La elección salvó a la república, no a la democracia. Esa no la tenemos

Por Max J. Castro

MIAMI. Es bueno que la elección finalmente haya terminado y el candidato que ganó por gran margen la mayor cantidad de votos haya sido declarado oficialmente ganador. El presidente Trump y sus Magamaníacos no pudieron robarse las elecciones, y no por falta de intentos. Las implicaciones de lo ocurrido en 2020 se sentirán y analizarán durante mucho tiempo. Existe un consenso de que ganó la democracia, y eso es verdad en cierto sentido. En esta elección, Trump y el Partido Republicano dieron las últimas y más grandiosas clases magistrales que han estado llevando a cabo durante años acerca del significado de antidemocrático. Su candidato a presidente perdió, y eso es una victoria para la democracia.

Sin embargo, llegar a la conclusión de que, por tanto, nuestra democracia es fuerte es una falacia. No somos una democracia. Las instituciones claves, principalmente el Colegio Electoral y el Senado, distan mucho del ideal de gobierno de la mayoría. Por diseño constitucional, no somos ni nunca hemos sido una democracia en toda regla. Los Fundadores, hombres propietarios a quienes les preocupaba que pudiera surgir una agrupación de los desposeídos para desafiar las prerrogativas de propiedad por medio de las urnas, diseñaron deliberadamente una constitución que lo hacía virtualmente imposible. Eso se ve alto y claro en los Documentos Federalistas, escritos por un Quién es Quién de la élite política que surgió de la Revolución Estadounidense.

Los aspectos democráticos que sí posee nuestro sistema de gobierno se expandieron durante décadas con la elección directa de senadores y la extensión del sufragio a mujeres y afroestadounidenses. Pero desde que los republicanos asumieron el papel principal en la política, la democracia se contrajo. La aniquilación de la Ley de Derechos Electorales, por medio de un fallo de un Tribunal Supremo de derecha designado por los republicanos, es un símbolo de esta tendencia antidemocrática.

El dinero siempre ha jugado un papel importante y antidemocrático en la política estadounidense, pero hoy juega un papel más importante que nunca, principalmente por dos razones. Primero, la decisión de Citizens United (Ciudadanos Unidos) del Tribunal Supremo abrió la puerta más que nunca para que el dinero en grandes cantidades ingresara al sistema político. En el excelente libro de Jane Mayer, Dinero oscuro, se detalla cómo se usa ese dinero para influir a favor de los intereses de la minoría adinerada en el destino de los candidatos, partidos y políticas. El título refleja solo una de las formas en que la existencia de este vasto fondo de dinero político funciona para una sociedad plutocrática en lugar de democrática: la falta de transparencia acerca de dónde viene, quién lo da y para qué se utiliza.

En segundo lugar, hay más desigualdad económica en los Estados Unidos que posiblemente en cualquier otro momento de nuestra historia, una desigualdad significativamente mayor que en las democracias parlamentarias de Europa Occidental y Canadá. Por lo tanto, el dinero no solo juega un papel sin precedentes en la política, ya que la desigualdad aumenta, los intereses de los adinerados (individuales o corporativos) divergen cada vez más de los de la familia o el individuo promedio. El nivel de desigualdad económica en los Estados Unidos hoy en día es simplemente incompatible con la democracia. (Las mejores fuentes sobre este tema son Capital in the Twenty-First Century (Capital en el siglo veintiuno), de Thomas Piketty y Capital and Ideology (Capital e ideología) del mismo autor.

El Partido Republicano es la principal fuerza que impulsa la tendencia antidemocrática. La razón para esto es clara. Las políticas republicanas, especialmente sus políticas fiscales desde Reagan hasta Trump, han favorecido enormemente a los estadounidenses más ricos. Han sido excelentes para el uno por ciento en la cima de la riqueza, mejores para el décimo del uno por ciento y fabulosas para el centésimo del uno por ciento más rico. Estas políticas son la principal razón del estratosférico nivel de desigualdad actual.

