico, enfríeme; médico, cúreme, que voy pa’ atrás, tengo compañeros ahí».

En medio de esa labor de asistencia con la más completa experticia, también han vivido momentos tensos, como ese cuando vieron «una bola de fuego que venía para acá. Todos corrimos y llegamos hasta allá, hasta el agua. De repente se extinguió, pero corrimos, para qué te voy a engañar», relata Rodríguez Ruz.

Posiblemente no haya nadie trabajando para enfrentar el desastre en la zona industrial de Matanzas que no haya corrido por su vida alguna vez en estos días; y, sin embargo, es un escenario plagado de valientes. Después de correr, regresan.

Fidel: lecciones de vida y de amor

Las pautas del concepto de Revolución fueron, para el Comandante en Jefe, pautas de vida, de pensar y de hacer

Autor: Leidys María Labrador Herrera | leidys@granma.cu

FIDEL
La vitalidad de esa herencia de ideales y valores, radica en la decisión colectiva de no dejar perder las conquistas adquiridas bajo su liderazgo. Foto: Yaimí Ravelo

Es sin dudas excepcional y único todo ser que, tras haber cumplido los límites de su existencia humana, se mantiene vivo. No, no se trata de una afirmación mística o religiosa, sino de una contundente verdad, que descansa en el ilimitado alcance de ciertas figuras a lo largo de la historia.

Los cubanos sabemos bien que eso es posible. Hemos tenido el privilegio de que sea esta Isla madre y cuna de personalidades capaces de transgredir la mortalidad de nuestra especie, para habitar eternamente la dimensión del pensamiento, del recuerdo, de la admiración y el amor.

Pero no es cosa simple alcanzar esa estatura. Se necesita mucho corazón, mucho temple, poner la existencia propia a favor del bien de los demás, hacer historia desde principios de humildad y justicia. Se necesita defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio, y todo eso y más, lo logró Fidel.

Cuando definió brillantemente a la Revolución, aquel inolvidable 1ro. de mayo del año 2000, sin proponérselo, sin que eso pasara jamás por su cabeza, se definió a sí mismo, porque, ser consecuente hasta el último suspiro con todo lo descrito en sus palabras, lo convirtió en un hombre inmortal e imperecedero.

Fidel: sinónimo inequívoco de Revolución

Aprendimos tanto del Comandante en Jefe, que su figura se nos dibuja a cada paso. Cómo no recordarlo cuando solo el profundo sentido del momento histórico nos ha permitido sobreponernos a las adversidades y sostener nuestras metas y expectativas.

Cómo no saberlo presente cuando ponderamos los derechos de cubanos y cubanas, la igualdad, el acompañamiento a los más desprotegidos, si para él fue siempre el ser humano el centro de esta obra y nunca, por duros que fueran los tiempos, abandonó al pueblo.

Hay mucho de Fidel cuando decimos que pese al bloqueo genocida, a los ataques perennes contra nuestro país, a la insistencia del enemigo por arrancarnos nuestra ideología patriótica, no vamos a detenernos, ni a cansarnos, ni a renunciar. Porque nuestro eterno líder nos dejó claro que debíamos emanciparnos por nosotros mismos, pero que en ese camino habría que desafiar poderosas fuerzas dominantes.

Con el ejemplo propio demostró que la modestia, el desinterés y el altruismo son valores imprescindibles, que se enriquecen si van acompañados de la solidaridad para con los demás, para con otros pueblos, para con el mundo.

De qué otra forma si no fuera por la audacia, la inteligencia y el realismo con que hacemos frente a los obstáculos, habríamos podido sostener el socialismo cubano en un mundo mayoritariamente capitalista y hegemónico, que no perdona los modos alternativos de vivir y de pensar.

Nuestra mayor fuerza ha sido y será siempre la de la verdad y de las ideas. Gracias a ellas se sostiene la unidad inquebrantable de este pueblo que, con la verdad como bandera, ha sabido edificar sus sueños de justicia, pero se ha erigido como faro de todos los que en el mundo comparten esa esperanza.

Las pautas de ese concepto de Revolución fueron para Fidel pautas de vida, de pensar y de hacer. Fueron los caminos que condujeron su andar por este mundo y que le hicieron merecedor del respeto de cuantos lo conocieron, aunque no compartieran su ideología de pensamiento.

Pero, sobre todo, fueron esas pautas las que hicieron posible algo sumamente sagrado para Cuba: nuestros principios de continuidad. Esos que nos llevaron a exclamar ¡Yo soy Fidel!, y sostenerlo, como el más preciado de los estandartes en cada una de las batallas que libramos.

