Pruebas post mortem para la economía de EE. UU.

BERKELEY – El ingreso nacional y el producto de EE. UU. en el primer trimestre de 2020 estuvieron un 1,25 % por debajo de sus valores para el cuarto trimestre de 2019, pero, de todas formas, un 9,5 % por encima de lo que serían en el segundo trimestre de este año. ¿Ahora que el ingreso nacional estadounidense se desplomó al 12 % por debajo de lo que era a principios del año, qué podemos esperar para el tercer trimestre?

Estados Unidos siempre puede tener un golpe de suerte, pero apostar a ello no sería prudente. Según Austan Goolsbee y Chad Syverson, de la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago, fue la autoprotección voluntaria, más que las restricciones legisladas sobre las actividades, lo que impulsó la mayor parte de la caída en el gasto de los consumidores esta primavera. Además, advierten que «si revocar los confinamientos lleva un rápido aumento de los contagios y muertes por COVID-19, y una retracción concomitante de los consumidores en el mercado», eso «podría en última instancia terminar perjudicando a la actividad comercial».
De hecho, vimos este verano que poner fin a los confinamientos o reducirlos a menudo lleva a un rápido aumento de los contagios de COVID-19. Un sólido pronóstico para la economía estadounidense, entonces, debe empezar por predecir el futuro de la pandemia. Sin embargo, la mayor parte de los cuadros, gráficos y tablas relacionados con el virus y su impacto son inútiles a efectos de las predicciones.
Después de todo, las muertes confirmadas por COVID-19 solo nos dicen que ocurría con el virus un mes atrás, mientras que para anticipar su trayectoria es necesario saber qué está ocurriendo ahora. De manera similar, los casos confirmados solo captan a quienes fueron sometidos a análisis de laboratorio y hay que esperar días, o incluso semanas, para recibir los resultados de esos análisis. Para darnos una idea de la situación, la cantidad de pruebas por caso confirmado debiera ser entre cinco y diez veces mayor de lo que es.

¿Cómo hubieran sido los últimos meses si se hubiera contado con una infraestructura eficaz para los análisis? Mi hipótesis es que la cantidad real de nuevos casos semanales (no solo los detectados) aumentó dos veces y media desde mediados de junio hasta mediados de julio. Suponiendo que podemos inferir con precisión la cantidad de casos reales a mediados de junio multiplicando las muertes semanales confirmadas de mediados de julio por 150 (admito que es un supuesto muy fuerte), los casos por semana pasaron de aproximadamente 600,000 a cerca de 1,5 millones con «la segunda ola en la Franja del Sol (los estados del sur)».

Desde entonces, el panorama general es aún más confuso. Como ocurrió a mediados de julio, 1 de cada 12 pruebas aún arroja resultados positivos y hay entre 150 y 200 casos confirmados por millón de personas, pero la cantidad de análisis no ha aumentado y la fecha de los informes para un análisis típico se está retrasando sustancialmente respecto de los datos administrados, en algunos casos hasta tres semanas.

Si EE. UU. tiene suerte, el temor causado por la segunda ola en la Franja del Sol habrá llevado a un mayor cuidado en cuanto al distanciamiento social y el uso de tapabocas, permitiendo que la cantidad real de casos nuevos en todo el país se estabilice en aproximadamente 1,5 millones por semana. Pero si el país no tiene suerte, ese número habrá continuado creciendo hasta cerca de los 2,5 millones por semana.
Es trágico, pero sencillamente no sabremos dónde estamos parados hasta que podamos hacer al recuento de cadáveres a fines de mes. Solo entonces podremos determinar si las muertes por la COVID-19 «apenas» se duplicaron (pasando de 4500 a 9000 por semana) entre mediados de junio y mediados de julio, o siguieron disparándose muy por encima de ese nivel.
El fracaso estadounidense a la hora de hacer las pruebas generalizadas implica que sigue volando a ciegas. Así, nadie sabe a ciencia cierta qué ocurriría si se reabren las escuelas o se permite nuevamente la apertura de locales de comida en espacios cerrados y los recitales de música coral. El comentarista conservador David Frum pasó la primavera en Nueva York y ahora está en Toronto. «Caminar en una ciudad de 2,8 millones de habitantes con menos de 5 casos al día se siente como el comienzo de la recuperación» tuiteó recientemente.
Tiene razón. Es muy probable que Canadá, la Unión Europea y Japón experimenten una recuperación económica sustancial este otoño. No puede decirse lo mismo de EE. UU. En el mejor de los casos, habrá un rebote mecánico entre el segundo y tercer trimestre, principalmente porque las solicitudes por seguros de desempleo cayeron desde el máximo de 24 millones a 17,5 millones a principios de julio. Pero, considerando que las solicitudes aumentaron en 1 millón entre el 5-11 y el 12-18 de julio, hay muchos motivos para temer que hayan seguido creciendo en las semanas posteriores. Pronto tendremos los números para la primera semana de agosto. Si las solicitudes están nuevamente en el rango de los 20 millones y se mantienen en ese nivel durante la llegada del otoño, gran parte del rebote mecánico se habrá reducido.
Para que EE. UU. tenga alguna chance de una recuperación económica real este año, tendrá que centrarse en dos objetivos generales. El primero es detener el avance del virus para que la gente pierda el miedo a salir y gastar. La segunda tarea es poner a trabajar nuevamente a quienes han perdido sus empleos en el sector hotelero y otras ocupaciones en espacios cerrados y con mucho contacto personal, ya sea proveyendo servicios en línea o trabajando en sectores de bienes de capital que no requieran muchas interacciones en persona.
Eso está dentro de las posibilidades de Estados Unidos, en principio. Tenemos los recursos y, como alguna vez dijo John Maynard Keynes, «Todo lo que podemos hacer, podemos permitírnoslo».
Pero para eso es necesario un gobierno mucho más competente del que hemos visto con el presidente Donald Trump y sus secuaces republicanos. En los próximos meses, al menos, debemos seguir previendo lo peor.
Traducción al español por www.Ant-Translation.com
J. BRADFORD DELONGnis Professor of Economics at the University of California at Berkeley and a research associate at the National Bureau of Economic Research. He was Deputy Assistant US Treasury Secretary during the Clinton Administration, where he was heavily involved in budget and trade negotiations. His role in designing the bailout of Mexico during the 1994 peso crisis placed him at the forefront of Latin America’s transformation into a region of open economies, and cemented his stature as a leading voice in economic-policy debates.

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