Cuba-Estados Unidos: El bloqueo tiene las horas contadas

Ariel Terrero – Cubadebate.- Declaraciones sorpresivas, reuniones, diálogos risueños, acuerdos, conferencias de prensa, visitas de alto nivel, embajadas, gestos inesperadamente amistosos, denuncias contra viento y marea, promesas, amenazas veladas y no tan veladas, miradas crípticas, bendiciones papales, fintas, hechos, incógnitas. A pesar de las advertencias de que será un proceso largo y complejo, las grietas del bloqueo económico de Estados Unidos a Cuba se profundizan a ojos vista. El desgaste se acelera. A riesgo de parecer entusiasta en exceso, no es difícil anticipar un corto plazo para el desenlace.

Todo indica que la normalización de relaciones entre ambos países tomará tiempo. Los diferendos históricos y políticos sembrados desde hace más de siglo y medio no se resuelven con un apretón de manos. Cierto. Pero el Presidente Barack Obama puede acudir a facultades ejecutivas para esquivar obstáculos legales y reducir sustancialmente al menos uno de los conflictos en discusión: el bloqueo. Y lo está haciendo, aunque con alcance limitado.

La secretaria de Comercio de EEUU, Penny Pritzker, viajó a Cuba el 6 de octubre, apenas un par de semanas luego de adoptar su gobierno disposiciones para aflojar nudos del bloqueo comercial y financiero. Un primer paquete de medidas lo había presentado Obama en enero, solo un mes después del anuncio simultáneo que durante año y medio cocinó con el Presidente cubano, Raúl Castro.

Pritzker llegó con el objetivo explícito de analizar con la contraparte cubana “el alcance y las limitaciones de las medidas”. Su gobierno eliminó el 18 de septiembre los límites en los montos de dinero para las remesas a Cuba, y flexibilizó restricciones para el transporte, las telecomunicaciones y la banca. Aunque mantuvo la prohibición a los norteamericanos para hacer turismo en esta plaza del Caribe, entreabrió nuevas puertas para los viajes.

La visita de la secretaria de Comercio evidencia cálculo e interés real de cambiar hacia una política de acercamiento. Oportunamente, el secretario de Estado John Kerry reiteró un día antes de llegar Pritzker a La Habana que “el embargo (bloqueo) debería ser eli¬minado”.

A los norteamericanos les gusta tantear, preparar el terreno, medir los riesgos de cada paso. Pritzker dijo que venía a estudiar la economía cubana, para tender puentes entre las empresas de ambos países. Es la misma escuela de la serie de editoriales de The New York Time contra la política anticubana: se anticipó al 17 de diciembre no por inspiración divina u olfato periodístico.

El consenso contra el bloqueo ha crecido en ámbitos políticos que tenían un discurso opuesto o no le prestaban atención al asunto. Un nuevo grupo de lobby, Engage Cuba, apareció en el escenario en abril, con influyentes consultores y ex funcionarios del gobierno. Nació con la misión de actuar en el Congreso para “derogar el prolongado embargo comercial y de viajes con Cuba”, dijo The Wall Street Journal cuando lo anunció. Misión estratégica.

El bloqueo se sostiene sobre leyes -Ley de Asistencia Exterior de 1961, la de Administración de las Exportaciones de 1979, la Torricelli de 1992 y la Helms-Burton de 1996-. Por tanto, “el Congreso es el único que puede decir un día: se acabó el bloqueo a Cuba. Eso no lo puede decir el Presidente”, reconoció en una entrevista la Directora General de EEUU en el Ministerio cubano de Relaciones Exteriores, Josefina Vidal. Pero advirtió que “el Presidente de EEUU tiene posibilidades, yo diría que ilimitadas, para vaciar al bloqueo de su contenido fundamental”.

La tradición ortodoxa anticubana lo teme. Dos precandidatos presidenciales del Partido Republicano, Jeb Bush y Marcos Rubio, han llegado a amenazar con echar atrás la obra de Obama si logran llegar al Despacho Oval. ¿Podrán impedir el levantamiento del bloqueo? No lo creo.