La constante e innegable presencia

Nada tiene de retórica nuestra firme convicción de la sobrevida de Fidel. Por el contrario, se trata de una certeza que comprendemos muy bien los cubanos, pueblo agradecido y convencido de quién merece el privilegio de su confianza.

La vitalidad de esa herencia de ideales y valores radica en la decisión colectiva que asumimos como nación, de no dejar perder las conquistas adquiridas bajo su liderazgo, el de Raúl, y el de toda la generación que lo secundó en el empeño de sacudirle a Cuba los siglos de opresión que laceraban su dignidad.

Es por eso que los hombres y mujeres que tomaron de sus manos las banderas del socialismo sostienen que una república con todos y para el bien de todos es, y seguirá siendo, la máxima de cada día; que la vida de un revolucionario siempre implica elevadas dosis de entrega y de sacrificios.

Como lo hizo siempre Fidel, no ha habido un solo instante en el que sus continuadores se hayan apartado del pueblo. Con entereza, con paciencia, sacando fuerzas de donde solo el amor puede sacarlas, han sostenido el mismo desvelo por los problemas del pueblo, por sus preocupaciones, por sus necesidades.

Ese pueblo que nunca se ha sentido abandonado, que se sabe bajo el manto protector de la Revolución y, al mismo tiempo, protagonista de su existencia, ha respondido con unidad, con fidelidad, con madurez, con entrega, a la máxima de pensar como país.

En Cuba, el poder es popular

Fidel tiene también entre sus incontables méritos el de haber entendido desde el comienzo de sus luchas, y haber sostenido siempre, después del 1ro. de enero de 1959, que un líder revolucionario tiene que vivir como vive el pueblo, pensar como piensa el pueblo, solo así tendrá la sensibilidad suficiente para conocerlo y escucharlo.

Y ese binomio, líderes-pueblo, que jamás se ha roto, ni lo hará, es una indiscutible carta de triunfo que siempre nos acompaña, porque cada decisión, cada proyecto social, cada nuevo camino que iniciamos, lleva mucho del pensamiento y la sabiduría que se mueve entre nuestra gente.

En Cuba, el poder es popular. No es un trofeo que se exhibe desde posiciones de superioridad, no está ceñido a un cargo, no responde a millones en una cuenta de banco. Como todo aquello que hemos construido, también es un bien común, ejercido de diversas formas, pero, sobre todas las cosas, desde la visión de impulsar aquello que favorezca el bienestar colectivo.

El líder histórico de la Revolución apuntaló siempre desde su actuar, desde cada uno de sus pronunciamientos, desde el hacer cotidiano, la transparencia ante el pueblo, el deber de rendirle cuentas, pero a la vez, fomentó en las masas la convicción de que la Revolución no se hace sola, de que las obras no se construyen solas, de que lo que a todos pertenece, es, a la vez, responsabilidad de todos.

Quizá sea por eso que este pueblo no admite lo mal hecho, que no acepta nada sin pilares sostenibles y bien fundamentados. Quizá sea por eso que el pueblo siempre es parte primordial de todo lo que hace, y no desde la postura de observación pasiva, sino desde la creatividad y la participación.

Nunca estamos solos

Por muy justa y equitativa que sea una sociedad siempre habrá personas que, por las más diversas causas, quedarán en situación de vulnerabilidad en relación con los demás. La grandeza del socialismo cubano radica, precisamente, en promover el reconocimiento de esas particularidades, para que ningún ser humano, familia o comunidad quede a merced del abandono o el desamparo. También eso lo aprendimos de Fidel.

Aprendimos que no siempre el que necesita ayuda es capaz de pedirla, y por eso debe tener la Revolución los mecanismos que les permitan llegar hasta esas personas, aun si no ha existido un reclamo de ayuda. Así hemos construido nuestra propia definición de solidaridad, que se expresa en todos los ámbitos de la sociedad, dentro y fuera de nuestras fronteras. 

Pero ha sido esa máxima la que ha dado un carácter casi épico y pocas veces visto en el mundo, para no ser absoluto, a la práctica, devenida deber inalienable, de que en cada momento difícil o doloroso, las personas sientan el apoyo de sus dirigentes, el acompañamiento que ayuda a aliviar el más hondo pesar, el abrazo para fortalecer el alma.

Un cubano nunca está solo. Ese sentimiento de solidaridad, personificado en nuestros líderes, responde a un sentir colectivo porque, en este país, la alegría y el dolor se comparten por igual, así de grande es el corazón que nos habita.

Por eso agosto ha sido siempre el momento propicio para celebrar su existencia, porque a él, a sus hermanos generacionales, a la inmensa obra que nos legaron, al amor incondicional que siempre profesaron y profesan a esta Patria, les debemos las más hermosas y perdurables lecciones de vida, que nos hacen hoy, a la par, mejores revolucionarios y mejores seres humanos.