Es una hazaña ganar unas elecciones con tales políticas. Una forma en que los republicanos se las han arreglado es enfocando la atención de los estadounidenses lejos de los obsequios a los ricos y hacia una variedad de chivos expiatorios, incluidos inmigrantes, musulmanes y manifestantes predominantemente negros contra la brutalidad policial, retratados como matones. El espectro del socialismo y el tema del aborto también han sido útiles para desviar la atención de la guerra de clases del Partido Republicano a favor de los ricos y las corporaciones. Más directamente, los republicanos se han convertido en expertos en reprimir el voto de las minorías por medio de una variedad de esquemas, incluida la purga de listas de votantes, la reducción del número de lugares de votación, especialmente en comunidades fuertemente minoritarias, y haciendo que sea lo más difícil posible emitir su voto para los estudiantes en universidades y centros de estudios superiores históricamente negros.

Con todo eso, solo un republicano ha ganado el voto popular desde que George H.W. Bush lo logró en 1989. Ese fue George W. Bush, quien ganó el voto popular en 2004 después de perderlo en 2000. Al Gore ganó el voto popular en 2000, pero George W. Bush ganó la presidencia por medio del Colegio Electoral con la ayuda de un conservador Tribunal Supremo. Esa victoria le dio la ventaja de ocupar el cargo en 2004, cuando ganó tanto el voto popular como la del Colegio Electoral. Pero, ¿habría habido una presidencia de Bush si el voto popular determinara las elecciones estadounidenses y Gore se hubiera convertido en presidente en 2000?

Al comparar el destino de los candidatos presidenciales recientes, es evidente la debilidad de la popularidad de los republicanos como partido nacional. Tres de las últimas cuatro presidencias republicanas fueron para el perdedor del voto popular. En los últimos 30 años ha habido dos presidencias demócratas de ocho años, Clinton y Obama. Ambas ganaron el voto popular y del Colegio Electoral. Solo ha habido un presidente republicano de dos mandatos en este siglo. El último presidente republicano, Donald Trump, perdió el voto popular (dos veces). Volviendo al siglo 20, Nixon ganó dos mandatos, pero nunca cumplió el segundo porque tuvo que dimitir para evitar el juicio político y fue indultado por su sucesor, Gerald Ford, quien se convirtió en un presidente de un solo mandato sin haber sido elegido, cuando perdió ante Jimmy Carter. quien ha sido el único presidente demócrata de un solo período en los últimos años.

El partido más popular a nivel nacional, el Demócrata, ganó y el partido antidemocrático y menos popular perdió la presidencia en 2020. El hecho de que el Partido Demócrata sea el partido más popular lo confirma el hecho de que tanto en las elecciones al Senado como a la Cámara de este año, los demócratas ganaron significativamente más votos que los republicanos. El hecho de que la composición del Congreso no refleje esto es otra medida del déficit democrático construido en el sistema y ampliado por los republicanos, que son sus principales beneficiarios.

La victoria de Biden-Harris significa que logramos mantener la república y preservamos la esperanza de un país más democrático. Pero no nos engañemos: no preservamos la democracia porque no la tenemos, nunca la hemos tenido y probablemente nunca la tengamos, gracias a los controles contra la democracia incorporados en la Constitución por los mismos Fundadores. Concebir lo que haría una nación más democrática es fácil. Abolir el Colegio Electoral. Distribuir proporcionalmente por población el Senado para que la gente de California y Nueva York tenga más representación en ese cuerpo que las vacas de Montana y Wyoming. Restablecer impuestos elevados sobre la renta, establecer un impuesto a la propiedad, restaurar los impuestos a la herencia. Proporcionar atención médica y educación universales. Llámenlo socialismo si quieren. Yo la llamo democracia real.

Este programa político no es tan intrínsecamente difícil como inventar vacunas antivirales o encontrar curas para los cánceres más agresivos. Depende del correcto equilibrio de fuerzas políticas. Pero estamos lejos del que necesitamos. El 20 de enero, tenemos que empezar a presionar con fuerza, no por la democracia plena, que no lograremos en un período, si es que lo logramos, sino por más y más democracia.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s