A pesar del dominio republicano en el Congreso, el piquete liderado por Ileana Ros-Lehtinen fracasó en el intento de aprobar una resolución para revocar la decisión presidencial de sacar a Cuba de la lista de estados patrocinadores del terrorismo. Ese paso, que dio Obama en mayo, le restó un fundamento esencial a la política de bloqueo.

Dos meses después, ambos países restablecieron relaciones diplomáticas y abrieron sus respectivas embajadas. El presidente de la Cámara de Representantes, el conservador John A. Boehner, lloró el “error” de su gobierno, y el Senado acudió a malabares legislativos para impedir, al menos, el nombramiento formal de Jeffrey DeLaurentis como embajador en Cuba. Entretanto, un grupo de senadores republicanos se alió ese mismo mes a demócratas y aprobó una enmienda legislativa que daría libertad a los estadounidenses para viajar a la isla prohibida.

Análisis cuidadosos, como la evaluación del investigador Elier Ramírez sobre las variables que han influido en el cambio de política estadounidense, demuestran una confluencia de factores favorables dentro de ese país, en Cuba y en el contexto internacional. Entre otros, Ramírez cita el aislamiento de EEUU en América Latina por su política anticubana. La pérdida de liderazgo en el hemisferio, lamentada públicamente por Obama y Kerry, los obliga a implementar una política constructiva hacia Cuba, y a aceptar su presencia en todos los foros interamericanos.

Si a la Casa Blanca le apura recuperar el espacio perdido –la creciente inversión de China en la región agrega presión, como observa Ramírez-, tendrá que apresurarse para diluir un bloqueo económico que emerge como principal eje de la solidaridad de América Latina y el Caribe con Cuba. Y esa es otra razón que puede influir en la celeridad de una marcha iniciada ya.

Parece difícil que la corriente más reaccionaria del Congreso consiga frenar a Obama. Pudiera retardar la hora final del bloqueo, si es que no le sale el tiro por la culata. Otro editorial de The New York Times volvió a ofrecer -¿o a sembrar?- una pista el 3 de agosto pasado, esta vez sobre un peligro que enfrentan los aspirantes presidenciales republicanos Rubio y Bush. Citó una encuesta en que el 40 por ciento de los votantes cubanoamericanos declaró que apoyaría a un candidato que de continuidad a la línea de Obama y favorezca la normalización de relaciones con Cuba, mientras que solo el 26 por ciento dijo que no lo haría.

Los paladines del bloqueo se debilitan cada vez más. Sus oponentes tienen en las manos una carta tan fuerte que hasta se atreven a enseñarla en el reducto republicano de Miami. Obama y su equipo, y otra exponente principal del reclamo de cambio, Hillary Clinton, han admitido el descalabro del acoso frontal a Cuba, pero no lo dicen con aire contrito. Tras la pose diplomática, asoma la sonrisa del espíritu innovador.

Tan fieles al usacentrismo como sus antecesores, conciben la normalización de relaciones con Cuba como un nuevo método para alcanzar viejos objetivos. Condenan el bloqueo a la mayor de las Antillas solo por su ineficiencia, porque “no ha podido promover nuestros intereses”, dijo Obama el 17 de diciembre.

“Estos cincuenta años han demostrado que el aislamiento no ha funcionado. Es hora de que adoptemos un nuevo enfoque”, dijo el presidente estadounidense ese día y aseguró que la política fracasada había estado “enraizada en las mejores intenciones”.

Todavía me pregunto si lo que dijo Obama en una conferencia de prensa dos días después de la alocución del 17 de diciembre fue un recurso diplomático para convencer y tranquilizar a la oposición anticubana más terca y reaccionaria, una pifia diplomática u otra expresión de la rutinaria soberbia yanqui. A su juicio, normalizar las relaciones con Cuba “nos brinda más oportunidad de ejercer influencia sobre ese gobierno que si no lo hiciéramos. (…) vamos a estar en mejores condiciones, creo, de realmente ejercer alguna influencia, y quizás entonces utilizar tanto zanahorias como palos”.