La estatura de un hombre

Entre otras muchas misiones, Ernesto Vega González ha estado en el accidente de aviación de 2018, en la explosión del Hotel Saratoga y ahora en el incendio en la Base de Supertanqueros

Autor: Ventura de Jesús | ventura@granma.cu

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

BOMBERO
Vega es enfático cuando asegura que todo bombero sabe que siempre corre peligro. Foto: Ricardo López Hevia

Vega, como lo conocen todos, no es dueño de un físico imponente, pero observándolo se tiene la impresión de que, aun en ropa de civil, a la distancia se podría identificar el bombero que es hace 32 años.

Habla bajo, pausado, y con una voz ronca que tal vez se deba a todo el humo y el polvo inhalados en los desastres a los cuales les ha puesto el pecho a lo largo de su carrera, desde que empezó ese camino como soldado en el Servicio Militar, hasta llegar a ser el Jefe del Comando San José, de Mayabeque, con 30 efectivos bajo su mando.

Entre las misiones en que ha conducido acciones de rescate y salvamento están tres de las que más han estremecido a Cuba en los últimos tiempos: el accidente de aviación del 18 de mayo de 2018, del Boeing 737-200; la explosión del Hotel Saratoga, hace tres meses; y ahora el incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas.

En las inmediaciones del Comando Especial No. 2, en la zona industrial, enfundado en un overol y recostado a un carro, Ernesto Vega González no aparenta ni sus 50 años ni el cansancio que no dice, pero tiene que sentir.

El tizne está prendido en los pliegues de su piel, en las uñas, y con calma responde el aluvión de preguntas que le lanzan dos periodistas y un fotorreportero.

«Estos últimos tres escenarios han sido muy difíciles, pero diferentes. En el Saratoga, que estuvo fuerte, muy duro, sabíamos que estábamos buscando personas reportadas como desaparecidas, y teníamos casi la certeza de que estarían bajo los escombros.

«En este evento desconocemos realmente en qué parte pueden estar los compañeros desaparecidos; no hemos podido acceder a todas las áreas donde trabajábamos al momento de la explosión del segundo tanque; la intensidad del fuego no nos permite entrar.

«Jamás he perdido un compañero de mi Comando, pero sí personas civiles, y nunca es fácil. Puedo asegurar que aquí la Dirección del Cuerpo de Bomberos se ha centrado, además de en sofocar el incendio, en la búsqueda de los bomberos, y que en todos los lugares a los que hemos podido llegar se ha hecho».

El Comando de Vega arribó sobre las nueve de la noche del viernes 6 de agosto, y desde entonces no han dejado de trabajar,  «todo el mundo está aquí, nadie se quiere ir, solo seguir y seguir hasta controlar el incendio».

Aclara que esa primera noche, mientras enfriaban la estructura del tanque, no era un secreto el riesgo que corrían. «Los bomberos desde que entran saben. En todos los trabajos nuestros hay una persona, o más, que se llama vigilante de escena, y se mantiene todo el tiempo buscando elementos de peligro.

«No fallaron, estábamos previendo que pudiera pasar, no hay más personas desaparecidas por eso, por la previsión que siempre tuvo la jefatura y los que estábamos ahí».

Al momento de la explosión de la madrugada del sábado, su tropa corrió hacia una maleza y por allí salió; dentro del fuego quedó el carro de bomberos, y dentro del carro, todos los teléfonos móviles. Después de eso lo vimos a lo lejos, una vez –cuenta–, cuando el humo amainó, pero lo que queda ya no tiene salvación.

Vega es padre de cuatro y abuelo de dos. El sábado en la mañana a su familia le llegó la información de que estaba entre los lesionados graves, «y realmente no tengo ni un arañazo». Dice que estaban muy preocupados y que han buscado la manera de comunicarse con él hasta tres veces cada día.

En su relato se unen los detalles de la labor que están haciendo –«mantenemos relevos de grupos de trabajo, cada tres o cuatro horas»– con notas entrañables, que hacen quizá toda su fortaleza: «El niño mío más chiquito tiene cinco años, y desde los tres lo estoy tirando con cuerdas, es que le gusta; ese parece que va a ser bombero.

 «Mis hijas me dicen: “papá, ya, es suficiente”», pero él reconoce que para un bombero la adrenalina a veces se convierte en una necesidad; lo que no quiere decir que se expongan gratuitamente. «En este oficio es muy importante la disciplina, porque ayuda a evitar accidentes.

