No hay que perder el corazón

No hay que perder el corazón
Mientras los dioses cantan, el hombre rehace el nido del sol, en el centro del pecho.

JULIO CESAR SÁNCHEZ GUERR

En medio del caos, mi país enfrenta tres enfermedades de diversas dimensiones y matices: El bloqueo; el empacho de adentro: el empacho mental y la Covid-19 con su arrastre de muertes, dolores, traumas y sueños aplazados…

No se puede tapar el sol con un dedo, ni con muchos hongos nucleares; ni siquiera ahora que el hombre se le acercó como nunca antes para fotografiarlo a 77 millones de kilómetros de distancia.  El sol no se hace selfie, alumbra.  Podemos apagar la luz pero no borrar al dador de luz. Hay una verdad, que como el sol, no se puede tapar:

El mundo se D E S C O… R A Z O N A. (Joaquín Sabina lo diría mejor) ¿Desde cuándo? Parece que desde hace mucho tiempo, solo que ahora es más notable. El traslado masivo de millones de seres humanos traídos como esclavos desde África, o los crematorios de La Solución Final en los días de Hitler, son solo exponentes extremos  de la dialéctica tenebrosa que Hegel nos contó sobre el Amo y el Esclavo: El hombre es el único animal que desea los deseos del otro hasta someterlo. El poder  se corrompe como un animal muerto y de ahí nace la cultura de los históricos  esclavos de este mundo.

Ahora, en este siglo difícil, ya el capitalismo no vive el sueño utópico de Capitalismo Organizado como era el presupuesto de Rudolf Hilferding, sino que es el tiempo del capitalismo desorganizado  y caótico. Desde esa confusión, fragmenta, divide, se minimiza el Estado y se dictan certificados de calidad para dar visto bueno a los procesos  electorales, o para invadir a un país. Es el caos del dominador.

Tántalo, el del mito griego, se moría de hambre y sed rodeado de agua y manjares. Hoy muchos padecen de la misma pesadilla. No es  la humanidad lo que importa al capital sino los deseos del amo.

En estos tiempos líquidos del que nos hablara Zygmunt Bauman,  muere la palabra sagrada del hombre. Esta vez Babel reparte dulces mentiras y las voces se pierden intoxicadas hasta confundirse con el quejido de las fieras. El río Ganges se envenena, también el río  Las Casas entre dos montañas orgullosas de su linaje. Un basural cae sobre la casa del hombre.

En medio del caos, mi país enfrenta tres enfermedades de diversas dimensiones y matices: El bloqueo del vecino que sufre de insomnio y  apetito voraz por estas Islas tan cercas de “La Roma Americana”; el empacho de adentro: el empacho mental, la corrupción, los pillos que abusan del poder y pretenden llevarse un país para su casa; y la Covid con su arrastre de muertes, dolores, traumas y sueños aplazados.

Hay hollín en la urbe y en el orbe. El mundo se descorazona… pero no hay que perder el corazón. Es preciso regresar sin prisa a las páginas de un gran libro: “El conocimiento envanece. El amor edifica”.  Es urgente abrir la poesía de  Ray  Bradbury, y asumir la defensa de la belleza que vive en el hombre: “Así que si el arte no nos salva, como desearíamos, de las guerras, las privaciones, la envidia, la codicia, la vejez ni la muerte, puede en cambio revitalizarnos en medio de todo”. Desde la creación y la imaginación hay que revivir para  entender su mensaje: “Porque las abejas tienen olor… y si no, deberían tenerlo, pues llevan en los pies el polvo perfumado de un millón de flores”  

No se puede tapar el sol con un dedo, ni negarnos a la verdad;  y todavía nos queda el poder de las lágrimas,  el perfume de las flores. Mientras los dioses cantan, el hombre rehace el nido del sol, en el centro del pecho.

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