Cuando Hillary Clinton pidió en Miami el fin del bloqueo argumentó que en sus tiempos de secretaria de Estado comprendió que la política de aislar a Cuba estaba fortaleciendo al gobierno cubano en vez de debilitarlo y eso “perjudicaba nuestros esfuerzos para restablecer el liderazgo de Estados Unidos en todo el hemisferio”. Recomendó entonces “la apertura positiva a la influencia externa, igual que lo hicimos de forma tan efectiva con el antiguo bloque soviético y en otros lugares”.

La aparente osadía de Obama responde a un plan bien meditado. Los primeros pasos los están dando en áreas que permitirían a EEUU ejercer esa influencia: telecomunicaciones, viajes e inversión en el sector privado cubano.

Y algo está logrando. El nuevo discurso gana créditos entre la audiencia política estadounidense. Los más astutos cambian rápido de bando. El ex secretario de Comercio Carlos Gutiérrez, que copresidió la Comisión de Asistencia a una Cuba Libre encargada de instrumentar el Plan Bush del bloqueo, descubrió en julio de este año que esa política entorpece el libre comercio y la reincorporación de Cuba a organismos crediticios internacionales. Gutiérrez renegó de sus críticas iniciales a Obama y pidió a sus cofrades republicanos apoyar al presidente.

¿Cuál será la voz que incline definitivamente la balanza en Estados Unidos y hasta acelere el desplome del bloqueo? No creo que la de un político. Por más que un Presidente haya tomado la iniciativa públicamente, las razones más sólidas dentro de ese país provienen del ámbito económico. Y las empresas comienzan a mostrar apuro. ¿Cuánto le quedará de vida al bloqueo, entonces?

Cuba-Estados Unidos: El bloqueo tiene las horas contadas (II y final)

Los pronósticos no abundan. Aún es muy temprano para atisbar un horizonte completamente despejado entre Cuba y Estados Unidos –normalización que entrañará la convivencia con lógicas diferencias. Los dos gobiernos implicados en las negociaciones han optado por la cautela a la hora de hacer predicciones.

La parte cubana calificó tempranamente el proceso como largo, complejo, arduo, prolongado. “Va a demorar un tiempo”, dijo en abril el Vicepresidente Primero Miguel Díaz-Canel. Pero, ¿cuánto tiempo? La contraparte estadounidense se inclinó por una retórica más turbia. “Nadie espera que Cuba cambie de la noche a la mañana”, dijo el Presidente Barack Obama al anunciar en julio el reinicio de relaciones diplomáticas. ¿Cuba? ¿Y Estados Unidos? La frase la han repetido a pie juntillas otros miembros de su gabinete.

Menos atados a compromisos políticos, los analistas, sin embargo, tampoco se arriesgan mucho. Unos han pronosticado varios años o un largo plazo para el fin del bloqueo. Otros dudan de la intención real de Obama de avanzar rápido. Por el contrario, un editorial del diario francés Le Monde se atrevió a estimar quees probablemente cuestión de mesesel levantamiento de sanciones estadounidenses contra Cuba. No es el único osado.

El consenso parece más claro en torno a la idea de que es inevitable ya el ocaso de la guerra económica mal llamada embargo, por más que la facción política anticubana despotrique contra las conversaciones que mantienen ambos gobiernos. Es muy difícil un retroceso, si tomamos en cuenta la confluencia de factores que está presionando al único responsable de la política de bloqueo y decisor principal, por tanto, de cambiarla: Estados Unidos.

El escenario global experimenta transformaciones geopolíticas y económicas que ahogan la unipolaridad de signo estadounidense. China se convierte en gigante también en términos económicos. Asia gana poder comercial y financiero. Rusia revive de las cenizas soviéticas. Y los movimientos progresistas en América Latina se plantan firme al lado de Cuba. El lamento de Obama y otros como Hillary Clinton de que EEUU había quedado aislado en el bloqueo a Cuba es un eufemismo, una fullería del lenguaje político para suavizar un hecho más grave: los gobiernos latinoamericanos y caribeños se rebelaron y emplazaron a la Casa Blanca, como nunca en la historia, a aceptar la presencia cubana en cumbres continentales. El gabinete de Obama cedió ante el ultimátum con una sonrisa diplomática, pero sus políticos quedaron tan encabronados que Washington aplicó simultáneamente sanciones a uno de los líderes de la demanda: Venezuela.