«Hay que escuchar siempre la voz del jefe, que es el que más experiencia tiene; lo mío en el terreno es dirigir las acciones, garantizar la seguridad de mi gente».

Esa cultura es la que hace, asegura, que los bomberos sean una familia a nivel internacional, «puedes coincidir con algunos que ni siquiera hablan tu idioma, pero hay códigos; enseguida se entabla empatía y amistad».

Cuando se le pregunta cómo puede amar tanto una profesión tan riesgosa, emprende afablemente la contraofensiva: «Bueno, lo mismo pasa con los periodistas, que hasta van a la guerra, habrá quien piense que son locos».

La cuestión está, lo dice sin decirlo, en el deber. «No me gusta el protagonismo», afirma cuando percibe que la conversación informal es una emboscada con todas las de la ley.

Hablamos entonces de sus tres matrimonios, de si será difícil estar casada con un bombero, y nos manda a entrevistar a su esposa, que lo llama cada vez que puede, temiendo.

Luego nos revela que a los del comando les gusta debatir las películas de bomberos, y que la favorita suya es Infierno en la torre, con Paul Newman; pero todos coinciden en algo, en las películas hay mucha ficción, la realidad es otra cosa, y es mucho más tremenda.

Lo mismo sean bomberos o cirujanos, los cubanos no pueden escapar del choteo ni en la más absoluta adversidad, lo ratifica, y claro que debajo de esa carpa, donde varios tienen quemaduras y esperan la próxima llamada, discuten quién corrió más que un atleta olímpico para escapar.

Cuando el diálogo termina, la oscuridad del atardecer es firme sobre la zona industrial de Matanzas. Los carros de los equipos de prensa avanzan rumbo a la ciudad, pero para Vega no existe esa cama cómoda ni la ducha del hospedaje que les han asignado.

Él no mira hacia allá, mira hacia la fuente de la inmensa y negra columna de humo, a donde irá en breve; y aunque no tiene un físico imponente, a la distancia, a contraluz, su estatura es inmensa.

¡Coraje!

En la zona industrial de Matanzas no se deja de luchar. Luego de cada repliegue táctico hay una nueva avanzada, para cavar trincheras que impidan el paso del combustible, para enfriar las superficies, para evaluar daños y riesgos

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

MATANZAS INCENDIO
Una isla que se niega a decir ante la adversidad, «me rindo», que se hace una sola voz de aliento, un abrazo y un «Matanzas, aquí me tienes». Foto: Ricardo López Hevia

En tierra el calor es agobiante, y la tensión también. Cada cual permanece atento a sus tareas y a las voces de mando. El fuego no para, la voluntad de extinguirlo, tampoco. Parece afán de David contra Goliat. Coraje el de los bomberos.

En el aire los helicópteros lanzan sus cargas de agua sobre las llamas, que las tragan, sedientas. Los viajes se repiten una y otra vez. Es cuestión de no cejar. Coraje el de los pilotos.

De nuevo en tierra, un silbato empieza a sonar, corto y seguido. Es la señal del vigilante de escena para salir a toda velocidad; las fuerzas obedecen, pero sin correr, no hay señal de desesperación en los pasos firmes y apurados. Volverán en un rato.

A la vez, otros trabajan en la propulsión del agua, los socorristas permanecen atentos a las lesiones propias de una labor tan extrema, los jefes indican y controlan desde el epicentro del desastre. Coraje el de esos hombres y mujeres.

En la zona industrial de Matanzas no se deja de luchar. Luego de cada repliegue táctico hay una nueva avanzada, para cavar trincheras que impidan el paso del combustible, para enfriar las superficies, para evaluar daños y riesgos.

Del otro lado de la bahía el pecho se encoge ante cada nueva explosión, y se piensa enseguida en qué sentirán los que están ahí, de frente al incendio, si desde lejos se puede llegar a experimentar tanto miedo. Coraje el suyo, es toda la respuesta.

Matanzas y su gente resiste, a pesar de las pocas horas de sueño, a pesar del lógico nerviosismo que supone un siniestro en curso y de la columna de humo que se cierne como oscura amenaza.

Coraje el de quienes, sobreponiéndose a todo ello, ofrecen sus casas y sus medios de transporte, su sangre y su comida, sus brazos y sus saberes.

Coraje el de las familias que en otras partes de Cuba saben a los suyos en combate cuerpo a cuerpo con las llamas, y coraje el de los venezolanos y mexicanos que andan también frente a ellas.

Coraje el de las autoridades que no desfallecen, y que en estas jornadas aciagas han recibido también quemaduras y lesiones, que tampoco han podido descansar, con el significativo peso adicional de la responsabilidad.

