LAS CALLES REVUELTAS DE AMÉRICA LATINA

Por CARLOS MALAMUDCatedrático de Historia de América de la Uned e investigador del Real Instituto elcano / clarin.com

La desigualdad, la pobreza y la explotación, sumadasa la corrupción, a la violencia, al crimen organizado ya la desafección con la democracia son una vez más los elementos inflamables que permiten el gran incendio

UNA de las preguntas más formuladas en los últimos días en relación con América Latina es, ¿qué está pasando en aquel continente? La convulsa realidad latinoamericana aporta cada día un nuevo conflicto que agrava una situación de por si bastante delicada. Esta puede comenzar a ser descrita a partir de la presencia de dos crisis intensas, de momento más semiterminales que terminales, aunque lamentablemente sin una fecha de caducidad fija. Estas son Venezuela y Nicaragua, con dos regímenes dictatoriales asociados a una constante y degradante violación de los derechos humanos.

La primera es también origen de un éxodo cada vez más numeroso con consecuencias cada vez más graves para todos los países de América del Sur. Se estima que hasta la fecha han salido de su país entre cuatro y cinco millones de venezolanos, lo que implica la segunda mayor catástrofe humanitaria después de la tragedia siria. Junto a Venezuela y Nicaragua ha habido tensiones sociales en Haití, Ecuador, Bolivia y Chile; disolución del Parlamento en Perú y serios problemas de orden público en México asociados al narcotráfico y con el trasfondo de la liberación del hijo del Chapo Guzmán en México.

En consonancia con algunas de las respuestas más frecuentes, una imagen repetida hasta el hartazgo es la de una región en llamas, donde en lugar de las venas abiertas se han instalado calles ardientes conquistadas por masas rugientes. Por tanto, la conclusión más evidente y obvia sería que esta América Latina prerrevolucionaria está en plena combustión. Y a fe mía que más de uno está contento de que esto ocurra, en tanto constatación evidente de que la revolución no solo es deseable sino también necesaria, eso sí, siempre que ocurra a más de 10.000 kilómetros de distancia de nuestro cómodo emplazamiento.

La desigualdad, la pobreza y la explotación, sumadas a la corrupción, a la violencia, al crimen organizado y a la desafección con la democracia son una vez más los elementos inflamables que permiten el gran incendio. Y es ahí, en la búsqueda del pirómano, donde emerge la idea de la conspiración o del complot. Como siempre que se habla de la realidad latinoamericana y a partir de interpretaciones binarias urge encontrar manos negras que conducen a un camino único, y sin salida, al menos para los intereses populares. Al final del sendero, una vez más, explotación e imperialismo o el FMI y la CIA que son lo mismo. Mientras tanto, en la otra acera hay quien quiere ver al castro-chavismo desempeñando una actividad alarmante, capaz de desestabilizar al continente en un pispás.

Sin embargo, en esta ocasión y dada la fragmentación y la heterogeneidad regional, el ejercicio resulta mucho más complicado y algunas de las conclusiones a las que se arriba terminan siendo bastante absurdas. En este caso la heterogeneidad es producto del recién concluido ciclo electoral (15 elecciones presidenciales en tres años), que en vez de conducirnos a un escenario dominado por Gobiernos de centro derecha, como inicialmente se pensaba, se caracteriza por intensos desequilibrios políticos y mayúsculas diferencias ideológicas. De ahí que no sea posible enfrentar una conspiración única y con objetivos claramente determinados. El interesado en acabar con los Gobiernos populares de Venezuela, Bolivia y Nicaragua no puede ser, necesariamente, el mismo que ataca a las elites neoliberales atrincheradas en Chile o Ecuador.

Una de las notas positivas de la primera década del siglo XXI, asociada al súperciclo de las materias primas y al bombeo constante y creciente de divisas a los Gobiernos de turno, fue la incorporación de millones de pobres latinoamericanos a las clases medias. Subsidios masivos, planes sociales, incremento del consumo lubricaron la escalera social y con ello la autosatisfacción de nutridos contingentes sociales que se sintieron reconocidos y empoderados. En tanto portadores de su nuevo estatus sus reivindicaciones comenzaron a cambiar y sus exigencias (políticas, económicas y sociales) se hicieron cada vez más intensas.

En los últimos años el maná dejó de fluir. El crecimiento se desaceleró y en algunos casos se hizo prácticamente nulo o incluso negativo. De esa forma los recursos fueron cada vez más escasos y se hizo cada vez más imposible atender las demandas de los últimos en llegar a la fiesta. La promesa de la tierra prometida quedó en eso, en promesa y ante la opción de tener que errar durante 40 años en el desierto en algunos casos la desesperación se convirtió en detonador de serios conflictos. Da igual si la chispa que propaga la deflagración es un aumento mínimo en el precio del metro o una más que fundada sospecha de fraude electoral. Los efectos son similares pero los remedios deben ser necesariamente distintos. Y aquí es donde debe emerger el compromiso de las elites nacionales (económicas, políticas, culturales y sociales) con sus propios y respectivos países, algo que de forma congénita ha solido fallar en América Latina, con independencia del ropaje más o menos progresista, más o menos conservador o liberal, con que se cubran los Morales o los Piñera de turno.

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