La resistencia del pueblo cubano durante más de medio siglo constituye una condición necesaria para llegar a este punto de la historia, pero no me parece que sea la razón del actual giro norteamericano, de la misma manera en que no lo fue antes –la fidelidad de la Revolución Cubana al socialismo y al independentismo martiano solo ha alimentado hasta ahora la animadversión política yanqui. Desde la mayor de las Antillas pueden estar ejerciendo presión real esta vez las transformaciones del modelo económico emprendidas hace poco más de un lustro. La profundidad de los cambios no pasa inadvertida para el sector que mueve verdaderamente los hilos de la política estadounidense.

Las grandes empresas de ese país miran al mercado cubano a través de sus computadoras, maldicen el embargo y pasan rápido de las declaraciones de insatisfacción por oportunidades perdidas al financiamiento de capillas políticas y think tanks comprometidos con el revisionismo de la doctrina de bloqueo.

El grupo de presión legislativa Engage Cuba es financiado por la gigante agroindustrial Cargill, la distribuidora de productos para el hogar Procter & Gamble, Choice Hotels, Havana Group y la constructora de maquinaria pesada Caterpillar. Todas han dejado claro su oposición a las prohibiciones comerciales y de viaje con Cuba.

Igual sendero sigue la Cámara de Comercio de EEUU. A fines de septiembre anunció la creación del Consejo de Negocios Estados Unidos-Cuba (U.S.-Cuba Business Council), como “un paso más hacia la apertura de un nuevo capítulo en las relaciones entre nuestros países”, dijo el presidente de esa institución, Thomas Donohue, opuesto al bloqueo desde hace años.

La Cámara posee una capacidad de influencia que puede ser de impacto en el decursar de las negociaciones entre ambos países. Constituye uno de los grupos más grandes de lobby político en EEUU, según OpenSecrets.org. De naturaleza francamente conservadora, suelen apoyar a los candidatos republicanos, un dato que debilitará la vieja doctrina anticubana de ese Partido a medida que crezca el convencimiento empresarial de cambiar el expediente táctico del bloqueo.

¿Tiene acaso el mercado cubano dimensiones y solvencia suficiente para despertar el apetito del capital estadounidense?

Parecerá sorprendente, pero numerosos pesos pesados se muestran activos con el Consejo de Negocios Estados Unidos-Cuba: directivos de firmas de industrias de maquinarias y de autos, agricultura, aerolíneas, telecomunicaciones, petroleras y cadenas hoteleras, entre otras, han visitado Cuba o se reunieron con el Presidente Raúl Castro cuando éste visitó Nueva York en septiembre para asistir a la Cumbre de Naciones Unidas sobre desarrollo.

Entre las 300 mil compañías que integran la Cámara de Comercio de EEUU se encuentran gigantes bancarios como Goldman Sachs. También petroleras que mantienen conversaciones desde hace años con entidades cubanas. Además de ser el Santo Grial que encandila a los gringos desde sus orígenes como nación, el petróleo mueve hoy a Washington a revisar sus alianzas en el mundo. ¿Será el factor que incline la balanza con Cuba?

El área cubana en el Golfo de México, compartido con la nación azteca y EEUU, esconde reservas estimadas en unos 22 mil millones de barriles de crudo, según estudios geológicos de CubaPetróleo (CUPET). Más modestos, los cálculos del Servicio Geológico de EEUU para ese territorio son tentadores igualmente.

Los agricultores estadounidenses –mayoritariamente de signo republicano- despliegan una actividad aún más intensa. Pocas semanas después del 17D fundaron la Coalición Agrícola de Estados Unidos para Cuba (U.S. Agriculture Coalition for Cuba, USACC), y desembarcaron en La Habana con una nutrida delegación empresarial. “Somos una voz unificadora que le gustaría ver actuar al Congreso en 2015 y terminar con el embargo”, declaró la presidenta de la Coalición, Devry Boughner Vorwerk.