Coraje, en fin, el de la Isla, que se niega a decir ante la adversidad, «me rindo», que se hace una sola voz de aliento, un abrazo y un «Matanzas, aquí me tienes». David venció a Goliat. No seremos menos.

¡Cuba no está sola!

Por: Karima Oliva Bello

En este artículo: AccidenteBahía de MatanzasBomberosCruz Roja CubanaCubaExplosiónFotografíaGobiernoIncendioMatanzasMinisterio de Salud Pública (MINSAP)Minuto a MinutoPetróleoSaludSalud PúblicaSolidaridadTermoeléctricaUnión Cuba-Petróleo (Cupet)

El cuerpo de bomberos trabaja sin descanso. Foto: Revista Bohemia.

No es el “karma”, ni la mano de Dios (con disculpa de los religiosos, que mucho están orando por el bien de la nacion), ni los shakras, ni la ubicación de los astros, ni la constelación que rige, ni una maldición. Fue un accidente provocado por un fenómeno natural.

No está “salao”. No tiene nada que ver con él. La única fatalidad que tenemos es la de estar a 90 millas de una superpotencia abusiva y hostil que desea dominarnos. Si no fuera por esto y tuviésemos un desarrollo económico como el de un pueblo que no estuviese bloqueado, todos los reveses vividos se sortearían de manera menos traumática, a pesar del dolor tan grande que siempre supondrá la pérdida de vidas humanas. No significarían en el plano económico, la afectación tan grande que significa cualquier desastre para una economía tan dañada.

No tiene “osogbo”. Está al pie del cañón poniendo el pecho a las balas siempre que hace falta, sin ápice de desmoralización. Hay que ver cuántos «sabelotodo», críticos del Washington Post, Sherlock Holmes caribeños, estadistas improvisados y etcs hubiesen hecho lo mismo en semejantes circunstancias.

El Gobierno no tiene un plan macabro para exterminar el país, no es un negligente irresponsable que no le importa cuántos cubanos mueran. No anda ocultando la bola sobre las causas de los siniestros. Lo que todos vemos es que se ocupa a brazo partido de dar la cara ante los problemas y hasta encontrar soluciones no para.

Los desastres no son muestra de que el sistema no da más. Ponen en evidencia su resiliencia. Habría que ver cuantas naciones del mundo aguantarían un bloqueo de Estados Unidos, no 63 años, una semana, sin colapsar y, además, sobreponerse a todas los trágicos eventos por los que ha atravesado el país en los últimos tiempos.

No se perdió la mística ni la épica de la Revolución cubana. Ni hay que fabricarlas de manera forzada. Épica y mística nacen orgánicamente del pueblo, como un gesto dramático pero auténtico y sin alarde, justificado por las circunstancias, cada vez que Cuba lo necesita, como siempre ha sido.

El pueblo de Cuba es heroico en su devenir colectivo y ha sido y seguirá siendo el protagonista principal de los momentos más trascendentes de nuestra historia y en el marco de ese esfuerzo colectivo nacen héroes entre los mejores de sus hijos que pueden ser de cualquier barrio, profesión, edad…

La unidad se produce por y se encarna en todos los buenos hijos de la nación en situaciones concretas, para salvar la patria. Y justamente es más fuerte cuando a nadie se le ocurre caer en individualismos. Ojalá ese sentido de lo que es útil y de lo que sobra nos guiara siempre.

La juventud no está perdida. Hay jóvenes, tanto entre los que se quedaron como entre los que se fueron, que se han desentendido del presente de la nación, pero hay otros, dentro y fuera de Cuba, capaces de arriesgar la vida por ella.

México y Venezuela han dado una muestra estremecedora de valor y solidaridad. No merecen menos que nuestro amor.

A Cuba la amamos mucho sus hijos, pero también muchas personas, colectivos, movimientos y naciones alrededor del mundo. ¡Cuba no está sola!

Mientras haya fuego se redoblarán los esfuerzos. Foto: Tomada del perfil de Facebook de la autora.

(Tomado del perfil de Facebook de la autora)

El hijo

¿Cómo contarle al padre que llora con el desconsuelo de un niño que su hijo es también nuestro, y que lo amamos?

Autor: Yeilén Delgado Calvo | nacionales@granma.cu

El hijo
Foto: Ricardo López Hevia

¿Cómo le decimos a una madre que su hijo desaparecido es un héroe? ¿Cómo miramos a los ojos de una madre rota y le aseguramos que su dolor también nos duele?

¿Cómo contarle al padre que llora con el desconsuelo de un niño que su hijo es también nuestro, y que lo amamos? ¿Cómo no pensar en el hijo propio y sentir que falta el aire? ¿Cómo no conmoverse hasta el malestar físico? ¿Cómo contar la tragedia?

Hay tanto de manido en asegurar que no alcanzan las palabras, pero en el Hotel Velasco de la ciudad de Matanzas, en su lobby, frente a esos casi 30 familiares que esperan, se cierra la garganta, se apagan las cámaras, caen los bolígrafos.

Si terribles son los sollozos del desespero, los lamentos, más desoladores son los rostros impasibles por donde ruedan lágrimas silenciosas, madres que no hablan, que no preguntan, que solo aguardan.

«¿Por qué él?» puede ser la pregunta más desgarradora de hacer y de escuchar. Uno de esos hijos iba a estudiar Medicina y la madre nunca menciona su nombre, solo dice «mi niño».

Aunque también se haya repetido mucho, hay dolores para los que no existe consuelo y que tampoco el tiempo cura; tristezas frente a las cuales solo queda el acompañamiento respetuoso y solemne.

Se precisa mucha entereza para no derrumbarse frente a quienes viven el peor momento de sus vidas, aquellos que esperan minuto a minuto que les llegue un hallazgo, que ansían y temen por igual una identificación, un cierre.

Digna de admirar es la fuerza de las autoridades que llegan hasta ellos para actualizarlos sobre la situación en la zona del desastre, para ofrecer explicaciones, para escuchar todos los cuestionamientos; con el rostro crispado, con los ojos rojos, con el deber de mantener una serenidad bajo la cual –se adivina en sus gestos y voces– nada hay de indiferencia.

¿Cómo escribirles a esa madre y a ese padre que su hijo pertenece ya a la Isla toda, que no es retórica, que hemos llorado por él en público, obviando toda la objetividad del oficio?

Nada significan para ellos nuestras palabras, es natural que así sea, no habrá alivio; y aun así el hijo ajeno nos acompañará toda la vida, el rostro que no conocemos, el pelo que no acariciamos, los sueños que no supimos. El hijo es también de Cuba. La espera es compartida.

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Cuando el zapato “aprieta”, son tiempos de amar

web.radiorebelde@icrt.cu / Demetrio Villaurrutia Zulueta

En tiempos de tempestades, cuando el zapato aprieta, emergen los mejores y peores atributos del ser humano. Prefiero hablar de lo más positivo, que enaltece y nos hace más humanos.

También me gustaría dejar ¨atrapados¨ en el recuerdo las mejores fotografías de acciones que nos perpetúan como personas solidarias y colaborativas.

He apreciado a jóvenes, adultos y otros sin distinción de sexo ofrecerles el asiento en el ómnibus a otros que lo necesitan, me he alegrado cuando alguien de forma natural toma de la mano a un anciano o anciana para ayudarles a cruzar la calle, iguamente emocionado ante ejemplos publicados en las redes en los que sin conocerse, algunos han acudido en socorro de otros hasta ofrecerles un trago de café que no es lo que sobra en estos tiempos pero se comparte de corazón.

Son pequeños ejemplos, simples, cotidianos, que ofrecen color a la vida, la hace diferente y más llevadera, que actúan como ¨amuletos¨ de resistencia y esperanza en el orden espiritual para ratificarnos que la solidaridad y el sentido humano de quienes habitamos este gran archipiélago está latiendo fuerte en el corazón de muchos, frente al mal ejemplo de otros que se llenan de egoísmo pensando que solo lo material es lo único que vale en esta vida.

Es lo que verdaderamente nos salva, el amor por los demás, que significa también amarnos a nosotros mismos para poder acumular fuerzas y caminos insospechados emprender cada día desde nuestras familias y con el apoyo de vecinos, amigos y otros seres queridos.

¿Quién dijo que en materia de solidaridad y humanismo todo está perdido? Solo quienes tienen esa capacidad infinita de asirse a lo mejor de ellos mismos en tiempos difíciles, logran mirar con mente positiva el presente para comenzar a labrar futuros.

Solo aquellos que ven en el bien colectivo también su realización personal son capaces de entender cada minuto de resistencia frente a las adversidades, solo los bienaventurados que ofrecen sin pedir nada a cambio compartiendo simplemente lo que tienen, logran llenar esos vacíos espirituales que solo los puede mover el amor.

Son tiempos difíciles, complejos, donde las almas deben llenarse de confianza, amor y luchar cada día por el mejoramiento humano que es posible.

Tenemos muchas razones, porque la sociedad donde vivimos no está diseñada para ejercer actitudes individualistas ni huérfanas de solidaridad. Al contrario, la vida  lo demuestra y ratifica en ejemplos grandes y más pequeños. Cuando el zapato ¨aprieta¨ u otros necesitan ser socorridos no hay que decir, ni convocar a nadie, de manera espontánea ese bichito que llevamos dentro se activa para tenderle la mano a quienes lo necesitan.