Este grupo de lobby consiguió en octubre que el congresista republicano por Arkansas, Rick Crawford, sembrara en la Cámara de Representante un proyecto de Ley para la Exportación Agrícola a Cuba (Cuba Agricultural Exports Act).

Tienen motivos para maniobrar. El secretario de Agricultura de EEUU, Tom Vilsack, mencionó en enero estudios que estiman un mercado cubano importador de alimentos de mil 700 millones de dólares cada año y 11 millones de personas a solo 90 millas. Pero en lugar de acercarse a esa meta, se alejan. Tras aprobar EEUU, excepcionalmente, en 2001 la exportación de alimentos a la mayor de las Antillas, las ventas crecieron hasta 710 millones de dólares en 2008, para desplomarse luego hasta 291 millones en 2014.

Cuba identifica como obstáculo las normas, inusuales en la actividad comercial mundial, que le exigió Washington para el comercio de alimentos: pagar en efectivo, por adelantado y sin acceso a créditos. Los agricultores estadounidenses coinciden. “Las restricciones en el financiamiento y la promoción dañan nuestra competitividad en el mercado cubano y limitan el potencial de exportaciones”, explicó Crawford en un comunicado.

Fiel a su maña conservadora la gran banca, fundamental para tender los puentes de créditos comerciales y las inversiones, mira los toros desde la barrera, a la espera de que Obama enseñe cartas más convincentes. Entre los pocos que han dado pasos se encuentran el Stonegate Bank –firmó con el BICSA un acuerdo para establecer una cuenta de corresponsalía en Cuba y ofreció sus servicios a la Embajada cubana en EEUU- y el fondo de inversiones Herzfeld Caribbean Basin, ambos con sede en la Florida. Pero es difícil creer que el resto no observe las señales que envían la élite política y empresarial de ese país y los mercados bursátiles.

Las acciones del Herzfeld Caribbean Basin, creado en los años 90 para financiar inversiones de empresas norteamericanas en Cuba cuando termine el bloqueo, se dispararon un 24 por ciento al cierre de la Bolsa de Nueva York el 17 de diciembre.

Desde aquella fecha también han trepado con fuerza las acciones de Meliá Hotels International y de otras empresas vinculadas al turismo en Cuba, sector que amenaza con crear en el muro del bloqueo una grieta irreparable. La industria estadounidense de los viajes está entre las de respuesta más energética ante las opciones, aún limitadas, ofrecidas por la administración Obama.

Aunque las leyes de EEUU todavía prohíben a sus ciudadanos hacer turismo en Cuba, los viajes desde ese país han aumentado al amparo de 12 categorías autorizadas este año por su gobierno. Más de 106.000 estadounidenses han visitado Cuba en lo que va del año, de acuerdo con datos recopilados por el experto José Luis Perelló, profesor de la Universidad de La Habana. La tendencia supera en un 50 por ciento la recepción del 2014. Pero estas cifras solo son un anticipo de millones que lo harían cuando desaparezcan las restricciones a los viajes.

Ante la perspectiva, varias aerolíneas estadounidenses han inaugurado con diligencia rutas de vuelos charters hasta La Habana, Varadero y otros destinos desde Nueva York, Nueva Orleans, Los Ángeles,Baltimore-Washington y otras ciudades que habían perdido la conexión directa con el archipiélago cubano. American Airlines, Sun Country Airlines, Swift Air y JetBlue se han aliado con turoporeradores para vender los boletos que el bloqueo les impide despachar directamente. Delta y United Airlines han anunciado que cocinan sus propias ofertas.

Delegaciones de la aviación comercial y funcionarios de ambos países sostuvieron en La Habana al cierre de septiembre una reunión para estudiar alternativas a fin de regularizar las rutas.

También se apuran las cadenas hoteleras y de cruceros a dialogar con representantes cubanos, mientras rechinan los dientes ante las posibilidades que ven escurrirse por las leyes estadounidenses.