Son tiempos de amar, y sobre todo de ayudarnos en la construcción del bien común.

¿Fechas para el fin, o nuevos comienzos para la Revolución?

El 5 de agosto de 1994 Fidel no lo dudó y salió a la calle con el único chaleco antibalas que siempre usó: su vergüenza, su moral, y la confianza en que el mismo pueblo que hizo con sus manos la Revolución no sería capaz de destruirla

Autor: Leidys María Labrador Herrera | leidys@granma.cu

Fidel en los Disturbios del 5 de agosto de 1994. Publicada: 04/08/2004, G.I 15/08/2004  Fid13387
La fuerza moral de Fidel se impuso en los disturbios del 5 de agosto de 1994. Foto: Archivo de Granma

Esas coincidencias son, para algunos, dignas de recordar; pero, para otros, constituyen sinónimo de la vergüenza que arrastran quienes, erróneamente, piensan que los muros de mentiras pueden protegerlos del descalabro.

En la prolífica historia de Cuba existen no pocos de esos instantes que, vale decirlo, tienen sobre todas las cosas algo en común, la fuerza de este pueblo y de aquellos que elige como sus líderes, y la disposición siempre latente de defender a la Patria y de cerrar el paso a la injerencia y el intervencionismo.

Son esas las razones por las que, de manera casi espontánea, cuando el 11 de julio de 2021 la violencia, azuzada por una cruenta campaña mediática e ideológica, pretendió robarnos la tranquilidad y desestabilizar al país, cuando los revolucionarios se dispusieron a hacerle frente a la turba, y cuando el Presidente salió a caminar entre su pueblo y apeló a la conciencia de este para defender el país, muchos no dudaron en afirmar: tal parece que vivimos otro 5 de agosto.

Porque aquel día de 1994, que quedó para siempre en la memoria popular, se conjugaron los mismos factores: incitación al desorden, a atacar las instituciones del Estado, a cometer actos vandálicos, y financiamiento a elementos contrarrevolucionarios para que se colocaran al centro de los disturbios cuyo fin, lógicamente, era echar por tierra la Revolución.

La situación del país resultaba crítica. El derrumbe del campo socialista fue un duro golpe para la economía cubana, y la sociedad en su conjunto afrontaba desde la falta de transporte público hasta la dificultad para llevar alimentos a la mesa. Todo ello, que de forma innegable generaba estrés, descontento, preocupación, creó lo que nuestros enemigos identificaron como un clima propicio para ejercer presión ideológica contra el pueblo, y así lo hicieron.

Esa actitud oportunista, sinceramente, no sorprendió a nadie, y mucho menos a ese brillante ideólogo, inigualable político e irrepetible líder llamado Fidel Castro Ruz. Por eso, cuando la situación se complejizó aquel quinto día de agosto, no lo dudó y salió a la calle con el único chaleco antibalas que siempre usó: su vergüenza, su moral, y la confianza en que el mismo pueblo que hizo con sus manos la Revolución no sería capaz de destruirla.

La madurez de ese pueblo, su respeto por el hombre que hizo realidad los sueños de Martí, y la seguridad de que quienes se presentaban como tabla de salvación eran, por el contrario, la ola furiosa dispuesta a ahogarnos, una vez más le dieron la razón.

Aquel día, mientras el pueblo coreaba «¡Fidel! ¡Fidel!», se apagaban las esperanzas de aquellos que, con ingenua seguridad, anunciaron «el fin».

Díaz-Canel estuvo el 11 de julio en las calles cubanas, como parte de la ciudadanía que se movilizó para preservar la paz y la tranquilidad. Foto: Estudios Revolución

VEINTISIETE AÑOS DESPUÉS, LA MISMA SÓRDIDA ESTRATEGIA

El mundo, sin exagerar, se debatía para hacer la diferencia entre la vida y la muerte, y este país no fue la excepción. Todos los recursos disponibles, todos, fueron puestos a disposición de ese empeño. La propia pandemia generó, como era de esperarse, mucha tensión en la economía y, por si fuera poco, más de 200 medidas pensadas con toda intención para asfixiarnos, y otra vuelta de tuerca al bloqueo, hicieron el panorama mucho más complejo de lo que debería haber sido.

Nuestros enemigos, con su «profundo sentido humanista», rápidamente entraron en escena, y «preocupados» por el pueblo cubano (al que negaron oxígeno medicinal para hacer frente a la enfermedad), se dieron a la tarea de abrir los ojos de los cubanos, demostrando que la «cruel dictadura» no era capaz de responder a las necesidades del pueblo.