“Cuando se nos permita hacerlo legalmente, todos queremos estar listos en la línea de partida”, dijo Ted Middleton, vicepresidente de Hilton Worldwide para América Latina. El director ejecutivo de Marriott International, Arne Sorenson, manifestó en un comunicado al término de una visita a Cuba, que el embargo está poniendo a las compañías estadounidenses en una desventaja irrazonable ante la competencia de otros países. Las compañías extranjeras se apresuran a conseguir una posición en el mercado cubano “para dejarle lo menos posible a las empresas estadounidenses cuando las restricciones se levanten por completo”, agregó Sorenson.

El crecimiento previsto de visitantes estadounidenses duplicaría el mercado de turistas en este archipiélago, según estudios. Y seis millones es un mercado seductor no solo para la industria de viajes y la hotelería. Lo captan los empresarios de Europa, América Latina y Asia, que después del 17 de diciembre vuelan a La Habana con una asiduidad que tortura abiertamente a los hombres de negocios y los políticos de EEUU.

“Los estadounidenses acudirán a Cuba y van a estar en hoteles españoles, comer comida alemana y usar computadoras chinas”, se quejó la senadora Amy Klobuchar, después de presentar un proyecto de ley para permitir el comercio vetado por el bloqueo. La denominada Ley de Libertad para las Exportaciones a Cuba se suma a otro proyecto de enmienda legal en marcha en el Congreso para liberar los viajes de estadounidenses a esta isla. En ambos casos han unido fuerzas legisladores republicanos y demócratas.

Pero el puntillazo probablemente lo dio Cuba con la aprobación en marzo de 2014 de la nueva Ley de Inversión Extranjera, unida a la prioridad pública otorgada por el gobierno a esa vía de financiamiento y la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, que cuenta con un megapuerto y condiciones excelentes para centrar el comercio marítimo en el Caribe, entre el Canal de Panamá y EEUU. Minutos después de aterrizar en La Habana, la secretaria de Comercio de Obama, Penny Pritzker, corrió hasta el Mariel, para mirar con sus propios ojos la multimillonaria inversión.

Dos momentos antitéticos pueden acelerar los pasos de la Casa Blanca, si la línea ante Cuba indica, como creo, el inicio del camino hacia una política diferente: el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, en abril del 2016, y las elecciones presidenciales de EEUU en noviembre de ese año. El primero porque, cuando evalúe la actualización del modelo económico cubano, debe adoptar decisiones que profundicen el proceso y Washington no lo pasará por alto. El segundo, porque antes de entregar el trono el team Obama puede intentar medidas que están dentro de sus facultades y son de mayor alcance. No tiene necesidad de incursionar en el terreno legislativo que dominan los republicanos. Además, si proyectos de ley como el que busca liberar los viajes logran avanzar, las cadenas de hoteles, las aerolíneas y las empresas de cruceros no dejarán que los estadounidenses amplíen el mercado cubano sin presionar a su propio gobierno por una opción para participar en él.

En abril del año pasado, Tom Donohue hizo un pronóstico que sonó atrevido entonces a mis oídos. En vísperas de la Cumbre de las Américas en que por primera vez compartieron la mesa Cuba y EEUU, faltando aún ocho meses para el 17D, dijo que antes de la próxima campaña presidencial de su país sería superada la oposición republicana a remover las sanciones contra Cuba. “Vamos a obtenerlo antes de ese momento”, dijo.

Por más que ato cabos, no me arriesgo todavía a ser igual de absoluto. Mientras ambos gobiernos conversan y abren embajadas, el bloqueo mantiene una ferocidad que se revela en multas espectaculares de EEUU a American Express, al alemán Commerzbank y en estos días de octubre al banco francés Credit Agricole, por hacer negocios con la nación cubana. Pero confieso que el plazo de 2016 me parece razonable, si no para vaticinar el fin total del bloqueo, al menos para prever un desgaste notorio de las restricciones.

Estoy seguro de que la guerra económica contra Cuba tiene las horas contadas. Horas, digo, en términos históricos.

Tomado de cubainformación

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