Otra vez aprovecharon, de la manera más ruin, la dureza de un momento histórico. Se parapetaron tras su muy bien pagada maquinaria mediática, movieron a sus títeres asalariados dentro del país, acrecentaron el llamado a la violencia y utilizaron a su favor, otra vez, las carencias materiales y necesidades, en función de crear un clima de desconfianza y pesimismo.

El resultado fue un 11 de julio, al que, con el descaro que los caracteriza, pusieron el nombre de «estallido social espontáneo en contra del régimen», a sabiendas de que se trataba de un fruto más de su estrategia de golpe suave.

Otra vez marcaron el final, lo habían orquestado todo de forma tan minuciosa, habían invertido tanto que no podía ser de otra manera; tal vez hasta pensaron que sin la presencia física de Fidel, no habría quien revirtiera la situación, y se sentaron a esperar.

Pero para los cubanos existen dos verdades contundentes: la primera es que hace mucho que Fidel es todo un pueblo, y la segunda tiene un nombre: continuidad. Ese día otro líder, hijo de otro momento histórico, pero con mucha fuerza moral también, llamó a los revolucionarios a defender la Patria, y los patriotas respondieron al llamado. Y también él salió a la calle, y lo hizo a pecho descubierto, y se rodeó de pueblo, y llamó a la paz.

 Rápidamente, como aquel 5 de agosto, la nobleza y valentía popular hablaron más alto, y la violencia no tuvo más remedio que replegarse ante la firme decisión de proteger la tranquilidad del país.

LAS VERDADES QUE NO PUEDEN OCULTARSE

Si en este país no se pusiera primero al ser humano, sería mucho más sencillo «impulsar» la  economía. Se harían inmensos recortes de presupuesto a programas sociales, habría despidos masivos, se eliminarían prestaciones de la seguridad social y, probablemente, la recuperación económica, desde la frialdad de indicadores y números, se vería en un corto plazo.

Así funciona el capitalismo, así ha sobrevivido por siglos el sistema que nos quieren imponer. Dentro de él, las personas no son más que fichas que, como en el ajedrez, se utilizan dependiendo del momento y, de ser necesario, se sacrifican sin miramientos.

Bajo ese, su principio básico, se resisten a creer que aun con su brutal y enfermizo cerco económico de por medio, nuestro Estado siga eligiendo siempre al ser humano por encima de todo, siga sosteniendo la máxima de llegar a cada persona que lo necesite; lo cual, es cierto, no resulta fácil, pero es decisión irrenunciable.

Si nos dejaran hacer, si tuvieran el valor de levantar el bloqueo, la historia sería otra.

Más allá de que se difundan matrices de opinión contrarias y falsas, la mayoría de los cubanos ama a su país, aun si vive fuera de él. Económicos, en mucha mayor medida que políticos, han sido los motivos de muchos hijos de esta Isla para emigrar, aunque se manipule tal verdad.

Ha sido este, sin lugar a duda, uno de los aspectos que forma parte de la agenda de medios y voceros anticubanos, que presentan el tema como «el caos que vive el pueblo cubano para escapar de un sangriento régimen».

Sin embargo, no hablan de sus engendros de leyes para incitar la migración ilegal, de su negativa a respetar y hacer cumplir los acuerdos migratorios rubricados entre ambas naciones, de otorgar cada año las visas que corresponden, ni de cómo entorpecen el derecho de las personas a emigrar de forma segura y ordenada.

Esa es otra realidad que se sostiene en el tiempo, que se manifestaba en aquel agosto de 1994, que se manifiesta hoy y que, al parecer, no dejará de existir, porque les implicaría quedarse sin uno de sus argumentos favoritos para sostener el ataque perenne contra nuestro país.

CUBA SIGUE AQUÍ

Si algo han hecho cientos de veces los enemigos de la Revolución es ponerle fechas para el fin. Cada vez que orquestan una nueva maniobra, dan por hecho el «ahora sí», y a veces parece que en verdad se lo creen.

Lo que no comprenden es que este pueblo no negocia principios, no renuncia, no se cansa, no cede si siente su soberanía amenazada.

Por eso, cada vez que intenta repetir sus estrategias de golpe, reviven el fracaso, se les recuerda la estirpe cubana, se les hace saber que los principios y la moral no se negocian, porque son un baluarte fundamental de esta nación.

Ni 5 de agosto, ni 11 de julio, a la Revolución le queda toda la vida que sus hijos sean capaces de darle. Lo que para ellos es un posible fin, para las cubanas y los cubanos incansables, necios y patriotas hasta los tuétanos, será siempre un nuevo comienzo.